Camino a la Beatitud

16 de agosto del 2011

Muchos pensaron en el continuismo. Algunos más escépticos, discreparon bastante con la idea. Al final: no hay continuismo, pero todo sigue igual. En la semana en la que escribo éste artículo, el actual mandatario de la República, con un selecto grupo de su gabinete, estuvieron de visita en el Municipio de Sincelejo (Departamento de Sucre) […]

Muchos pensaron en el continuismo. Algunos más escépticos, discreparon bastante con la idea. Al final: no hay continuismo, pero todo sigue igual.

En la semana en la que escribo éste artículo, el actual mandatario de la República, con un selecto grupo de su gabinete, estuvieron de visita en el Municipio de Sincelejo (Departamento de Sucre) y escogieron como escenario para desarrollar su agenda un deprimente sector de esta localidad. Imagino que lo hicieron bajo la premisa de escuchar testimonios de primera mano, algo así como conocer más de cerca la situación tan precaria en la que muchas familias colombianas deben sobrevivir –¿acto de cinismo puro? Juzgue por usted mismo-. Tratando de emular lo que en su tiempo hiciere San Francisco de Asís: que decidió hacer boto de pobreza, e ir a predicar el evangelio entre enfermos de lepra. No es éste el caso, solo lo cito como un ejemplo –utópico- de lo que estas iniciativas deberían ser en realidad. San Francisco de Asís en su momento, contradijo los preceptos instaurados por el catolicismo de la época. Lo que es realmente difícil, es que los políticos colombianos, sean capaces de hacer eso. Contradecir los preceptos que ellos mismos han instaurado, teniendo como epicentro fundamental la corrupción, la primacía de los intereses particulares y todo ese andamiaje burocrático que socava el país.

Reconozco que el Presidente Juan Manuel Santos, tiene una ardua tarea por delante: borrar de la memoria colectiva el recuerdo de aquel poderoso mesías. A lo cual ha respondido con creces. Los medios de comunicación –sobre todo los locales-, hicieron un cubrimiento excepcional de la visita: “nunca antes ningún mandatario, con casi todos sus ministros, había hecho algo parecido”, era la frase que predominaba en las trasmisiones. Algunos se dieron el lujo de entrevistar, a la humilde señora en donde el propio Juan Manuel Santos había estado, como gestor de la Red Juntos, escuchando sus necesidades. La señora dentro de su ignorancia disfrazada de humildad, dijo que él (el Presidente) le había prometido una casa. Pienso ahora en la señora, la veo armando un altar con la foto de Santos, poniendo unas velas y rezándole un rosario para que le cumpla el milagrito. A eso nos hemos acostumbrado los colombianos, a esperar milagros.

Ese es el camino por el que se ha enrumbado el actual mandatario. Un discurso conciliador, no una política, porque desgraciadamente la política es la misma. Y eso es lo que le ha dado favoritismo, popularidad. Presentarse como un paladín de la justicia: destapando escándalos a diestra y siniestra. Por esta época en que los superhéroes se han apoderado de la pantalla grande, su supuesta lucha en contra de la corrupción, lo ha convertido en un tipo de héroe nacional, de héroe criollizado.  En eso es bueno, lo ha demostrado siempre, es como un camaleón que puede mimetizarse, amoldarse a las circunstancias. Algo que no pudo hacer su antecesor. Pero que él ha manejado a la perfección. Hay que reconocer, que la estrategia le ha dado resultados, y a un año de su gobierno, Santos ha roto el estigma “uribista”, situación que ha provocado la ira de su antiguo jefe. Que no hace más que  trinar –qué otra cosa puede hacer-, y ver como su pupilo toma un rumbo equivocado –rumbo que él nunca esperó-. El consuelo que le queda a el ex presidente Uribe: es que su aprendiz lo supero, lo que lo pone a él, en el pedestal de buen maestro. 

Son cosas de la política, sobre todo en un país como Colombia. Donde hacer política significa exactamente: no tener vergüenza. Y los políticos colombianos son expertos en ello. Santos si ha logrado cosas. Logró recomponer las relaciones que cuando fuere Ministro de Defensa, destruyó con Venezuela y Ecuador. Ahora el ex presidente Uribe, dice de él, ser muy complaciente. A lo que Santos, dentro de su discurso conciliador, no objeta. Y así, de esa forma, logra seguir manteniendo su alto grado de favorabilidad. Qué queda de aquel ministro de defensa, de los falsos positivos, de la invasión de la soberanía en otros países. No queda nada. Porque en éste país, la fatal falta de memoria, nos ha conminado siempre a vivir en el engaño. Más absurdo aun, vivir en el engaño político, que es aun peor.

Para los habitantes de zonas deprimentes, en donde las necesidades más apremiantes están a la orden del día. La visita de un alto mandatario, iguala –sin exagerar-, lo que en el pasado fuere, la llegada de los españoles hacía tierras vírgenes. Es la misma situación, en un escenario distinto. Para un alto mandatario, realizar una visita hacía una zona deprimente, es la oportunidad perfecta –si se quiere-, para una reelección. Aunque el Presidente Santos diga lo contrario: cuatro años son suficientes. Pero ellos saben bien, que es eso lo que quiere la gente. Ayudas, subsidios, un salvavidas que aunque pequeño, los ayude a mantenerse a flote, dentro del inmenso mar de necesidades. Que lo digan los beneficiarios de familias en acción, que son capaces de hacer una cola durante todo el día, para recibir el dichoso subsidio y luego gastarlo en estupideces, y seguir padeciendo las mismas necesidades. Esto, lo que ha hecho es crear mendigos que utilizan cajeros automáticos. Demuestra, que por mucho que se quiera, la política no cambia. Porque ya no es la política en sí, a eso hay que sumarle la forma: la forma de hacer política. Y mientras la pobreza, las necesidades de la gente, se sigan viendo más como una estrategia política, que como una problemática social. No se vislumbrará un ápice de cambio. Todo seguirá envuelto, en el manto de la politiquería y la corrupción.

No hay continuismo: Santos no está haciendo lo mismo que Uribe. En Santos ha ocurrido un cambio rotundo en el discurso. Pero en materia política: todo en el país sigue igual. Ya ha transcurrido un año, le faltan tres –o a lo mejor siete-, se le vendrá al suelo el teatrino, como en algún tiempo se le vino abajo a su antiguo jefe. O contará con la dicha, que a pesar de las fuertes corrientes de aire, su discurso conciliador no lo permita. Amanecerá y veremos, pero solo si estamos dispuestos a ver.

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