Crónica del Imperio del Centro (11)

26 de marzo del 2019

Opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (11)

Cortesía

A mediados de la década de los años 70, China había experimentado una sacudida tal que la onda expansiva podía sentirse todavía en tiempos de mi primera visita a Pekín. Con Mao Tsetung China se había levantado; con Deng Xiaoping, el hombre fuerte del país a comienzos de aquel año de 1988, el gigante asiático empezaba a caminar. Pero la llegada de Deng al poder había sido tortuosa y amarga.

Reflexioné sobre el asunto al salir de Taiwán después del funeral de estado de Chang Chingkuo: también en el mes de enero e igualmente bajo el signo del dragón, la muerte de Chu Enlai  en 1976, había sido el preludio de un año de grandes cambios y turbulencias.

En aquel año, la década de la Revolución Cultural tocaba a su fin. Mao Tsetung, el Gran Timonel ya viejo y achacoso, asistía impotente a la lucha de dos facciones que disputaban el poder: de un lado la Banda de los Cuatro, en la que estaba su mujer, Jiang Qing; y de otro, el trío compuesto por Chu Enlai, Deng Xiaoping y el mariscal Ye Jianying, jefe del Ejército.

El cáncer diagnosticado a Chu Enlai, su previsible heredero, había llevado a Mao a sacar del ostracismo en el que relegó la Revolución Cultural a Deng Xiaoping, y a ponerlo a las puertas del mando político y del partido en Pekín. Deng llegó de trabajar como mecánico en una fábrica de tractores a asumir el cargo de viceprimer ministro. Durante los años de purga, para alimentarse, había tenido que cultivar sus propias verduras con excremento humano (lo cuenta su hija Deng Rong en sus memorias); uno de sus hijos quedó paralítico tras haber sido arrojado de una terraza por los Guardias Rojos, y la ristra de padecimientos y humillaciones que sufrieron él y su familia daría para largo.

Así pues, muere Chu Enlai en enero y la Banda de los Cuatro impide que se le rindan honores como es debido. Pero como en China desde siempre hubo modos de alivio al peso autoritario, en la primavera de aquel año, el pueblo de Pekín tuvo la excusa para manifestar su descontento. La historia del país se funde con un abundante y complicado calendario de fiestas y celebraciones; cuyo cálculo fue siempre una ciencia delicada y prestigiosa, y los seguidores del viejo líder fallecido vieron la oportunidad de reivindicar su memoria el Día de los Difuntos.

Un movimiento espontáneo entre finales de marzo y comienzos de abril destinado a reparar la imagen de Chu Enlai, inundó las calles de varias ciudades chinas. El domingo 4 de abril, el Día de Difuntos, fue tal el cúmulo de ofrendas florales depositadas por la gente ante el Monumento a los Héroes en la plaza de Tiananmen en honor a Chu Enlai, que el panteón en la base del monolito quedó cubierto de flores y mensajes de afecto hacia Chu. El Politburó del Partido Comunista se reunió de urgencia, ante lo que consideraron un acto contrarrevolucionario y se mandó a retirar las ofrendas florales.

La multitud reclamó al día siguiente que le devolviesen las coronas. Y una nueva reunión del Politburó señaló a un culpable: Deng Xiaoping. Fue destituido y volvió a su casa, aunque no fue expulsado del partido. Mao Tsetung entre tanto, tomó la decisión trascendental de nombrar por sorpresa a Hua Kuofeng como  primer ministro, en lo que se pensó que sería la elección definitiva de un sucesor. Se trataba de un defensor a ultranza de todo aquello que decidiera o dijese Mao.

Pero aún quedaba la Naturaleza por decir la suya aquel año. El 28 de julio un fuerte terremoto de 7,8 grados en la escala de Richter arrasó Tangshan, una ciudad industrial a 200 kilómetros al este de Pekín en la que morirían más de medio millón de personas, según versiones extraoficiales. En Pekín y en muchas otras ciudades, cientos de miles de personas tuvieron que dormir durante semanas a la intemperie.

Mao Tsetung, trasladado desde su residencia habitual a un anodino edificio construido para él a prueba de terremotos en el complejo de Zhongnanhai, murió el 8 de septiembre de un ataque al corazón. La Banda de los Cuatro, con madame Mao a la cabeza, fue detenida y puesta bajo rejas. La viuda de Mao se suicidó en prisión y los otros integrantes de la Banda purgaron años de cárcel. Así concluyó aquel traumático 1976.

En el pensamiento político chino tradicional las grandes catástrofes naturales se atribuían al emperador, el Hijo del Cielo, que era el responsable de mantener el equilibrio cósmico. Si aquel que ocupaba el trono del dragón no era capaz de mantener ese equilibrio, perdía el Mandato del Cielo y ocurría un cambio de dinastía. El buen gobierno era lo que justificaba la legitimidad del emperador. Un gobierno virtuoso era como un talismán que atraía todo lo bueno; el mal gobierno, en cambio, sólo atraía la desgracia. Inevitable recordar todo aquello ante tal acumulación de circunstancias.

La ingente obra de Mao fue compleja y poblada de claroscuros que juzgará la historia, pero por esas cosas extrañas de China, aquel año turbulento marcó el fin de una dinastía. O por lo menos, señaló un dramático giro en el rumbo de la nación. Deng Xiaoping, a la vuelta de poco tiempo, habría de cambiar el cómodo sillón de su sala de estar en la avenida Kuanjie por la carga de sentarse con todas sus consecuencias, en el trono del dragón.

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