COPYCAT

3 de junio del 2012

Por cuenta de la democratizaciín de la información tenemos a cientos de potenciales imitadores de sucesos que van de lo trivial a lo inverosímil, pasando por lo, francamente, macabro.

La película Copycat (Jon Amiel, 1995) nos muestra la historia de la psicóloga Helen Hudson, una experta en comportamientos criminales, quien, como resultado del acoso al que la somete uno de los psicópatas que alguna vez ayudó a atrapar, padece agorafobia. Los aquejados con este mal –que consiste en miedo irracional a lugares abiertos- raramente salen de sus casas, lo que hace que la doctora Hudson deba seguir desde la suya una serie de asesinatos cometidos por un psicópata cuya particularidad es la de copiar los modus operandi de otros psicópatas famosos (se trata de un copycat; un imitador); comportamiento extraño en asesinos en serie, quienes suelen casarse con un único modus operandi.

Pues bien, así como el invento de Gutenberg quitó el monopolio del conocimiento y la información a reyes y clérigos e hizo que surgieran críticos especializados en los más variados temas, la revolución informática despojó a ese nueva élite de sus privilegios, proporcionado al ciudadano del común la posibilidad de generar opinión e información: Twiter, Facebook, y otras herramientas hipermasificadas, democratizaron hasta un límite insospechado las bondades de la información; pero también sus perjuicios. Por cuenta de ello tenemos millones de potenciales copycats: imitadores de sucesos que van de lo trivial a lo inverosímil, pasando por lo, francamente, macabro. Y, claro, al final de la cadena están los grandes conglomerados de comunicación para servir de caja de resonancia: una increíblemente mediocre si tenemos en cuenta sus contenidos; pero monstruosamente productiva en términos financieros.

Convencido como estoy de que la mayor fuerza del universo es el azar (que ha precipitado los acontecimientos hasta la maravilla del cerebro humano) y de que, en ese orden de ideas, todo es posible, me cuesta trabajo, sin embargo, no extrañarme con el hecho de que cuando aún seguían bajo tierra los mineros atrapados en Chile en 2010 nuestros equilibrados medios de comunicación se encargaron de encontrar un suceso similar aquí en Colombia. No sabe uno si casos así suceden a diario en el país y, simplemente, son ignorados hasta que otro suceso de talla mundial, como el mencionado de Chile –que, por supuesto, reporta muchísimos puntos de rating-, anima a nuestros comunicadores a revolear en cuadro buscando unas víctimas que habitualmente se hundirían en el olvido.

Para no ir más lejos, después del fastidioso asunto del senador Merlano no pasaron 15 días sin que otro político en La Guajira intentara sacar un arma delante de unos policías que, antes de negarle una llamada a cierto coronel que lo eximiría de una prueba de alcoholemia, lo habían detenido por manejar bajo el efecto de “sólo diez cervezas”. Y, en el mismo lapso de tiempo, el edil de Barrios Unidos de Bogotá, Édgar Riveros, detenido en otro retén policial, llamó a un policía amigo para que lo exonerara –con éxito- de la multa correspondiente por manejar con la restricción del pico y placa. Teniendo en cuenta lo caliente que estaba la noticia de Merlano, uno se pregunta en qué estaba pensando esa gente: tal vez los problemas que acarrea una situación así se ven generosamente compensados con los 15 minutos de fama que vaticinó Warhol hace cuarenta años.

Todo esto no pasaría de ser material de inventario de una patética república bananera si no fuera por los espeluznantes incidentes con que nos bombardean noticieros, periódicos y nuestros propios conocidos (y también los perfectamente desconocidos) a través de Twiter y Facebook. Da miedo creer que un amigo nuestro querrá imitar a Sigifredo –en caso de que éste sea culpable- y nos venderá al mejor postor por misteriosos propósitos; aunque da más miedo deducir que –si Sigifredo es inocente, como creo- un fiscal copycat, ávido de figuración mediática y basado en pruebas deleznables y razonamientos ridículos, proferirá orden de captura en nuestra contra por un retorcido delito.

Sin embargo todavía no hemos salido de las aguas mansas; entrando en aguas de tiburones, espeluzna hasta el insomnio saber que alguna de nuestras conocidas pueda correr la misma suerte de Rosa Cely, la mujer violada, torturada y empalada por algún sádico medieval en el Parque Nacional. Ingredientes variables del drama (estrato bajo de la víctima, presencia en las redes sociales; ausencia de imágenes morbosas, violencia asombrosa) hacen que los grandes medios se hayan mostrado vacilantes en el cubrimiento de la noticia: no he oído un especial de dos horas en La W equivalente al asunto de la prostituta de Cartagena. (A propósito: teniendo nosotros, como nos hemos venido jactando de ello desde hace años, la mejor policía del mundo ¿no es extraño que los policías que encontraron moribunda a Rosa hubiesen omitido preguntarle el nombre de su victimario después de que ella les informara, con un hilo de voz, que ese victimario la había agredido con un casco y que, además, ella lo conocía? Ojo, no digo que estén involucrados, digo que son de una incompetencia rayana en la estupidez).

Y como nuestras aspiraciones de melodrama no se limitan a lo nacional –al fin y al cabo somos grandes emprendedores-, aterrorizan nuestras incursiones imitadoras en campos internacionales. Recordemos el caso inofensivo de la barranquillera que, no queriendo quedarse atrás por la noticia de que una italiana había tenido octillizos, burló el riguroso filtro de nuestros ecuánimes medios de comunicación asegurando estar embarazada de nueve bebés, los que finalmente se convirtieron en nueve primorosos kilos de trapo. Pero, si ese caso fue inofensivo, tengamos en cuenta que esta semana inverosímil que pasó nos trajo de Estados Unidos la noticia de un hombre que, bajo los efectos de una droga denominada sales de baño (?), devoró la cara de un habitante de la calle, quien en este momento se encuentra en estado crítico a causa del ataque.

Sin saber, por otro lado, si la transmisión por TV de la serie Escobar, El Patrón Del Mal resultará favorable para nuestra sociedad (puesto que conoceremos a fondo una historia que no debe ser repetida bajo ninguna circunstancia) o perjudicial (y será, en cambio, inspiración para un semillero de superempresarios de la muerte que les pondrán la pata a los ya grandes jefes de los cientos de carteles que pululan en Colombia), me limito, desde la que aspiro sea la parte beneficiosa de la omnipresente ecuación mediática, a hacer notar esas inquietantes coincidencias.

Ahora sólo me falta superar una incipiente agorafobia.

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