Conspiración del absurdo

17 de diciembre del 2012

El hombre a morir les dijo que iba a ir vestido con una camiseta que llevaba estampada la foto del cantante de Nirvana.

Cierto día en que el sol y el hambre hacían de las suyas en los cuerpos de los tres asesinos más temidos de aquella ciudad, un hombre desesperado por el tedio de la existencia misma se dirigió muy de mañana, para alcanzar a publicar en la edición de aquel día, a la oficina de los clasificados del periódico más leído en aquel moridero, con el único fin de sentenciar a muerte su propia vida con la siguiente frase: “Hombre cansado de vivir necesita solución definitiva para su suplicio. Interesados, favor llamar al 347-134-56-72. Buena gratificación”.

En el colmo de la insensatez, y no más distantes que un par de cuadras, los tres personajes ya mencionados leían con desconfianza el espacio del periódico “La Dura Realidad” destinado a los clasificados, con el ánimo decaído ante la ausencia de encargos por parte de la población.

Al parecer, pensaban, se habían quedado sin trabajo, pues desde hacía más de dos meses que no les llegaba ninguna tarea que, como ellos decían, los llevara a pasar a mejor vida a un muñeco. Leían los clasificados para ver qué ofertas de trabajo había en la ciudad, pues pensaban que si no resultaba nada pronto, iban a tener que dejar las armas por un azadón, un taxi, o quizás un pan, pues entre ellos, había uno que dominaba el arte de la panadería.

Cuando llegaron a la parte que decía “ofertas de trabajo para iniciar hoy mismo” no podían creer lo que sus ojos veían. En algún rincón de esa caliente ciudad había un cliente que a su vez era el muñeco a pasar a mejor vida. Como se dijeron a sí mismos, dos pájaros de un sólo tiro. El que paga es el que muere. Breve la vuelta. Sin testigos, sin dolientes, sin lágrimas, pues aunque sea difícil de creer, entre los tres, dos lloraban mientras disparaban, y el otro duraba con escrúpulos el tiempo que tardaba entre la escena del crimen y el bar del barrio, donde copa tras copa se perdonaba su acto.

Incrédulos, cada uno a su tiempo, llamaron para averiguar si era verdad la oferta. La respuesta fue siempre la misma. “Me quiero morir hoy mismo. Pero no quiero morir siendo consciente de ello. Quiero que sea de la manera más imprevista. No importa si es a mansalva, pero eso sí, que sea certera. Solo una condición, sin daños a terceros y sin escándalos públicos. Por el dinero no se preocupen, el pago irá conmigo”. La misma respuesta se la dio a los tres por teléfono, pues pensó que tal vez alguno creería que era una broma y se abstendría de ir al sitio pactado para morir, y ese preciso día no se podía permitir ausencias laborales.

Los tres asesinos prometieron a su modo que su trabajo era cien por ciento garantizado, que si quería podía comprobarlo con los miles de clientes satisfechos que entre los tres sumaban. Pero como era de esperarse, el agobiado ciudadano que había pactado su muerte no quería conocer la experiencia de los dichosos clientes, sólo quería morir, y ese día, no otro.

Ninguno rehusó el pago, es más, los tres llegaron a pensar, cada uno en su lugar de residencia, que estaba muy bien el monto para un trabajo que no implicaba mayor peligro para sus vidas. La hora acordada era las tres de la tarde. El sitio, un barrio humilde a las afueras de la ciudad, quizás para evitar la conmoción, pues en aquellos barrios era usual que la muerte llegara todos los días. Una más, no causaría gran impacto. El modo de morir iba a ser sencillo. Él se iba a sentar a esperar, leyendo en una banca del parque de aquel barrio, a la muerte que le llegaría de la nada. No debían preocuparse, una vez abierto el libro, no iba a despegar los ojos de sus líneas hasta que el calor del plomo entrara en su cuerpo para poner fin a su vida.

El hombre a morir les dijo que iba a ir vestido con una camiseta que llevaba estampada la foto del cantante de Nirvana, con un yin azul y unos converse rojos. Los tres reconocieron al cantante de Nirvana, ya que en algún momento de sus vidas lo habían escuchado y visto cantar, antes de que sus gustos musicales, quizás por el oficio que practicaban y la pobreza que los rodeaba, los llevara a migrar al vallenato, la ranchera y el reguetón.

Aquel infeliz hombre ese día almorzó tranquilo, bebió su acostumbrado tinto después del almuerzo y se fumó el que sería su último cigarrillo en vida. Luego, tomó de su biblioteca el libro “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” de Thomas de Quincey y se dispuso a caminar las que serían sus últimas tres cuadras hasta llegar al bus que lo llevaría a su lugar de ejecución.

Entretanto, nuestros asesinos, cada uno a su estilo, se prepararon para ir a trabajar. El llamado “Ivancito el terrible” rezó largo rato frente a la imagen de la virgen de la Rosa Mística que tanta suerte creía le había traído hasta ese momento. Jorge, el apodado Chonto por todos sus conocidos, tuvo un encuentro relámpago con su esposa después de almuerzo, pues creía que así iba más aliviado de tensiones a la hora de oprimir el gatillo. Y finalmente Chuky, del cual nadie sabía su nombre, fumó incesantemente hasta el momento en que se subió a su moto para irse a laborar. Cada uno de nuestros personajes se dirigía al lugar acordado en medio del más absoluto silencio, incluso mental, pues nada se cruzaba por sus pensamientos mientras en sus motos y en aquel destartalado bus, aguardaban para terminar de una vez con lo que habían acordado, matar y morir.

Al llegar al parque, que estaba a media cuadra del sitio donde tendría que bajarse el infeliz hombre, los asesinos se apostaron en un lugar que rodeaba la banca en la que presumían se iba a sentar quien venía dispuesto a morir.

Cada uno empuñó su arma bajo la camisa y aguardó pacientemente la aparición del cantante de Nirvana, pues hasta ese momento el muerto no tenía rostro. Siendo las 2:57 minutos de la tarde, el bus que traía al desahuciado hombre asomó en la esquina de aquel barrio.Ivansito, Chonto y Chuky supieron en ese mismo momento que la espera había concluido.

El pasajero que nos interesa se dirigió al final del bus, timbró una sola vez y aguardó retraído la detención de aquella chatarra. Tan pronto se detuvo empezó a descenser de él y justo antes del último escalón, miró al cielo para saber si hacía un buen día para morir, con tan mala suerte, o quizás por alguna conspiración de esta absurda vida, que el piso que lo debía esperar, o sea, una tapa de alcantarilla, había sido robada la noche anterior por algún mendigo. Nuestros asesinos no lo pudieron ver ni un segundo. La muerte fue instantánea.

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