Crónica del Imperio del Centro (12)

10 de abril del 2019

Opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (12)

La segunda purga a la que había sido sometido Deng Xiaoping duraría poco. El XI Congreso del Partido Comunista de China, PCCh, primero tras la muerte de Mao Tsetung, se celebró en Pekín entre el 12 y el 18 de agosto de 1977. Acudieron 1510 delegados que representaban a 35 millones de miembros de todo el país.  Aquel cónclave se adelantó al tiempo habitual por la necesidad de definir la orientación del Partido tras los convulsos años de la Revolución Cultural.

La presión de sus aliados en el PCCh sacó a Deng Xiaoping de su casa y le dio nuevamente protagonismo en la vida política del país. De hecho, fue el encargado de pronunciar el discurso de clausura de un Congreso que hizo una dura crítica a la Revolución Cultural y al papel jugado por la Banda de los Cuatro, dos criaturas de la era de Mao Tsetung que China arrinconaba para emprender un camino diferente.

El Congreso eligió a 201 miembros para el nuevo Comité Central y dentro de éste a ocho nombres para el Comité Permanente del Buró Político, entre los que se encontraban Hua Kuofeng, nombrado por Mao como su sucesor; el rehabilitado Deng Xiaoping y dos nombres más que nos interesan para esta historia: Hu Yaobang y Zhao Zhiyang.

Hua Kuofeng seguía siendo nominalmente el presidente, pero Deng Xiaoping logró primero hacerse con las riendas del Partido y luego, apartar definitivamente a Hua dos años más tarde.

Sin dejar de persistir en el socialismo el Partido, es decir Deng, decidió abrir a China al exterior y enfocarse en lo que llamó las “Cuatro Modernizaciones”: la industria, la agricultura, la defensa nacional y la ciencia, dándole especial importancia a la educación. La consigna era “hacer de China una moderna y poderosa nación socialista antes de final de siglo”.

¿Y cómo se llegaría a esto? Cuenta un buen conocedor del proceso y testigo de primera mano, Pablo Rovetta, residente en aquellos años en Pekín, que el país más poblado del mundo no tenía un modelo a seguir. Había pasado de un pseudofeudalismo al socialismo; tomar cualquier medida drástica suponía un gran riesgo dadas las experiencias traumáticas de los años anteriores.

Así que en el más típico estilo chino de hacer las cosas ordenadamente, de enero a diciembre de 1978, enviaron 529 delegaciones al exterior, más de una por día, con un total de 3.200  personas que se dedicaron a estudiar al detalle los países desarrollados de Occidente, el Sudeste de Asia y otras regiones para ver diferentes versiones del capitalismo.

Aquellas delegaciones con un promedio de seis personas por grupo, aplicaron la lupa china a la experiencia de los demás y llegaron a la conclusión de que el mundo fuera de China no estaba al borde del abismo como se predicaba en tiempos de Mao, y que los chinos tenían mucho que aprender del capitalismo. Y vaya si aprendieron en aquellas visitas.

Mientras el mundo occidental se aprestaba a celebrar la Navidad ese año de 1978, como recordé en la primera de esta serie de crónicas, China dio el paso decisivo para la reforma de su estructura política y económica que se conocería años más tarde como “Política de Reforma y Apertura”.

El 22 de diciembre, la III sesión plenaria del XI Comité Central del PCCh puso término a la incertidumbre que había reinado en el país en los dos años anteriores. Y dos días más tarde, apareció el comunicado que lo explicaba en el Diario del Pueblo. Encabezaba el artículo un titular en caracteres rojos destinado a las grandes ocasiones en el que, como explica Rovetta, no figuran ni las palabras “reforma” ni mucho menos “apertura al exterior”.

La única mención al extranjero, explica el sinólogo uruguayo, es la que dice: “sobre la base del autoabastecimiento, desarrollar activamente la cooperación económica con todos los países del mundo (y) hacer esfuerzos para introducir tecnologías y equipos avanzados del exterior”.

De hecho, es solo a mediados de los años 80 cuando se empieza a hablar de “reforma y apertura”. Cuando Deng Xiaoping, durante un viaje a Xiamen en febrero de 1984, pronuncia por primera vez los términos “reforma y apertura al exterior”.

A comienzos de los años 60, antes de ser apartado por primera vez del poder acusado de derechista y contrarrevolucionario, Deng adoptó como divisa un refrán de su región de origen, Sichuan: “gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones”, quintaesencia del pragmatismo que llevó a China al lugar en donde se encuentra hoy.

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