Ciudades, olores y colores

27 de julio del 2011

Las ciudades suelen tener olores y colores característicos. Éstos suelen pasar inadvertidos para el transeúnte desprevenido, pero se hacen sumamente notorios cuando se llega por primera vez a una ciudad o se toma distancia de la propia. Recuerdo aún a un compañero de colegio, de origen panameño, que decía que cada vez que llegaba a […]

Las ciudades suelen tener olores y colores característicos. Éstos suelen pasar inadvertidos para el transeúnte desprevenido, pero se hacen sumamente notorios cuando se llega por primera vez a una ciudad o se toma distancia de la propia. Recuerdo aún a un compañero de colegio, de origen panameño, que decía que cada vez que llegaba a Bogotá y se bajaba del avión olía un humor raro y agrio que él mismo atribuía a la contaminación. La razón por la que no lo olíamos nosotros era por que ya estábamos acostumbrados a él. En consecuencia, la primera vez que viajé, luego de escucharlo, me fijé muy bien al llegar a Bogotá de nuevo si alcanzaba a percibir dicho olor, nunca lo logré.

Bogotá para mí no tiene un olor particular, como sí lo tenía para mi amigo, sin embargo sí tiene un color: el naranja que se escapa de sus ladrillos y se vuelve aún más oscuro y penetrante una vez oscurece y las luces incandescentes se encienden. Todos aquellos edificios que se erguen sobre la ciudad ladrillo a ladrillo. Algunos más pálidos que otros. Algunos más trabajados, otros simplemente con esos ladrillos grandes y poco estéticos que se dejan a la vista en las construcciones poco afortunadas de los barrios marginales. Y luego la luz que los acentúa. Primero aquellos atardeceres naranja y a veces multicolor. Luego lámpara por lámpara que se enciende a su antojo arrojando un color cobrizo que se une al color de los ladrillos. Primero una, luego otra y el naranja se come la ciudad de forma progresiva pero segura.

En Madrid viví un tiempo y de ella tampoco tengo un olor particular. Pero en mi mente está ese color del concreto pálido y señorial, primero en los adoquines, luego en los edificios de Gran Vía, en la fuente y en los monumentos del Retiro y luego en todos los edificios monárquicos y sufridos por el bombardeo nazi. Luego está el contraste de ese color pálido y señorial con el color marrón de las hojas en otoño y luego de las cortezas desnudas de los arboles en invierno. Madrid siempre tendrá ese color pálido en ensoñador que tal vez se daba a la aridez pálida de los suelos de Castilla.

Luego está Nueva York, donde no he vivido pero sí he tenido la fortuna de visitar varias veces. Los colores pueden pasar más allá de la banalidad de Time Square. Si Nueva York tiene un color es el color del oxido. De acero hirviendo lentamente en la humedad. De estaciones de metro machadas de mugre y oxido. De bigas de acero con más de cien años de antigüedad y con miles y miles de capas de pintura. Paro hay que aceptar que ése no es el color de Nueva York, sino más bien de un país entero que debió su más grande desarrollo a la implementación del acero como principal forma de construcción. Es viajar por Estados Unidos y ver puentes oxidados, barcos, carros, lo que quiera, con aquel color cobrizo que guarda una belleza incalculable en tiempos de amor kitsch.

Más que colores, Nueva York tiene olores. El mejor de todos y que pocos adjetivos puede tener es el olor que desprende el metro y que se cuela por las rejillas que dan a las aceras de la calle cada vez que pasa un tren. Aquel olor añejo y extraño que no he podido oler en ningún otro lado. No es sino llegar a Nueva York, salir a la calle, a cualquiera que tanga una línea de metro subterráneo, y el olor sale de inmediato. Luego, a los minutos se va, se pierde en la costumbre, tal como decía mi amigo que le pasaba con el olor bogotano. Luego ese olor se pierde en medio de otros. El olor, por ejemplo, de meados humanos o caninos que se encuentran por doquier, en cualquier calle (por qué no, hasta en la misma Park Avenue). Olor a orines dentro del mismo metro, dentro de los mismo vagones y dentro de los buses urbanos. Olor a sudor cochino y maloliente del homeless que lleva un BlackBerry y se sienta cerca de uno en el metro. Olor a secreciones humanas. También está el olor de los caballos que andan despreocupados esperando por turistas en la calle 59 entre quinta y Columbus. El olor a labaza, a orines, a mierda. Y de repente, en una brisa ligera y tranquila, el olor a árboles florales que lo salva todo. Nueva York, al fin y al cabo.

Los olores y colores se repiten, sin embargo, entre ciudades. Olor a orines y a mierda de caballo hay Bogotá, cómo no. Pero siguen existiendo esos colores y olores particulares que marcan lugares. Que los marcan en la memoria y que son más valiosos, incluso, que las fotografías mismas como recuerdos indelebles. Recuerdos que suelen quedar dormidos hasta que se los vive de nuevo y una alegría inmensa lo llena a uno. La alegría del reconocimiento. La alegría de lo familiar.

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