Cable a tierra

29 de agosto del 2018

Por Camila Paez.

Cable a tierra

Últimamente son miles las angustias que llenan mi cabeza, siendo mamá primeriza este sentimiento, que considero intrínseco a mi generación, se ha intensificado. Entonces, día a día, miles de situaciones se me aparecen y recae sobre mí la angustia de existir. Se agolpan en mi cabeza miles de cuestiones, culpas y miedos, los cuales van turnándose en medio de mi estrés mental: que el mundo se está acabando por tanta contaminación, que la corrupción de nuestro país está acabando con él, que miles de mujeres y niños víctimas de violencias cada minuto y, como estocada final, la falta de interés, indiferencia y poca comunicación que veo que reinan en nuestra sociedad acaban cuestionado mi fe hacia un futuro o la humanidad.

Pienso y pienso, reflexiono y reflexiono. Divago entre lamentarme por cada una de estas cuestiones o entre vivir mi vida sin darme tanto látigo. Una luz se enciende en mi cabeza, haciéndome pensar que, en últimas, la cuestión siempre recae entre qué tipo de vida quiero tener y cómo decido actuar a partir del margen de decisión que poseo.

Creo que como generación empezamos a tener identidad; creo que los llamados millennials tienen más que ofrecer que el estereotipo que nos han construido e impuesto los medios masivos de comunicación. Esta angustia con la que vivo cada día, que algunos llamarán indecisión, ganas de sufrir o el típico descontento millenial va más allá.

Obvio, siempre estará el irresponsable y superficial espécimen de mi generación, pero ¿no ha existido en todas las generaciones anteriores? Creo que mi preocupación, típica de gran parte de las personas de mi edad, por lo que pase con mi planeta, mi ciudad y con los demás seres que habitan este mundo es un primer paso. Esta angustia que me carcome evidencia la consciencia que como generación tenemos del impacto de cada una de nuestras acciones: qué comemos, qué consumimos, cómo nos movemos y cómo vivimos. Estas ganas de vivir no son malas, estas ganas de trabajar de otra forma y no detrás de un escritorio 8 horas cada día de la semana no son pereza, simplemente estas reconfigurando las relaciones que tenemos con nuestras esferas sociales: el trabajo, la familia, etc.

Ahora, nuestro reto es convertir esa consciencia y ganas de cambio en potencia transformadora, para que logremos cambiar nuestra forma de vida de manera sustancial. Yo creo que un cambio se viene, creo que un ejemplo de esto son las decisiones políticas que estamos empezando a tomar y que rompen las dinámicas políticas tradicionales.

Sólo así, pasando de la intención a la acción, conseguiremos un futuro sostenible para nosotros, creando verdaderos sujetos políticos de autonomía y decisión. Esta sostenibilidad debe ser material, social y económica, debe romper los estereotipos marcados y, repito, debe ir más allá de la mera intención.

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