Carta a George Zamka Pérez

11 de noviembre del 2015

Querido amigo astronauta El pasado 25 de octubre tuvimos otra jornada electoral en mi ciudad, la de tu madre, Bogotá.  No te quiero aburrir con resultados ni  con quejas o mucho menos con declaraciones explosivas que sólo sirven para estar en los muros de los perfiles de care-libro, para crear caras. Lo que sí te […]

Querido amigo astronauta

El pasado 25 de octubre tuvimos otra jornada electoral en mi ciudad, la de tu madre, Bogotá.  No te quiero aburrir con resultados ni  con quejas o mucho menos con declaraciones explosivas que sólo sirven para estar en los muros de los perfiles de care-libro, para crear caras. Lo que sí te quiero contar es que descubrí que soy una romántica.

Ya lo dije.

Sí me habían insistido en que tengo esa característica tan empalagosa; pero no lo quería aceptar.

Durante la jornada electoral, no, más bien, exclusivamente en el tiempo que estuve en la calle me invadió una cálida sensación de alegría, de complacencia, de esperanza. Familias completas, desde las nietas hasta las ojalá tatarabuelas se encontraban en los parquecitos de mi barrio. Trancón, eso sí hubo. Pero como que no pitaban. Ya se habían resignado que es que ese día iba a ser un día complicadito, porque la gente salía dizque a votar.

Patinetas, scooters, ciclas, perros y vea… hasta sillas de ruedas se vieron un montón. Sólo en esas horitas y a tan solo un par de cuadras de mi casa, conté como siete, ¡por-chuchito-lindo!. Mucho más que el promedio de una semana. Ahora,  lo Post-Votumplanes familiares, noviales, amigables, que se hacían después de salir con el certificado en mano. Que el almuerzo de pollito donde los abuelos, que la vaina de prender un televisor a todo volumen en la sala y ver/escuchar las noticias todos en compañía. Que la hinchada de pelotas que se hacen los primos  con comentarios punzantes, entre los amigos con los memes que suben a las redes.

Te cuento que lo que más me gustó de ese día de alegría fue ver una fila de seis paleteros perfectamente parqueado en la salida de  mi colegio (mi sede de voto hace 5 añitos). ¡Y todos llenos!. Y luego, de ver toda esa diversidad en las calles, de ver un comercio activo, de percibir lo-que-podría si-quiera acercarse a la idea de inclusión, llego de nuevo a casa. Invado la cama de padre para arruncharme con mi mami y sintonizamos los cubrimientos de los conteos de las votaciones. Las dos estamos, pero estamos como ausentes; la una durmiendo, la otra en el computador, hermano y padre también en sus respectivos lugares. Pero todos nos conectamos a las buenas/malas nuevas que son actualizadas por medio de boletines.  Pasa el tiempo y los resultados se anuncian. Nos separamos, pero sigue el televisor encendido retumbando por toda la casa.

Al otro día me di cuenta, sentí que los resultados no importan, lo que importa es la fuerza que tiene un momento social en el que se abre si quiera un poco la oportunidad para que haya un cambio, y que ese cambio puede estar en mis manos (es una ilusión). Ese momento, compartido como un secreto a voces, se siente, emociona y a la final es lo que genera la cohesión social. Sí, soy una romántica porque por vez primera sentí el valor y fuerza simbólica del voto (que no es una cosa sino una acción), fuerza que la pueden sentir sólo quienes comulgamos con la idea de que las relaciones de poder en la política pueden rastrearse en las bases. Y por eso el resultado no me entristece del todo.

Eso te cuento… con cariño

Laura

*(¿Quiere usted brevemente contarme aquí cómo recuerda la calle durante las votaciones del 25 de octubre? ¡Gracias!)

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