Colombia: El país de los bandos

30 de noviembre del 2015

Para ser un buen hijo, un buen hermano o un buen vecino no se necesita tener un “color particular”.

Colombia: El país de los bandos

Hace unos días que estoy fuera del país y cuando digo que soy colombiano, me preguntan  con una inercia incontenible ¿por qué en Colombia hay tanta violencia? Con la misma inercia de quien lo pregunta, lo primero que se me ocurre responder es que las FARC, los paramilitares o el narcotráfico han sido los motores que han desatado una incontenible ola de confrontación.

En realidad estaba equivocado en mi respuesta. Si bien los grupos armados –de derechas o izquierdas- han causado inmenso dolor, la realidad es que existe una violencia mucho más grave: la que lleva cada uno en su interior. En nuestro particular y vicioso pensamiento individualista que acepta hacer lo que sea con tal de obtener los fines, incluso a costa de los otros.

Tuvimos una época llamada precisamente “la Violencia”, en donde nuestra sociedad estaba dividida entre colores: el azul y el rojo. Más allá de los discursos que justificaran cada color, gran parte del sentimiento de identidad del “rojo” consistía en odiar todo lo que fuera azul y viceversa. No creo que la Colombia de hoy haya cambiado mucho en eso. Es más, creo que esa eterna polarización ha sido el mito fundacional de nuestra historia como República.

Este comportamiento tan errático y nocivo de dividir a la sociedad en bandos no ha sido exclusivo de la política. Incluso en el fútbol, no hay mayor placer para un hincha del Santafé (rojo) que ver perder a Millonarios (azul). Y así mismo asumimos nuestra cotidianidad; como si fuéramos barras bravas andando por la vida. “Lo que es con Uribe es conmigo”, y si usted no es de los míos, es porque es enemigo de la Patria. “Lo que es con Petro es conmigo”, y si usted no es de los míos, es un oligarca opresor de los pobres. Y así con todos, porque se dieron cuenta que dividirnos en bandos –de colores imaginarios- resultaba muy útil para conseguir fines políticos. Y en el medio, quedamos nosotros, los ciudadanos que andamos con el peso de unas cargas que no tendríamos porqué asumir.

Hacen falta ese tipo de personas como Álvaro Gómez Hurtado, que hablaba de un “acuerdo sobre lo fundamental”. O como Adolfo Suárez, que fue capaz de liderar a España en una transición democrática sentando en la misma mesa a los unos y a los otros; sin buscar construir murallas sino tendiendo puentes. Tristemente, pareciera que levantar muros imaginarios entre nosotros –los que separan a los azules de los rojos, o a los “buenos” de los “malos”- es lo políticamente correcto.

Gastamos más tiempo pensando qué es lo que nos hace conservadores o liberales que meditando sobre qué es lo que realmente nos hace humanos. Para ser un buen hijo, un buen hermano o un buen vecino no se necesita tener un “color particular”.

Tristemente, Y es ahí, en la incapacidad de entender que es más lo que nos une que lo que nos diferencia, donde nacen las divisiones. Divisiones que se convierten en fracturas cuando politiqueros nos pintan de colores para cumplir sus metas electorales y nos dejan a los colombianos con odios artificiales sembrados en nuestras mentes.

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