Crónica del Imperio del Centro (17)

14 de junio del 2019

Opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (17)

El lunes 15 de mayo de 1989 estaba destinado a ser un día histórico, el de la reconciliación entre China y la Unión Soviética después de años de desencuentros y confrontación ideológica entre los dos países. A tal efecto se había programado una solemne ceremonia en la plaza de Tiananmen para agasajar al líder soviético Miajil Gorbachov, que debería depositar una ofrenda floral al pie del Monumento a los Héroes y ser recibido por una guardia de honor y veintiún cañonazos en el escenario de las grandes ceremonias en China. Nada de esto fue posible. La plaza continuaba tomada por los estudiantes.

La visita de Gorbachov ala Ciudad Prohibida que hace frente a la plaza, también debió de ser suspendida. Pekín vivía la más grande manifestación que había visto la ciudad en muchos años. La huelga de hambre de los estudiantes había entrado en su quinto día y algunos, en estado crítico, debieron ser trasladados a un hospital. La ceremonia de bienvenida al líder soviético y su esposa hubo de ser en el aeropuerto por la ocupación de la plaza.

El estrecharse las manos de Deng Xiaoping y Mijail Gorbachov significó poner punto final a las hostilidades entre China y la Unión Soviética. Los dos líderes se reunieron durante dos horas y media y, posteriormente, Deng ofreció un banquete al presidente soviético. El contraste entre los dos hombres, en las imágenes que la televisión oficial china ofreció al mundo del encuentro, eran evidentes.

Un frágil líder chino de ochenta y cuatro años contrastaba con el vigoroso líder soviético de cincuenta y ocho. Deng Xiaoping en su discurso de bienvenida destacó que entre ambas naciones había un nuevo estado de ánimo y que tenía gran esperanza en los resultados de aquel encuentro. La reunión en la cumbre, primera entre los dos países desde 1959, fue descrita por ambas partes como el comienzo de la normalización de las relaciones.

La imposibilidad de llevar a Gorbachov a la plaza más emblemática de Pekín supuso un duro golpe para los dirigentes chinos, una “perdida de cara”, concepto desconocido en Occidente pero de gran importancia en Extremo Oriente y particularmente en China. Gorbachov procuró no referirse directamente a las manifestaciones estudiantiles y los líderes chinos, particularmente el presidente Yang Shangkun, hicieron todo tipo de esfuerzos para evitar que los manifestantes tuvieran algún contacto con el líder soviético.

Pero la forma como los manifestantes esperaban la visita de Gorbachov fue embarazosa para la cúpula del poder chino a causa del entusiasmo que despertaba el padre de la perestroika entre los estudiantes pequineses, que lo veían como el gran reformador. Así que una multitud a pie y en bicicleta aplaudió su paso hacia el Gran Salón del Pueblo.

Li Lu, Chai Ling, Wang Dan y otros líderes dijeron a la prensa que estaban dispuestos a continuar con la huelga a pesar del hambre y del frío de las noches. Los huelguistas se multiplicaron por cientos. Más de dos centenares se reportaban como desmayados y después de haber sido atendidos en hospitales, volvieron a la huelga.Hicieron hincapié en que si sus demandas no eran satisfechas llegarían hasta la muerte.

Se oía por todas partes el ulular constante de las sirenas llevando huelguistas para atender en algún centro médico u hospital y, aunque el ambiente era caótico, había un gran espíritu de solidaridad y camaradería. Las calles se llenaron con representantes de todos los ámbitos de la vida del país.

La cobertura internacional de la visita de Gorbachov multiplicó la repercusión de los disturbios y los líderes políticos se sintieron más presionados para encontrar una solución. En los pasillos de poder de China el politburó, dividido y abrumado, estaba llegando a la conclusión de que la Ley Marcial era un paso necesario para anular las protestas.

El jueves 18, Gorbachov abandonó Pekín y con su salida parecía desaparecer la única protección que tenían los estudiantes en la ciudad. A mediodía, el cielo se oscureció y un torrencial aguacero cayó sobre la ciudad creando una atmósfera de enrarecimiento y tristeza. La fuerte lluvia convirtió la zona en frente de la Puerta de Tiananmen en un pantano anegado por la basura, y las calles del centro de la ciudad en ríos de gente que desafiaba la inclemencia del tiempo y la ira del gobierno.

El viernes 19 de mayo a las cuatro de la madrugada, Zhao Ziyang, que durante tantos años había seguido fielmente la disciplina del Partido, decidió romperla en la que sería su última aparición en público antes de ser puesto bajo arresto domiciliario. A esa hora llegó a la plaza para hablar a los estudiantes, con un altavoz en la mano. Lo hizo sin permiso ni de Deng ni del Buró Político. Parecía tan cansado que cuando finalmente llegó, daba la impresión de que no sabía qué hacer realmente.

“Solo quiero decirles que hemos llegado muy tarde”, lo dijo entre lágrimas. “Pero por fin has llegado”, dijo un estudiante. “Lo siento queridos estudiantes, yo no vine a pedirles excusas. Solo quiero decirles que puesto que su huelga de hambre ha entrado en el séptimo día y que por tanto hay estudiantes muy debilitados físicamente, esta situación no debe continuar”. Fue su intervención, la última que hacía en público.

Lo que nadie sabía en las calles es que aquel día el Partido Comunista había tomado la determinación de acudir al ejército popular para aplastar la protesta. Aquel viernes de mayo por la noche, Li Peng declaró la ley marcial en Pekín a partir del día siguiente. Yang Shangkun anunció la movilización de las tropas y miles de soldados fueron movilizados hacia Pekín.

El domingo quedó claro que la mayoría de los soldados enviados a Pekín no había podido entrar al corazón de la capital y la noticia produjo una gran alegría entre los estudiantes en la plaza. Al iniciar el día, cientos de miles de personas se volcaron con aire festivo a las calles felicitándose de lo que creían su triunfo. Pero en el cuartel general de los estudiantes, el ambiente era otro. La situación era crítica.

Los informes sobre la imposibilidad para los soldados de entrar a la capital enfurecieron a Li Peng, Yang Shangkun y a los ancianos pertenecientes al grupo de Los Inmortales. Para demostrar que tenían el poder, ordenaron al Ejército presentarse en la plaza antes de la 1:00 de la madrugada. En el cielo de Pekín aparecieron helicópteros volando en círculos sobre el centro de la ciudad al tiempo que se prohibió el sobrevuelo de aviones comerciales. Se cerró el metro y sus vagones fueron empleados para transportar las tropas. Más de 3.500 soldados estaban listos para entrar a la plaza aquella noche.

El sábado 20 de mayo fue una jornada de calor y bochorno en Pekín. Se había decretado la Ley Marcial y toda forma de protesta en la ciudad quedó prohibida. A los periodistas se nos prohibió la entrada a las zonas restringidas por aquella ley y a las fuerzas armadas se les autorizó a manejar la situación así fuera “haciendo uso de la fuerza”. La declaración hecha por los altavoces de la plaza fue recibida con una gran bronca y en medio de silbidos y abucheos por parte de los estudiantes. “¡Abajo el gobierno!”, “¡Abajo Li Peng!”, eran los gritos que se oían.

El domingo 21 Los estudiantes levantaban los puños y agitaban banderas mientras cinco helicópteros militares sobrevolaron Pekín al amanecer. El número de personas en la plaza aumentó a unos 300.000 en este día. Se supo que ese día los ciudadanos ordinarios de Pekín rogaron a los oficiales del Ejército que evitaran el uso de la fuerza. Por otra parte, impidieron que las tropas ya dispuestas, llegaran a la plaza.

El martes 23 de mayo el Ministerio de Seguridad del Estado informó sobre la situación en la plaza, indicando que había cerca de diez mil estudiantes procedentes de universidades de fuera de Pekín sentados en la gran explanada. Los estudiantes cantaban, bailaban, dormían en sus tiendas o charlaban en grupos. Por los altavoces anunciaron que se mantendrían en Tiananmen y recomendaban hacer limpieza de la plaza y procurar la higiene del lugar cuyo hedor y suciedad eran insoportables.

Tal era la situación en la plaza cuando tres hombres atacaron el retrato de Mao Tsetung que preside el lugar a la entrada de la Ciudad Prohibida.  Tres manifestantes provenientes de Hunan lanzaron bolsas llenas de pintura sobre el retrato de Mao en la Puerta de Tiananmen, que fue rápidamente cubierto para que no se viera el daño. Los estudiantes alarmados pensaron que era una provocación del Gobierno, detuvieron a los tres responsables del acto, los entregaron a las autoridades y exhibieron una pancarta negando la responsabilidad.

Llegó el miércoles 24 de mayo y cerca de 100.000 estudiantes oyeron otra de las proclamas de Chai Ling comprometiéndose proteger la plaza de Tiananmen, la capital y la república. “Venceremos todas las dificultades y lucharemos hasta el final”.

Al día siguiente, jueves, los estudiantes acudieron a dar la bienvenida a Wan Li, presidente del Comité Permanente de la Asamblea Nacional Popular, antiguo vice primer ministro, a quien pidieron que intercediera para hacer que Li Peng renunciase al cargo. El movimiento parecía decaer cuando el sábado 27  algunos estaban dispuestos a abandonar la plaza.

Se decidió que antes de hacer una retirada estratégica de vuelta a los campus universitarios para buscar “nuevas formas” de lucha, era necesario salvar la cara con un gran mitin el 30 de mayo. Tan pronto como la noticia llegó a la plaza, los estudiantes de fuera de Pekín lo rechazaron y dijeron que el plan era una entrega del movimiento estudiantil. Se veían escenas conmovedoras de gente del común pidiéndole a los soldados que no reprimieran a los estudiantes.

Uno de los líderes, Li Lu, se opuso a una retirada asegurando que una vez que lo hubieran hecho serían detenidos. Les dijo que él  tenía 23 años, se preguntó cuántos tendría que pasar en la cárcel y aseguró que los líderes estudiantiles como él podrían ser condenados a penas de entre quince y veinte años. Tendrían más de 40 años cuando saliesen de la cárcel.

Ese mismo día fuimos a la Academia de Bellas Artes de Pekín acompañados por Gao Difei, la estudiante que había conocido días atrás, y nos encontramos con una iniciativa que marcaría uno de los hitos del movimiento estudiantil. En el patio de la Academia, situado enel hutong Xiaowei, muy cerca de la Ciudad Prohibida,donde se impartían clases de diseño, caligrafía y pintura, los estudiantes estaban construyendo una gran estatua a la que llamarían Diosa de la Democracia.

Era una efigie de diez metros de alturahecha con poliestireno y papel cuché y recubierta de yeso. Se especuló con que aquello era una replica de la Estatua de la Libertad y por tanto que se tratase de una provocación al Gobierno. La verdad es que aunque la escultura tenía un vago aire al famoso monumento que se encuentra frente a Nueva York, la obra se inspiraba en una figura del realismo socialista cuyo modelo de un metro aproximado tenían allí mismo.

El lunes, 29 de mayo, cuando se cumplían diez días de la entrada en vigor de la Ley Marcial, los estudiantes dieron un nuevo aliento a la protesta con la instalación al norte de la explanada, frente al retrato de Mao, de su Diosa de la Democracia. A las 10:30 de la noche, en un ambiente festivo pero ordenado, comenzaron a ensamblar las tres piezas que componían el monumento y que habían sido transportadas en una especie de procesión hasta el lugar sobre la plataforma de vehículos a pedal.

La mañana del día 30 de mayo la blanca efigie de la Diosa de la Democracia, con un sol primaveral inundando de luz naranja la plaza de Tiananmen, se levantaba orgullosa frente a la Ciudad Prohibida. Fue el último desafío estudiantil al poder de Pekín. El acto siguiente fue la tragedia.

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