Crónica del Imperio del Centro (16)

17 de mayo del 2019

Opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (16)

Cientos de miles de estudiantes de cincuenta campus universitarios marcharon el 4 de mayo por la avenida de Changan hacia la plaza de Tiananmen. Cerca de las 11:00 horas rompieron el cordón policial que rodeaba el centro de la ciudad y hacia el mediodía, la primera columna entró a la plaza al son de tambores, desplegando los eslóganes en banderolas y estandartes y cantando en medio del entusiasmo de la gente que los vio llegar. La manifestación concluyó poco antes de las tres de la tarde con la lectura de lo que llamaron “Declaración del Cuatro de Mayo”.

Y mientras los estudiantes se manifestaban, Zhao Ziyang pronunciaba un discurso ante los delegados del Banco Asiático de Desarrollo cuya vigésima segunda reunión anual tenía lugar en Pekín ese día. En ese discurso Zhao volvió a defender a los estudiantes y habló de una minoría que quería pescar en aguas revueltas.

Más tarde, Zhao se encontró con el primer ministro, Li Peng, y volvió a argumentar la necesidad de cambiar el sentido del editorial que había aparecido en el Diario del Pueblo el 26 de abril y suavizar el término “anarquía” que tanto había irritado a los estudiantes. Li Peng dijo que aquello era imposible y se abría así una brecha entre los líderes del país con dos visiones distintas de la protesta estudiantil. “Hay que escribir un nuevo editorial”, dijo Zhao. “No estoy de acuerdo” fue la respuesta de Li Peng, dando por finalizada la conversación.

Aclaro aquí una vez más que tomo este tipo de referencias del libro Tiananamen Papers ya citado, pues como puede deducirse fácilmente, esas intimidades se desconocían entonces y nadie sabía lo que estaba pasando al interior de la cúpula del poder en China ante la revuelta estudiantil y los desórdenes callejeros.

El 5 de mayo fue también una jornada de análisis de cómo se veía cuanto estaba ocurriendo en China desde fuera. Se destacaban las palabras del presidente Georges Bush de no inmiscuirse en los asuntos internos de China, pero advirtiendo al gobierno de que una acción violenta contra los estudiantes tendría graves consecuencias en las relaciones entre ambos países.

El 6 de mayo fue un día de reflexión entre los dirigentes chinos sobre el papel de la prensa en la divulgación de lo que pasaba en Pekín. “No debemos oponernos a este movimiento sino guiarlo y dividirlo —dijo el presidente del país, Yang Shangkhun, refiriéndose a una vieja técnica del Comité Central del Partido llamada shudao fenhua, guiar y dividir, o sea, unidad de la mayoría y aislamiento de la minoría—, ganar a la mayoría de estudiantes y aislar al puñado de anticomunistas que buscan nuestra destrucción”.

La chispa que encendió la mecha de las protestas estaba ya casi olvidada. Y a aquellas alturas los eslóganes coreados por los estudiantes y los mensajes en las pancartas callejeras tenían que ver fundamentalmente con problemas como la inflación que empobrecía en China a la gente común, y con la corrupción rampante en las altas jerarquías del partido y del Gobierno.

Zhao Ziyang abordó este último asunto con crudeza ante sus colegas y argumentó que escribiría al gobierno central pidiendo que se investigara incluso las actividades de sus hijos y de los hijos de la jerarquía. “Si hay algún corrupto debe caer sobre él todo el peso de la ley. Y esto también me afecta a mí personalmente… Tenemos que pedir a los miembros del Comité Permanente que empiecen a desprenderse de los privilegios, que debemos dejar solo para los camaradas mayores Xiaoping, Xiannian y Chen Yun”. Zhao estaba tensando demasiado la cuerda. ¿A quienes se refería?

En los años ochenta y noventa, un grupo de antiguos miembros del Partido Comunista de China gozaban de un enorme poder y prestigio. Se les conocía como los Ocho Inmortales. No llegaron a tanto pues hoy todos han desparecido físicamente, pero sí eran intocables. Los tres arriba mencionados y otros cinco que ya dirán lo suyo sobre las manifestaciones, formaban parte de ese exclusivo club de ancianos cuyo nombre hacía alusión a ocho deidades taoístas.

El presidente Yang Shangkhung, miembro destacado de aquella poderosa peña de abuelos, prometió ocuparse ante Deng Xiaoping del asunto del editorial, que se había convertido en una cuestión de honor para los estudiantes. “Puede que me escuche y puede que no. Usted ya sabe cómo es. En todo caso, lo voy a intentar”, dijo al final de aquella conversación con sus colegas.

Deng Xiaoping formaba parte de los Ocho Inmortales como primus inter pares, era el de mayor importancia en aquel círculo de poder y aunque para entonces hubiese renunciado a todos los cargos del partido y del gobierno, conservaba la presidencia de la poderosa Comisión Militar Central. Su autoridad moral y la vinculación desde siempre con el Ejército explican su poder de decisión en aquellas horas cruciales de China.

En las calles y en Tiananmen siguieron lo que se llamó unos días de “marea baja”. Manifestaciones más tranquilas y reuniones estudiantiles en los campus para pensar y planificar. La huelga continuaba solo en Beida y en la Normal de Pekín. Y un funcionario del gobierno se acercó al líder estudiantil Shen Tong invitándolo a dialogar en secreto.

El miércoles 10 de mayo más de 10.000 estudiantes y simpatizantes de los universitarios recorrieron las calles de Pekín montados sobre sus bicicletas o los clásicos vehículos de plataforma que movidos a pedal transportaban toda clase de objetos por la ciudad. Su finalidad era concluir la marcha en cada uno de los principales medios de comunicación de la capital china. Allí entregaron copia de las peticiones al Gobierno y muchos de los manifestantes llevaban pañuelos verdes con los lemas que pedían libertad de prensa.

Uno de aquellas manifestantes, una estudiante de la Escuela de Bellas Artes de Pekín llamada Gao Difei, me ayudó a comprender cuán diferente era la masa estudiantil china de lo que podía ser en los demás países comunistas. Ya entonces, China era un importante proveedor de extranjeros que estudiaban en Norteamérica. De hecho, su novio, según me contó, estudiaba en Canadá. Nada que ver con la política de los demás países comunistas de entonces. Entre paréntesis, hoy mismo, por octavo año consecutivo, China es el principal proveedor de extranjeros que estudian en Estados Unidos, con un 32,5 por ciento del total de alumnos internacionales en ese país.

El jueves 11 de mayo, Wang Dan y otros seis líderes se dirigieron a los estudiantes, después de complicadas negociaciones entre ellos, para anunciarles que el día 15, cuando llegara el líder soviético Mijail Gorbachov, estarían en huelga de hambre en la plaza. A aquel mitin asistimos unos treinta periodistas de los más de cuatrocientos de todo el mundo que ya nos encontrábamos en Pekín.

La huelga de hambre fue uno de los momentos cruciales de la protesta y uno de los mayores desafíos de los estudiantes al Gobierno. Hubo muchas tensiones entre los líderes estudiantiles. Al principio, los dirigentes de la Unión de Estudiantes Independientes no la apoyaba pero Wang Dan y Ma Shaofang, un estudiante de cinematografía, persuadieron a los demás para seguir adelante con la iniciativa.

Chai Ling pronunció un discurso que se convirtió en el manifiesto de los huelguistas. Más tarde se volvió en una especie de testamento que fue impreso y distribuido por todas partes. Su voz se oyó aquel día a través de los altavoces de la universidad Beida. Fue un discurso encendido, de tintes patrióticos muy propio de los chinos. Hablaba de China como su madre tierra y decía que estaban dispuestos a morir.

“Nuestras palabras de buena fe no fueron escuchadas. Fuimos golpeados por la policía mientras marchábamos, aunque lo nuestro era solo hambre por conocer la verdad. Nuestros representantes se arrodillaron durante horas para presentar nuestra petición, siendo finalmente ignorados por el Gobierno. Nuestra solicitud de diálogo ha sido aplazada una y otra vez. La seguridad de nuestros líderes es ahora incierta. ¿Qué podemos hacer?”, se preguntaba la joven dirigente.

Cuando el sábado 13 de mayo llegaron a la enorme explanada en el centro de Pekín la plaza estaba llena. Cada universidad tenía sus representantes, se instalaron en el lado norte del Monumento a los Héroes y se sentaron en la posición de oración de los monjes. Un corro de estudiantes rodeaba a los huelguistas mientras la multitud se agolpaba curiosa a su alrededor, cosa que enojó aun más a las autoridades. A manera de ceremonia de iniciación de la huelga, los estudiantes prometieron a Wuer Kaixi que refutarían cualquier alimento mientras las autoridades no aceptaran hablar en igualdad de condiciones.

Al día siguiente, domingo, la capital de China lucía una luminosa mañana de primavera. El sol brillaba en un cielo azul, aunque una inquietante palabra flotaba en el ambiente: huelga. Cerca de 300.000 curiosos llegaron a la plaza de Tiananmen desde todas las direcciones de la ciudad. Familias enteras se acercaron al lugar con sus hijos, montados los niños más pequeños sobre los hombros de sus padres. Jóvenes enamorados paseaban cogidos del brazo, y los ancianos miraban el espectáculo entre perplejos e incrédulos.

La plaza había adquirido vida propia y la aparente ausencia gubernamental confería al lugar un aire irreal. Los estudiantes habían levantado una isla de libertad en el corazón nublado del Partido Comunista Chino. Todos sospechaban que agentes camuflados merodeaban por el lugar pero víctimas de la fascinación que producía el espectáculo olvidaron todo tipo de precauciones.

Mi relación con el cámara llegado de Madrid a cubrir todo aquello se había deteriorado por la diferencia de criterios y quizá por el desgaste que suponía la espera de un acontecimiento —la visita del líder soviético— que había pasado a un segundo plano ante aquella avalancha de acontecimientos.

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