El consejo de la bailarina

El consejo de la bailarina

3 de marzo del 2017

Valentina y David se reunieron un martes después de mediodía en un restaurante conocido de Bogotá. Ella vestía ropa cómoda de baile, acompañado de un abrigo cálido, ya que luego daría lecciones de ballet a una niña que siempre llegaba tarde a su clase. Él, esperándola sentado, interrumpió su lectura, estaba terminando de leer el último libro de Bayly titulado “El niño terrible y la escritora maldita”, puso el separador entre las hojas del libro y lo dejó a un lado. Sentados en una mesa para cuatro, David tenía miedo de lo que le había enviado. Fueron varios textos; unos interesantes, otros con errores pero siempre con la intención de entretener y hacer reír. Su atención estaba centrada en el juicio que ella fuera a dar al respecto. Valentina con un año mayor que él había enseñado en dos universidades, bailado en las mejores compañías de danza del país y posee una columna cultural en El Espectador con cientos de seguidores. Apabullado por la cantidad de cosas que había hecho Valentina, David llama a la mesera para pedir un plato lleno de azúcar, gluten y calorías, y recordó que se había preparado para ser mejor o igual al autor del libro que terminaba de leer y tener al frente a una bailarina que escriba, no dudaría en pedirle su consejo.

Era una tarde nublada, cada tanto las nubes le daban licencia al sol para asomarse un rato. Entre risas y asombros, cada uno habló de lo que se dedica y de lo que no hacen o dejaron de hacer. Cuando Valentina le dijo a David que su jefe le pidió hacer dieta, David no tenía otra opción que odiarlo con rabia por pedir algo que era innecesario, para David, Valentina era una digna modelo de Ballerinaproject en Instagram, y no necesitaba de dietas. La escena del momento era formal, basada en la risa, el cuadro era una charla entre un periodista y una bailarina. Ella no dejaba de jugar con su pelo mientras hablaba, él sentía el suspenso de saber lo que pensaba ella de sus textos. Eran textos de humor político, y quería como Daniel Samper Ospina hacerse millonario con lo que escribía. Cuando David tuvo la osadía de preguntarle qué le parecieron, en ese momento el miedo se apoderó de él y se imaginó lo peor. Ella respondió, fue breve y dijo que había un par de cosas sobre el estilo y sobre el deber de inmiscuirse más en los textos, fue un juicio honesto, breve sin elogios ni ofensas, pero en general le gustó, y mucho.

David aceptó su consejo, por eso quería aplicarlo de la manera más rápida y sentirse en paz y vio que necesitaba algo así como un fast track pero no como el que proponía el gobierno para resolver lo del proceso con las FARC. David necesitaba algo rápido, casi que inmediato, se dio cuenta de que para ir hasta su casa a ponerse a escribir, le hubiera sido más fácil ser un roedor para meterse bajo tierra y tomar un metro subterráneo pues es más rápido y seguro que un bus. La incertidumbre no cesaba para David, tenía miedo de quedar como un zapato con lo que fuera a escribir pero se acordó de que hay quienes quedan como un zapato pero de marca Ferragamo. Es decir, no veía lio en hacer el ridículo pero con estilo. Cambiarse el apellido, pensó David a Springer von Schwartzenberg, era otra alternativa para hacerse el intelectual que habla de algoritmos en cafés con los amigos después de sus publicaciones. Acatando esos pasos, que no eran para bailar, David le hace caso a Valentina, lee lo que le recomienda, gradualmente empieza a escribir sin censura para ser siempre el mejor como todo un maestro jubilado de Pokemon Go.

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