¿Ciudadanos del mundo?

26 de enero del 2012

Para nuestro mal,  ha calado en el ámbito mundial el estereotipo del colombiano considerado como un sujeto violento que trafica drogas. Somos víctimas del facilismo torpe e irresponsable de algunos medios de comunicación internacionales y de no pocas autoridades extranjeras que reducen su ignorancia a esquemas: colombiano = narcotraficante. Lo demás es sangre, como las […]

Para nuestro mal,  ha calado en el ámbito mundial el estereotipo del colombiano considerado como un sujeto violento que trafica drogas. Somos víctimas del facilismo torpe e irresponsable de algunos medios de comunicación internacionales y de no pocas autoridades extranjeras que reducen su ignorancia a esquemas: colombiano = narcotraficante. Lo demás es sangre, como las morcillas.  Y aunque en algunos casos esto es cierto -sería más torpe aún desconocer que padecemos una violencia inveterada producto de la injusticia social y la corrupción rampante-, también lo es que la gran mayoría de los colombianos somos gente decente, inteligente, honesta, trabajadora y con un estoicismo a prueba de balas -esto último se dice literalmente-.

Nos hemos cansado de repetir la misma retahíla de que por estas latitudes no todo es droga y violencia, sino que por acá se habla muy bien el castellano, tenemos dos mares, conservamos todavía muchos animalitos silvestres, hay bonitos paisajes, en fin, que en nuestro terruño pelecha el mejor café del mundo y se cría uno que otro futbolista destacado. De manera que cuando en los aeropuertos, fronteras y ciudades del extranjero nos hacen los mismos comentarios manidos sobre la calidad de la cocaína colombiana, ya no nos molestamos en responder y sonreímos con ironía condescendiente.

Sea como fuere, nos cierran las puertas de muchas fronteras y nos niegan con frecuencia las visas para entrar a Norteamérica o a Europa, así sea para pisar sus territorios por unas horas en tránsito obligado hacia otros países que nos quieren bien.  Por eso se dice -no sin razón- que somos una nueva raza de parias en el mundo.

Ahora bien, he recibido con regocijo -pasado por agua- la noticia inane de que gracias a la gestión diplomática de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores, los colombianos podemos visitar hoy sin visa el doble de países que hace una década. Según el despacho noticioso de la Cancillería, han abierto sus puertas a los colombianos países tales como Burkina Faso, Burundí, Cabo Verde, Comoras, Kenia, Madagascar, Malí, Mozambique, Yibuti, Tanzania, Togo, Uganda y Zambia en el continente africano, y Honduras en Centroamérica. A mí me complace mucho que podamos visitar fácilmente países que comparten con nosotros las aulagas y los problemas sociales –San Pedro Sula, en Honduras, por ejemplo, es la ciudad más violenta e insegura del mundo según las últimas encuestas-, y yo personalmente me solidarizo con todos ellos, pero, aunque quisiera conocer tan hermosos países, considero insensato invertir en pasajes y alojamientos costosos para asumir los mismos riesgos que padezco en mi tierra sin pagar un peso. Con todo, cabe destacar que también Rusia y Turquía nos han abierto sus fronteras, así toque sacar la visa Schengen para poder hacer escala en cualquier nación europea en nuestro destino al antiguo país de los soviets o a la puerta de Asia, como quiera que no existen vuelos directos de Bogotá a Moscú o a Estambul.

Loable, sin embargo, el esfuerzo de nuestra diplomacia vernácula para convertirnos a los colombianos en “ciudadanos del mundo”.

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