Carter tenía razón

1 de mayo del 2011

Para un extranjero, el fervor con el que algunos estadounidenses recuerdan a Ronald Reagan resulta desconcertante. Un político republicano que aspire a figurar en la nomenclatura del partido está obligado a mencionarlo cada vez que abre la boca, más o menos la misma frecuencia con la que debe reafirmar la grandeza de su país, “el mejor del mundo”. No es inusual que se lo compare con Abraham Lincoln o George Washington, y debe haber algún grisáceo comité sesionando ahora mismo en Washington para abrirle un espacio en el monte Rushmore, y dejarlo esculpido para siempre en el panteón nacional.

Inversamente proporcional a la admiración que despierta Reagan es el tratamiento que se le dispensa a Jimmy Carter, su predecesor en la Casa Blanca. Al exgobernador de Georgia se le tiene por un hombre débil, inferior a las difíciles circunstancias económicas, sociales y políticas del país a finales de los setentas, tales como las secuelas de los magnicidios de la década anterior, la debacle de Vietnam, Watergate y la caída del Sha de Irán. Los Estados Unidos –recuerdan– se encontraban a la deriva, camino de perder su prestigio como potencia mundial cuando, en medio de la crisis petrolera del verano de 1979, un Carter derrotista apareció en televisión para invitar al país a realizar un ejercicio de introspección y revaluar su voracidad consumista (“demasiados de nosotros tendemos a abandonarnos a la autoindulgencia y el consumo”), y a superar sus duda existenciales (y su peligrosa dependencia del petróleo) por medio del sacrificio compartido. Su intervención pasaría a la historia como ‘el discurso del malestar’ (‘the malaise speech’).

La capacidad de autocrítica de los Estados Unidos, por supuesto, no daba para tanto. En las elecciones de 1981, la nación, desencantada con su presidente, se abalanzó a los brazos del actor de cine y gobernador de California Ronald Reagan, que prometía que todo estaría OK.  Un optimista irredento y un capitalista salvaje (“el gobierno es el problema, no la solución”), Reagan quedó en la memoria nacional como el hombre que ganó la Guerra Fría y recuperó la senda del crecimiento económico, el héroe que salvó a la patria en su momento más oscuro. Fue el papel de su vida.

Así lo recuerdan aquí, por más que ciertos extranjeros y los despistados de siempre, mamertos como Michael Moore, insinúen 1) que las historias de la vida real no se parecen en nada a los guiones de Hollywood; 2) que los héroes son en realidad los villanos y los villanos los héroes; 3) que el final feliz que prometieron en la entrada era, de hecho, una pesadilla sin fin; y 4) que Jimmy Carter tenía razón.

El nacionalismo de esta potencia decadente se indigesta sólo con considerar estas opciones. En algunos sectores todavía muy significativos, existe un absoluto convencimiento en la excepcionalidad estadounidense, en virtud de la cual se desestiman la mayoría de los problemas o, cuando es posible, se le endilgan a un enemigo externo o a un presidente demócrata (Obama es ambas cosas). El consumismo que según Carter se estaba devorando el alma del país en 1979, se convirtió en un dogma de fe al que se recurre en los momentos de la verdad, como sucedió después de los atentados de septiembre 11, cuando George W Bush exhortó a sus compatriotas a que salieran de compras. Treinta años después del defenestrado ‘discurso del malestar’, los Estados Unidos siguen sufriendo por cuenta de su adicción al petróleo y sin embargo se resisten a apostar por un modelo alternativo. Los principios económicos de la era Reagan –desregulación de los mercados e incentivos tributarios para la inversión–, que tuvieron gran incidencia en la crisis financiera del 2008 y en la enorme concentración de riqueza de las últimas décadas (uno por ciento de la población se queda con el 25 por ciento  de los ingresos nacionales y el 40 por ciento de la riqueza, según Joseph Stiglitz), siguen siendo la espina dorsal del modelo de desarrollo del país.

No obstante la testarudez del estadounidense profundo, está demostrado que reincidir en las fijaciones no altera los resultados. Y aunque el país ha sido incapaz de adaptarse a las circunstancias cambiantes, cada vez es más difícil ignorar esas transformaciones. Una crónica en la última edición de la revista New Yorker describía cómo se había configurado la política exterior de Barack Obama en el contexto de las revueltas árabes en el Norte de África y Oriente Próximo. El presidente, sugiere el autor, “podría estar avanzando hacia algo parecido a una doctrina”. Y continúa: “Uno de sus asesores describe las acciones del presidente en Libia como “liderar desde atrás”. No es un eslogan diseñado para las pancartas de la Convención Demócrata de 2012, pero sí describe con precisión el equilibrio que Obama parece estar encontrando. Dista de la definición tradicional del liderazgo estadounidense, y proviene de dos certidumbres que no se mencionan: que, debido al ascenso de rivales como China, el poder relativo de los EE. UU. está disminuyendo, y que los Estados Unidos son odiados en muchas partes del mundo. Perseguir nuestros intereses y la difusión de nuestros ideales requiere por lo tanto de cautela y modestia, además de poderío militar. “No tiene nada que ver con la imagen tipo John Wayne que el mundo se ha hecho de nosotros”, dijo el asesor. “Pero es necesario para guiarnos a través de esta fase”.” ( la traducción es entre Google y yo)

El texto ya ha suscitado reacciones por parte de figuras de la derecha, desde analistas políticos hasta (pre)precandidatos presidenciales, quienes han interpretado la expresión “liderar desde atrás” como un intento de maquillar la falta de liderazgo de Obama. Para muchos estadounidenses es inconcebible un mundo sin superpotencias ni decisiones unilaterales que se imponen sobre todos los demás. Pero la Casa Blanca y el Departamento de Estado deben operar en el mundo real, y no en los modelos mentales de sus compatriotas. El presidente Obama y Hillary Clinton son conscientes de la reorganización de la geopolítica mundial, lo que en el caso de la Zona de Restricción Aérea que el Consejo de Seguridad de la ONU impuso sobre Libia sirvió para que se tomara una decisión de manera expedita y consensuada. Sin embargo, el público general probablemente no identifique esto como un atributo sino como un signo de debilidad.

Por otro lado, un informe del FMI dado a conocer el lunes pasado ha enviado una señal incontrovertible sobre el nuevo orden mundial: según los cálculos del organismo, el PIB Chino superará el de Estados Unidos en 2016. La supremacía económica de los gringos tiene fecha de vencimiento. Por mucho que se resistan, se acerca cada vez más el momento definitivo. Hace treinta años se dieron el lujo de ignorar las advertencias de un líder visionario y responsable, y prefirieron escaparse al cine. Pero la película se acaba, y al final tendrán que reconocer que Reagan era tan sólo un actor y que Carter tenía razón.

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