Condenados en la espera

7 de agosto del 2011

“And now, the end is here, and so i face the final curtain. My friend, i´ll state my case, of which i´m certain. I´ve lived a life that´s full, I travelled each and every highway.And more, much more than this, I did it my way…” *“Ahora el final está aquí, enfrento el telón final. Mi […]

“And now, the end is here, and so i face the final curtain. My friend, i´ll state my case, of which i´m certain. I´ve lived a life that´s full, I travelled each and every highway.And more, much more than this, I did it my way…”

*“Ahora el final está aquí, enfrento el telón final. Mi amigo, lo diré sin rodeos… he vivido una vida plena, viaje por todos los caminos. Y más, mucho más que esto, lo hice a mi manera”

Con todo respeto del señor Sinatra, usted pudo sentir la libertad sobre su vida porque no supo lo que era transitar sobre el perverso mundo de la burocracia y las salas de espera.

Nunca tuvo que pedir un certificado judicial de forma presencial, llevar una carta de supervivencia o certificado de estudio al ya extinto Seguro Social, nunca cobró pensión, ni sacó cédula en las Torres de Bomboná en Medellín. Con seguridad, “A mi manera” no es la definición más acertada, o pregúntele a cualquier colombiano.

La señora de la taquilla me entregó un número correspondiente a una serie de cifras anónimas que en una fila imaginaria me ponía de última, por lo menos, antes de que llegara el siguiente destinado, como yo, a esperar durante tres horas para que le sacaran sangre y un médico adiestrado casi por el mismísimo Henry Ford dijera que todo está bien, requisitos y más para firmar un contrato.

El número en un papel mil veces arrugado se quedó grabado en mi cabeza y Sinatra hizo su entrada como un sarcasmo en medio de mi banda sonora de la tarde, porque para esta situación lo que hay que escuchar es música de adolescentes, música donde los sonidos son poco pacientes. Si Kurt Cobain me hubiera acompañado a hacer vueltas ese día, por lo menos habríamos entretenido el rato haciendo huecos en los puños de todos los busitos presentes.

Una sala de espera es como un agujero negro donde confluyen personalidades, todas ansiosas y sin salida. El grupo de seres anónimos mira para todos los lados.

Sentados en sillas en línea, cada quien mueve a diferentes ritmos el pie que descansa amañado sobre la otra pierna; después de varios minutos las posiciones desesperan, la aparente comodidad pierde todos sus valores y el tiempo se mide por la frecuencia en las  personas son atendidas; el tica tac del reloj es eterno y mirarlo mil veces es un vicio que no trae  ninguna respuesta. En el mundo de los que esperamos turno, no importa el motivo de la vuelta, el escenario es genérico y los ganadores son los que logran desarrollar alguna actividad para matar el tedio de la espera.

Qué puede pensar una persona durante largas horas mientras un televisor muestra algún programa educativo o una novela desgastada, en cualquiera de los casos no hay volumen y mucho menos subtítulos, el que mira debe ser creativo e inventarse el diálogo, interrumpido, claro está, por el intermitente y estridente ringtong de moda, que siempre es un sonido que aturde y que aunque en el fondo nos guste, siempre será visto como algo de mal gusto, escucharlo dan ganas de tener un amigo futbolista o “negociante” y no sé por qué echar tiros al aire.

Con un panorama oscuro me siento en el suelo de baldosas blancas y frías, como una niña busco mi antídoto al tedio, saco un libro bastante grueso, le dejo la realidad a mis audífonos y le agradezco al cielo que esta vez mi Ipod tiene suficiente carga como para quedarme a vivir allí un par de días sin tener que enfrentarme a mis propios pensamientos sin banda sonora.

Y a pesar de ser la vergüenza de todos los paisas, con todo y el Uribe Vélez que siempre me acompaña (no tomo café, no como fríjoles, no me gusta el aguardiente), no puedo evitar pensar en cómo hacer de estas horas muertas un negocio, solo que únicamente se me ocurren cosas que finalmente serán ilegales.

Primero pensé en montar una agencia de viejitas que hacen vueltas: tienen prioridad en las filas, no tienen muchas ocupaciones, los médicos siempre las mandan a caminar, se hacen amigas de todo el mundo y siempre encuentran algún alma caritativa que les ayuda. Pero después recordé que mi abuela lleva dos fracturas en menos de un año por lo que se pierde mucho dinero en incapacidades.

La solución llegó como una epifanía en el momento que una niña mirándome sorprendida, porque yo después de dos horas y media ya iba en la mitad de mi libro, se lo comenta a la mamá y la señora muy perspicaz le dice:

-Si ve mija, le dije que se trajera el libro, ya hubiera hecho la tarea.

Los dioses y todas la demás divinidades de todas las religiones juntas hablaban a través de esa señora de chaqueta de jean cortica y bota de falsa gamuza morada. El negocio es conseguir niños de esos colegios donde ponen muchas tareas para compensar lo que no les alcanzan a enseñar en el aula, que ellos hagan mandados y vueltas para que mientras esperan se pongan al día con los compromisos escolares. ¡Ja! Como una colombiana más le he montado industria a la burocracia, así como la venta de puestos en las filas, los caspetes en entidades públicas y como un Prometeo criollo les tumbe el fuego a estos cerdos que me tienen esperando horas por un certificado.

Hay un problema como siempre en estas ideas emprendedoras, trabajar con niños es ilegal. Todo este tiempo y estoy como al principio.

-Uribe, Juliana, consultorio 6

Guardo mi libro y como un mensaje cifrado empieza a sonar Psycho killer de Talking Heads, una revelación más de mi lista de reproducción.

“I can’t seem to face up to the facts, i’m tense and nervous and I can’t relax, i can’t sleep cause my bed’s on fire, don’t touch me…”

“Parece que no puedo hacer frente a los hechos, estoy tenso, nervioso y no puedo descansar. No puedo dormir porque mi cama está en llamas, no me toques…”

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