Chicaque, el gran templo blanco

17 de junio del 2013

A menudo nos empeñamos en subirnos a un avión y recorrer miles de kilómetros en busca del lugar de nuestro sueños cuando a veces está tan cerca de casa que ni una hora tardaríamos en llegar a él. Chicaque en lengua indígena significa montaña vigorosa y a este parque natural, ya declarado mi paraíso particular, me gustaría llevar a toda la gente que quiero.

Salimos un domingo por la tarde de Bogotá después de sufrir uno de sus monumentales atascos y en poco menos de 60 minutos nos encontramos en medio de este impresionante bosque de niebla andino formado por el choque de la corriente fría de la Sabana y la caliente del Valle del Magdalena y ubicado en el municipio de San Antonio del Tequendama. Ante de seguir un dato: el bosque de niebla es uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta y en Colombia, uno de los más amenazados. La bajada hasta el refugio la hacemos por el hermoso y empedrado camino real, utilizado hace cientos de años por los indígenas muiscas y panches, posteriormente ensanchado por los españoles para el paso de sus animales. Todo es verde y un espeso y misterioso manto de nubes cubre el bosque; hay bromelias, orquídeas, musgos, líquenes y palmas bobas que crecen a sus anchas por el exceso de humedad; huele a hierba y a tierra mojada y sólo escuchamos el sonido de las aves y el de las hojas bajo nuestros pies.

En Chicaque no hay nada hecho a la ligera sin haberle dedicado grandes dosis de amor; el refugio de dos pisos, frente a las imponentes montañas de la cordillera oriental, es precioso, todo de madera, me recuerda a las construcciones del Tirol; desde su mirador contemplo con el corazón encogido uno de los atardeceres más bonitos de mi vida que fotografío hasta descargar la batería de mi cámara. Dicen que en los días más despejados desde aquí se llegan a ver los nevados de Tolima, Santa Isabel y Ruiz a cientos de kilómetros de distancia. Habrá que volver en otra ocasión y aprovechar para saborear una vez más la deliciosa cocina de su restaurante.

Chicaque, Kienyke

Anochece y nos entretenemos tratando de identificar la Cruz del Sur en el cielo hoy especialmente despejado. No hay suerte pero la noche nos regala el paso de una estrella fugaz, el destello de las luciérnagas, el grito de los micos nocturnos y el canto de los grillos y los sapos. Duermo como un bebé arrullada por los sonidos del bosque y a la mañana siguiente ponemos rumbo a la cascada, uno de los seis senderos ecológicos que ocupan casi 30 kilómetros de las 300 hectáreas que tiene el parque. Y pensar que hace menos de 24 horas me encontraba en la caótica Bogotá y ahora estoy en este parque natural rodeada de encenillos, yarumos, candeleros reales, robles, gaques, trompeteros, helechos, palmas bobas, sangregados y no sé cuántos árboles más. Disfruto de cada hoja, de cada rama, de cada flor, de cada tonalidad de verde hasta llegar a la caída de agua de más de 72 metros de altura que contemplo embobada, casi sin pestañear no me vaya a perder detalle. A la vuelta, nos encontramos con Jannethe, Miguel y Erik, guías del parque, que nos acompañan hasta la plataforma desde vamos a hacer nuestro “vuelo” en tirolina. Lo confieso: es ponerme el equipo y empezar a temblar; ¿de verdad me tengo que tirar en plan mono de la selva por ese interminable cable hasta la otra plataforma que de tan lejos que está ni alcanzo a distinguir? Arturo ni sabe lo que es el miedo y se lanza boca abajo y, por si fuera poco, grabando un vídeo. Ni me preguntéis de dónde saco las fuerzas pero en cuestión de segundos salto al vacío cual Tarzán con grito y todo incluido. Son 350 metros de longitud así que hasta me da tiempo a templar los nervios y disfrutar del imponente paisaje que, nunca mejor dicho, hoy tengo a mis pies.

Chicaque conserva uno de los últimos bosques de robles cercanos a Bogotá con ejemplares de hasta 400 años de antigüedad que pueden llegar a medir 30 metros de alto. Por cierto, Colombia es el único país de América del Sur donde existe este árbol. Recorremos en silencio el sendero dorado que forman las hojas al caer y que nos lleva a otro de los atractivos del parque: el Nido Roblegrande, una plataforma sobre un centenario roble de más de 25 metros del altura en la que se puede pasar la noche y a la que, consciente de la debilidad de mis extremidades superiores, decidido subir por las escaleras ubicadas en el tronco  no aptas para los que sufran de vértigo y bajar feliz de la vida haciendo rappel. Si buscas mayor comodidad para dormir te aconsejo a ojos cerrados la preciosísima cabaña de madera recién inaugurada encima de otro árbol a 8 metros de altura pero eso sí, con todo lujo de detalles al estilo del mejor hotel de cinco estrellas y con una terraza para contemplar el atardecer que más quisiera yo que fuera mía. Otra opción de alojamiento es en cabaña con chimenea incluida, refugio en litera o cama doble o en la zona de camping.

Chicaque, Kienyke

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