Crónica del Imperio del Centro (19)

15 de julio del 2019

Opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (19)

Un carro de combate había entrado a la plaza de Tiananmen hacia las dos de la madrugada del 4 de junio, y un numeroso grupo de estudiantes salió a hacerle frente. Entró por la avenida Changan, quizá desde las cercanías de Zhongnanhai, sede del partido y del Gobierno. Le tiraron piedras, palos, botellas, todo lo que encontraban contundente; mientras el tanquista manejaba el aparato como un animal despistado, dando giros sobre si mismo, avanzando y retrocediendo. De repente dio media vuelta y volvió por donde había venido, como se ve en la siguiente secuencia.

La suerte desafortunada que tuvo el material grabado en aquellas horas y lo aislado y solitario del episodio, impidieron darlo a conocer como era debido. Unos jóvenes haciendo frente a aquella máquina letal con un armamento tan inútil y absurdo. Para mí, aquello tenía casi tanto valor como ese otro gesto cuyas imágenes le dieron la vuelta al mundo, el del hombre solitario que se planta en la avenida Changan el 5 de junio frente a una columna de blindados, y que fue el símbolo icónico de la revuelta popular en Pekín en la primavera del 89.

Después del incidente con el tanque, volvimos adonde estaban los estudiantes. Al vernos, y al ver que encendíamos las luces de la cámara, empezaron a cantar de nuevo La Internacional.

Fue una torpeza y un riesgo inútil por nuestra parte encender las luces en aquel momento; pero no tuvo consecuencias, no vino nadie a sacarnos o a detenernos, algo que podía perfectamente haber ocurrido. Las notas marciales de la más popular canción obrera, la semioscuridad que envolvía el ambiente, el edificio del Gran Palacio del Pueblo emergiendo de entre las sombras con el escudo de China iluminado en su frontispicio, la aparente fragilidad de aquel chico con gafas de miope enarbolando la bandera china en la penumbra, conferían a la atmósfera visos de irrealidad.

Transcurrían las horas y nada presagiaba un cambio de la situación. Pasadas las dos de la mañana, el grupo compacto de estudiantes junto al Monumento a los Héroes continuaba en la misma actitud, pero en los alrededores muchos paseaban tranquilamente, a pie o en bicicleta. Hasta había enamorados que aprovechaban las zonas de mayor oscuridad para estar a solas, como puede verse en estos doce fotogramas.

En los altavoces se alternaban himnos patrióticos con las consignas gubernamentales y las llamadas a desalojar la plaza. Fuera de Tiananmen se oían esporádicas ráfagas de disparos o explosiones; y algunas fogatas, dentro y fuera de la gran explanada, iluminaban el cielo de manera intermitente. Hacia las tres de la mañana subimos a la terraza superior del Monumento a la Héroes y esta era la visión que teníamos de los estudiantes apiñados a los pies del monumento.

Los dirigentes estudiantiles, entre tanto, estaban considerando la retirada de la plaza. Hou Dejian, un cantante taiwanés de treinta y seis años que había acompañado a los estudiantes durante todos los días de las marchas y protestas, se había dirigido a la tienda de la “comandante” Chai Lin y había pedido que todos entregasen las armas que tuvieran en su poder, aquellas que habían quitado a los soldados que prefirieron no enfrentar a los estudiantes, como rifles o fusiles, y otros objetos del tipo barras de metal o porras de madera.

Algunos las entregaron de mala gana e hicieron un montón encima de la terraza, en donde se encontraban cuatro huelguistas de hambre; dos de ellos –Liu Xiaobo, un ensayista muy carismático y extravagante, y Zhou Duo, profesor de Economía de la Universidad de Pekín–, eran intelectuales muy conocidos y respetados de su tiempo. Los otros dos eran Gao Xin y el propio Hou Dejian.

Al ver nuestra cámara, tres hombres tomaron un rifle y comenzaron a golpearlo con fuerza contra la balaustrada de mármol tratando de romperlo, pero su esfuerzo fue inútil. Alguno tenía en su mano el casco de un soldado, otro vestía una chaqueta militar. Yo hice una nueva presentación en cámara y cuando uno de los estudiantes que estaba por allí me oyó hablar en español, se dirigió a nosotros hablando correctamente nuestro idioma. Nos dijo que ya sabían de la situación fuera de la plaza y de los muertos y heridos que había en la ciudad.

Poco antes de las cuatro de la mañana, decidimos hacer las tomas más arriesgadas hasta ese momento. Ir adonde se encontraban las tropas que minutos más tarde comenzarían a sacar a los estudiantes de la plaza. Nos dirigimos, por el medio de la gran explanada hasta llegar a la avenida Changan. Unas vallas metálicas que rodeaban la plaza, impedían cruzar la amplia avenida, la más importante de la capital china.

Al otro lado estaba la Ciudad Prohibida, la Puerta de Tiananmen, presidida por el retrato de Mao Tsetung; y bajo la imagen del Gran Timonel, reposaba la tropa. Estaban relajados, sentados en el suelo la gran mayoría; había camiones militares y tanques de combate. Por entre los soldados paseaban cuatro figuras de personal sanitario, en bata blanca. Uno iba delante con una bandera de la Cruz Roja; es decir, en la plaza había por lo menos dos puntos de atención a los heridos: el que estaba frente al Museo Nacional y aquel que ahora veíamos junto a la Puerta de Tiananmen.

Un operador de cámara con las luces encendidas evolucionaba haciendo tomas entre la tropa. Los soldados parecían tranquilos, algunos tenían en su mano un fusil y otros un palo, una porra de madera. Márquez se plantó delante de ellos, del otro lado de la avenida, y comenzó a grabar. Quizá nos vieron, no lo supimos; allí estábamos los tres, Fermín, Márquez y yo frente a ellos.

En todo caso, no hubo ninguna reacción por su parte. A lo mejor tuvimos suerte de que no nos viese ningún oficial al mando y solo se hubiera percatado de nuestra presencia personal de tropa, sin ánimos ni iniciativa para reaccionar ante aquello que estaba prohibidísimo: un equipo de televisión extranjera haciendo aquellas tomas con tanto descaro. Son unos cuantos minutos de grabación, pero me atrevo a calificar como un documento único. Nadie hizo nada parecido aquella noche. Bueno, nadie que no fuera aquel cámara seguramente de la televisión oficial que se movía entre la tropa, y cuyas imágenes nunca hemos visto.

En el recorrido de regreso al Monumento a los Héroes vimos la plaza envuelta en el humo que producían algunas pequeñas fogatas encendidas o a medio apagar. Y vimos varias tiendas de campaña de los estudiantes que aún quedaban en pie. En una de ellas un chico dormía plácidamente, ajeno a todo cuanto ocurría a su alrededor.

Fuera de la plaza seguían oyéndose esporádicos disparos y explosiones lejanas de vez en cuando, mientras los altavoces continuaban repitiendo consignas. Una vez visionado el material conocí la traducción de lo que decían: “No podemos garantizar la seguridad a quienes se nieguen a oír estas advertencias. Serán responsables de las consecuencias”. Comenzó entonces un movimiento de tropas desde la Puerta de Tiananmen y desde el frente del gran Palacio del Pueblo. Vimos salir a cientos, a miles de soldados.

A las cuatro de la mañana, las pocas luces del lugar se apagaron y la inmensa explanada quedó a oscuras.

Nuestro conductor, presa de pánico, vino hacia nosotros repitiendo una de las pocas palabras que sabía en inglés: “¡Soldiers, soldiers, soldiers!”, al tiempo que con su mano derecha trazaba un círculo en el aire. Sí, ya lo estábamos viendo; y rodeaban además la plaza bloqueando tres de sus accesos, excepto el suroriental por donde habíamos entrado nosotros. Pero lo que interpretamos de su gesto desesperado era que quería marcharse de allí inmediatamente.

Pues bien, cuando se apagaron las luces por completo y comenzó el movimiento de tropas en la oscuridad, decidimos sacar el taxi de la plaza. Acordamos que yo lo llevaría hasta un lugar resguardado en una de las callejuelas solitarias del vecino hutong Qianmen, pues debíamos asegurarnos un medio de regreso al hotel. Decidido esto, quedamos de encontrarnos antes de una hora, en uno de los grupos escultóricos que flanquean al Mausoleo de Mao Tsetung, cuya fotografía he enseñado en la crónica anterior.

Márquez y Fermín quedaron en la plaza y yo me fui, efectivamente, con nuestro conductor para dejarlo a unas manzanas de allí. Llegamos a una estrecha callejuela del cercano hutongen donde, como ya he dicho, la situación era de una tranquilidad sorprendente, como si en la ciudad y en la plaza cercana no estuviera pasando nada. Cumplido esto, volví caminando a Tiananmen hacia las cuatro y media de la madrugada por la esquina suroriental, que continuaba expedita.

Hubo en ese episodio de mi regreso a Tiananmen, desde de un punto de vista muy íntimo y personal, un momento perturbador. Fue la sensación de soledad que experimenté; de intuir a lo lejos, al otro lado de la puerta de Qianmen, la masa de soldados que bloqueaba la entrada suroccidental. Muchas veces he pensado que más de uno tuvo que ver la figura solitaria de un hombre entrando en la plaza en aquella penumbra y nadie lo impidió, uno de tantos episodios desconcertantes de aquellas horas.

Aunque la siguiente secuencia no corresponde a ese momento y el fotograma original tampoco es como aparece aquí, lo primero que vi fue algo muy parecido a la siguiente imagen. Insisto, estoy recreando lo que recuerdo de aquel instante: un grupo compacto de soldados a lo lejos, sus cascos metálicos reluciendo en la oscuridad y la sensación de ser observado cometiendo una insensatez.

Tiananmen, es necesario recordarlo aquí, es la mayor plaza del mundo. Su trazado original, que se remonta a la primera mitad de nuestro siglo XV, fue modificado después del triunfo comunista en 1949, y la plaza recoleta de reducidas proporciones que servía de lugar de encuentro entre el emperador y sus súbditos, dio paso a una inmensa explanada de cuatrocientos cuarenta mil metros cuadrados. Cientos de casas fueron demolidas para levantar el ágora que ha llegado a reunir un millón de personas en las grandes manifestaciones del partido.

Al regresar, después de presentir el amontonamiento de soldados más allá de la puerta de Qianmen, vi a lo lejos la conmoción y turbulencia que borbotaba en las inmediaciones del Monumento a los Héroes del Pueblo, los estudiantes estaban siendo desalojados.

Fui hacia el flanco nororiental del mausoleo de Mao Tsetung, buscando las esculturas a cuyo pie había quedado con mis compañeros y al llegar allí, como era de esperarse, ya no estaban. Andarían por el Monumento a los Héroes donde estaba en ese momento el punto de interés.

Entonces, en un arranque mezcla de confusión por el desencuentro e ingenuidad irreflexiva, subí al pedestal del conjunto escultórico, cuya parte posterior es más baja que una persona de regular estatura. Quise dejar una prueba de mi llegada a la cita y, asegurándome de que nada la borraría, incrusté entre los pliegues de piedra de una de las figuras, un pequeño suvenir de plástico gris con el logo de Philippines Airlines que aun hoy debe de estar allí, y me fui hacia el obelisco en donde la atmósfera era electrizante.

Digo que fui ingenuo al dejar una prenda en esas esculturas como prueba de mi presencia durante el desalojo, porque en ese momento no calibré lo que sucedería en Tiananmen de ahí en adelante. El acceso a la plaza estuvo cerrado al público mucho tiempo y cuando fue reabierta, sus puntos emblemáticos como aquellas estatuas, aparecieron vallados para impedir el paso y evitar nuevas profanaciones. Este es el aspecto que presenta desde entonces el lugar de aquella cita imposible.

A los pies del obelisco en el Monumento a los Héroes del Pueblo todo era griterío y alboroto. Las luces de la plaza se habían encendido de nuevo y el movimiento de los soldados para despejar el lugar ahora quedaba claro: salieron por miles desde la Ciudad Prohibida, y por miles igualmente, desde el Gran Palacio del Pueblo. Y tras ellos las tanquetas.

Avanzaban apuntando con rifles de bayoneta calada, unos. Otros, con porras de madera en la mano. Se movían en forma de ele hacia la esquina suroriental, aquella que había permanecido despejada toda la noche. Evidentemente querían expulsar por allí a los estudiantes, pero al llegar al monumento, en donde estaba el grueso de aquéllos, encontraron la mayor resistencia.

Se movían en la penumbra con lentitud y firmeza. Detrás del terreno despejado por la tropa avanzaban los carros de combate. No había carreras, solo la determinación en la actitud de los soldados de despejar la plaza. Y por fin, subieron a la terraza en la base del monolito y ocuparon el Monumento a los Héroes que era el bastión de los estudiantes. Comenzaba ahora sí el desalojo.

La confusión y el griterío que vi al regresar –esto lo entendí luego–, se debía a la votación a mano alzada que aún en esos momentos dramáticos tenía lugar entre los partidarios de abandonar la plaza y aquellos que querían permanecer, aun a riesgo de protagonizar una tragedia. Después se supo de la mediación de Hou Dejian, el cantante taiwanés, y del profesor Zhou Duo ante la líder estudiantil Chai Lin, que insistía en permanecer en el lugar. Prevaleció la sensatez ante la amenaza de las armas y, finalmente, todos iniciaron la retirada.

Siempre he dicho que aquello no fue precisamente un baile de debutantes, hubo empellones, encontronazos y alguna contusión; pero la salida, como puede verse en todas las imágenes que grabamos, fue relativamente calmada. Incluso frente a la presencia de los carros de combate que fueron ocupando la plaza. A esas alturas comenzaba a clarear. La luz del cielo del último de los siguientes quince fotogramas, en donde se ve la base del monolito al fondo, así lo indica.

Visto desde el lado suroriental de la plaza, el monolito con la caligrafía de Mao Tsetung y sus palabras –“Los héroes del pueblo son inmortales”–, la plataforma desde donde se hizo tambalear al Gobierno de China por parte de unos estudiantes idealistas e ingenuos, estaba ahora ocupado por el Ejército. La toma había terminado.

En medio de aquella desbanda encontré a un colega del semanario inglés The Spectator, Richard Nations, quien me confirmó la salida de mi equipo con uno de los grupos de estudiantes que había abandonado Tiananmen. Ya no nos veríamos hasta pasada la media mañana de aquel domingo. Un carro de combate enfiló en ese momento hacia un numeroso grupo de personas, entre la que me encontraba a la salida de la plaza, sembrando el pánico sin mayores consecuencias. Fue una situación similar a la que se ve en esta secuencia.

La esquina suroriental, varias veces nombrada en esta crónica, cumplió su finalidad. Por allí fueron expulsados los ocupantes de Tiananmen. Una pequeña multitud perpleja de estudiantes y curiosos, que parece no creerse lo que estaba viendo, contempla por última vez la plaza como fue hasta aquel 4 de junio. Las medidas de seguridad tomadas a partir de ese día cambiaron su fisonomía.

Por allí salieron los estudiantes entre un amplio pasillo de soldados. Iban llorosos, alguno contusionado, otros descalzos; llevaban sus altavoces, sus banderas; sus rudimentarios aparatos de impresión de aquella época, el ciclostil. La luz del amanecer, poco antes de las seis de la mañana, da testimonio del momento y de las circunstancias de un hecho que aun hoy, muchos se empeñan en tergiversar.

A pesar de su evidente derrota, no ahorraron insultos a la tropa que los miraba impasibles. “¡Perros, perros, perros!”, era su grito de despedida al dejar Tiananmen. Las expresiones de frustración, rabia y dolor están en la cara de todos ellos.

Enfilaron en dirección sur, luego tomaron hacia el occidente por la avenida Qianmen, para luego torcer hacia el norte en la esquina de Qianmen con Beixinjua. Aquella era su ruta hacia el campus universitario.

Pero no todos llegaron. Pasadas las siete de la mañana, muy cerca del Teatro de la Ópera de Pekín, muchos murieron por las balas de la tropa y la arremetida de los tanques.

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