Crónica del Imperio del Centro (18)

28 de junio del 2019

Blog de opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (18)

El pasado 4 de junio, se cumplieron treinta años de lo que todo mundo llama la “matanza de Tiananmen”. Durante seis meses he venido desgranando en este blog algunos episodios políticos de China contemporánea, y experiencias personales relacionadas con aquel país y con las combinaciones del azar que me llevaron hasta allí. La intención ha sido dejar algo de contexto sobre un acontecimiento del que me tocó la suerte, y al mismo tiempo la amargura, de haber vivido en el lugar de los hechos.

Con la ayuda de imágenes originales, tomadas del material que grabamos con el equipo de Televisión Española, TVE, la jornada del 3 de junio de 1989 y la madrugada y mañana del domingo 4, contaré lo que pasó. No es la primera vez que lo hago, por supuesto, pero sí la primera que tengo la oportunidad de hacerlo con el auxilio de unas imágenes que, durante años, se archivaron en medio del desorden y la confusión, y cuya digitalización se logró hace relativamente poco.

En Tiananmen no hubo tal matanza. Por supuesto que hubo muertos aquellas jornadas en Pekín, y el hecho de que la tragedia ocurriera fuera de la plaza no resta gravedad al asunto; pero el haber sido testigo de un episodio del que mucha gente tiene una idea equivocada me permite constatar que la Historia nunca ha sido lo que pasa, sino lo que se escribe. O, para hablar con propiedad en el mundo en que vivimos, la Historia hoy parece ser solo lo que sale en televisión. Y lo que pasó en esa plaza nunca ha salido en televisión como ocurrió. También explicaré por qué.

La instalación en la plaza de la Diosa de la Democracia el 29 de mayo, fue el último hecho destacable en el pulso que durante cinco semanas mantuvieron los estudiantes que ocupaban Tiananmen con el Gobierno de Pekín. La Ley Marcial estaba vigente y, aunque dicha ley prohibía las concentraciones masivas, la tarde del sábado 3 de junio la plaza estaba a rebosar. Este era el aspecto que tenía pasadas las cuatro de la tarde de aquella jornada.

Antes de seguir adelante, para que se entienda mejor un episodio personal vivido aquella noche, del que hablaré en otra crónica, me voy a detener en uno de los conjuntos escultóricos que hay allí flanqueando el mausoleo de Mao Tsetung. Son unas figuras labradas en piedra de obreros y campesinos en actitud de marcha, muy del gusto del realismo socialista. Las efigies, como todo en la plaza, habían sido tomadas por los estudiantes. Subirse a su pedestal y dejar algo allí era cosa fácil, como permite ver esta foto de Sudayuki Mikami. Yo lo hice poco antes de las cinco de la madrugada del día siguiente.

Era un hecho que el ejército había entrado en la ciudad y avanzaba hacia el centro de Pekín, y que la gente del común trataba de oponerse a ese avance. Reinaba la confusión en toda la ciudad. Yo estaba en la plaza con el cámara José Luis Márquez y su ayudante, Fermín Rodríguez, y a media tarde, un chico se presentó con una leve herida en la cabeza y con el casco de un soldado en la mano, cosa que enardeció a la multitud.

Y mientras unos estudiantes examinaban sus “trofeos de guerra” –las pertenencias despojadas a la tropa–, unos soldados muy jóvenes y aparentemente inexpertos que habían sido retenidos por la gente, fueron obligados a quitarse el uniforme. Vimos a uno de ellos que, cubierto con una improvisada bata, salió de allí con aquella indumentaria no se sabía muy bien adónde. Eran las escenas de una espera tensa con un final imprevisible.

Cuando comenzó a oscurecer, a eso de las seis de la tarde, emprendimos camino de nuestro hotel, el Sheraton Great Wall, que quedaba al oriente de Tiananmen, a unos siete kilómetros del centro de la ciudad. En el cielo aparecieron helicópteros militares que sobrevolaban la zona céntrica de la capital lanzando octavillas en las que se invitaba a la gente a retirarse a sus casas. Y en el camino, con las primeras luces de la ciudad que comenzaban a encenderse, encontramos un convoy militar entre la gente que insistía en rodear a los militares y tratar de impedirles el ingreso a la plaza.

Una vez en el hotel, subí a mi habitación a redactar una crónica que debía leer por teléfono, y la noticia que nos llegaba de Tiananmen era que los manifestantes se habían reducido ante los rumores de intervención militar. Los líderes estudiantiles que quedaron y el puñado de jóvenes que los acompañaban, decidieron oponer resistencia y cumplir el juramento de defender la causa por la que llevaban luchando más de un mes.

El ejército había llegado a los alrededores de Tianamen y bloqueaba los ingresos a la plaza. Según una radio que pude sintonizar, sobre las nueve y media de la noche toda la prensa había sido desalojada. Parece que el último medio en salir por orden del gobierno fue CBS Radio. Trasmitían en vivo a esa hora desde una situación privilegiada, en el Monumento a los Héroes, pero fueron detenidos y encerrados en unas dependencias del Gran Salón del Pueblo durante veinte horas.  En la plaza entonces solo quedaron unos dos o tres mil estudiantes apiñados al pie del Monumento.

Y mientras mis compañeros visionaban en su habitación las imágenes de la jornada, yo trasmitía la crónica a Madrid.

Estaba considerando la precariedad de medios con la que me encontraba por haber regresado a Madrid con el material de edición el equipo que había ido a cubrir la visita de Gorbachov, cuando sonó el teléfono de mi habitación. Era Alicia Relinque, mi traductora. Hablaba con voz agitada. “Están disparando por la zona de las embajadas, los tanques han matado a varios manifestantes y aplastado las bicicletas de la gente que cayó al suelo”, me dijo entre otras cosas. Su información era lo suficientemente dramática para obligarme a salir de nuevo a la calle.

Eran algo más de las diez de la noche cuando, junto a mis dos compañeros, bajé al lobby del hotel en busca de transporte. La precariedad sobre la que reflexionaba poco tiempo antes, incluía aquella carencia tan elemental.

El Great Wall era uno de los mejores hoteles de la ciudad por aquella época y la visita de Mijail Gorbachov a China lo había convertido en uno de los lugares más agitados y cosmopolitas de Pekín. Estaba lleno de periodistas de diversos medios de todo el mundo. La naciente CNN, por ejemplo, lo había tomado como su base. Una música de piano inundaba el hall del hotel cada noche creando un ambiente distendido y amable. Aquella noche era otra cosa, con la iluminación a media luz y en total silencio, su insólito aspecto fantasmal no presagiaba nada bueno.

Pero el azar, que cuenta a veces tanto en esta profesión como el conocimiento y la curiosidad, hizo que a las puertas del hotel encontrásemos un solitario taxista que en la penumbra parecía estar esperando por nosotros; sus colegas habían abandonado el lugar hacía rato. Le expliqué como buenamente pude porque el hombre solo hablaba chino, que intentábamos ir hacia Tiananmen. Aceptó la propuesta. Sin lugar a dudas aquella fue la carrera más disparatada de su vida. Nos dirigimos a la plaza evitando Changan, la gran arteria que atraviesa Pekín de oriente a occidente y cruza Tiananmen frente a la Ciudad Prohibida, pues la sabíamos bloqueada por la tropa. Así que tomamos rumbo al suroeste.

Circulábamos por el Segundo Anillo, una de las avenidas circunvalares del centro de Pekín buscando Qianmen, una arteria que desemboca al sur de la plaza, cuando en una de las intersecciones encontramos este panorama: bicicletas aplastadas como dóciles alambres retorcidos al paso de los tanques; algún camión militar rodeado por la multitud, en cuyo interior un grupo de soldados aguardaban pacientes no se sabía a qué. Fogatas con llantas encendidas, oscuridad y confusión. Un hombre me tomó de la mano y me condujo hasta  el lugar en donde un joven yacía en el suelo destrozado, con la masa encefálica esparcida sobre el pavimento; una dura imagen que luego dio la vuelta al mundo como si hubiese ocurrido en el interior de la plaza. Cerca de  allí, hice la primera presentación en cámara. Estos quince fotogramas ilustran ese momento del recorrido.

La mayor parte de las víctimas mortales de aquella noche fallecieron fuera de la plaza, al oriente de Tiananmen. Eran, yo diría, gente del pueblo que se manifestaba o intentaba ingresar a la gran explanada que ocuparon los estudiantes aquellas semanas de primavera. Murieron en los cruces de las grandes avenidas que eran el camino natural de los tanques y carros armados rumbo a la entrada de Tiananmen.

José Luis Márquez, que iba en asiento delantero junto al conductor, grababa a manera de travelingnuestro recorrido y al entrar en el hutong Qianmen, se sintió obligado a decir que aquello era muy bonito. ¿Por qué? Era diferente. El contraste con lo que acabábamos de dejar en las amplias avenidas del centro era grande. Los hutongso barrios antiguos de la capital china, tenían un gran encanto, aunque las condiciones de vida de sus habitantes no eran las más envidiables. Hoy han desaparecido casi por completo dando paso a modernas edificaciones impersonales.

Qianmen concretamente era uno de los más característicos. Esa noche estaba casi a oscuras, por las ventanas iluminadas de sus casas bajas construidas en tiempos de la dinastía Ming, nunca más altas que el trono del emperador, con patios de vecinos y muros centenarios, veíamos a unos parroquianos tranquilos, charlando, fumando o tomando el fresco en una noche más propia del verano que de aquella agonizante primavera. Algunos oían la radio y luego supe que lo que oían era una perorata del primer ministro Li Peng sobre los problemas del medioambiente. A pocas calles de allí se vivía una tragedia que conmovería al mundo y en las calles estrechas y recoletas de Qianmen todo parecía bucólico y pueblerino.

De repente, casi sin que nos diéramos cuenta, desembocamos a un costado de la inmensa mole de Zhengyangmen o la Puerta Delantera, llamada también Puerta de Qianmen, una construcción de 1421 que era una torre de vigilancia que custodiaba el sur de Tiananmen, la entrada a la ciudad imperial. Estábamos en la esquina suroriental de la plaza, el único de los cuatro ingresos a la inmensa explanada en donde permanecían los estudiantes que no estaba vigilado por el ejército. Nada nos impedía entrar en Tiananmen, y era poco más de la medianoche.

Los siguientes fotogramas en el orden estricto en el que fueron grabados, dan testimonio de nuestra entrada en la plaza. Algunos estudiantes pasean a pie o en bicicleta por el costado oriental de Tiananmen. Al fondo se ve el monolito del Monumento a los Héroes.

Nada más bajarnos, entró en la plaza, por la misma esquina por donde habíamos entrado nosotros, un pequeño camión con cuatro heridos extendidos sobre su plataforma, alguno de ellos inconsciente o muerto. Aquellos heridos, y quizá algún muerto, venían del exterior de la plaza y llegaban a un puesto de la Cruz Roja instalado frente al Museo Nacional, en el flanco oriental de Tiananmen.

Pasados unos minutos, un ciclista con otro herido encima de la plataforma de su triciclo, siguió la misma ruta.

Nos dirigimos hacia el Monumento a los Héroes, y vimos al grueso de los estudiantes apiñados en la base del monumento. Se percibía la tensión pero estaban en calma, algunos incluso paseaban despreocupadamente por los alrededores.

Nos acercamos entonces al lugar en donde se encontraba el mayor número de estudiantes, muchos estaban sentados en el suelo, mirando hacia el sur. Daban la espalda a la sede del poder: dentro de la Ciudad Prohibida está Zhongnanhai, la sede del gobierno. El sur, además, en la cosmología china es luz, vida; el norte, oscuridad, el lugar por donde entraron los invasores en la antigüedad. Miraban, además, hacia el Templo del Cielo que está en esa especie de “eje sagrado” de la plaza cargado de simbología para los chinos y digno de respeto. Además, tenían en frente el Mausoleo de Mao Tsetung que no por casualidad, se encuentra en ese emplazamiento. Estas consideraciones, ajenas a la mentalidad occidental, es bueno tenerlas en cuenta a la hora de valorar las órdenes del Gobierno aquella noche.

Nada más vernos –éramos el único equipo de televisión extranjera en el lugar– empezaron a entonar La Internacional, una composición musical que se considera el himno de todos los trabajadores del mundo. Un estudiante, ondeando una gran bandera de China izada en un asta de bambú, comenzó a agitarla frente a nosotros y aquel –lo debo confesar– fue uno de los momentos más emotivos de esa noche.

Estábamos en esas, cuando un revuelo por los lados del Gran Palacio del Pueblo llamó nuestra atención. Había entrado un tanque; estaba marcado con el número 346, como quedó en nuestras imágenes, y un numeroso grupo de estudiantes corrió a hacerle frente. Serían las dos de la mañana y quedaban todavía horas para el desenlace de todo aquello.

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