Crónica del Imperio del Centro (3)

11 de enero del 2019

Opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (3)

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No todos los chinos de esta serie han de ser de carne y hueso. Hoy quería (digo quería porque habrá que aplazarlo) rendir homenaje a un oriental de ficción, Chan Li Po, o a su autor hablando con propiedad, que es ese señor de cigarro en la mano, gesto escrutador y gorra marinera que preside esta crónica (el retrato, por cierto, es del gran fotógrafo cubano Jesse Fernández). Se llamaba Félix Benjamín Caignet y le dio lecciones de escritura a García Márquez. Si, así como lo oyen. El nombre seguramente no les suena pero si tienen más de sesenta años, a lo mejor sí. La gente que oía radio en Latinoamérica por allá por los años 50 del siglo pasado, lo conocía como Félix Be Cañé porque su apellido, al ser de origen francés, era así como se pronunciaba.

Félix B. Caignet fue el creador de ese género literario menor en español que son las series; primero, las radiofónicas, y las televisivas, después. Cuando la televisión no había impuesto su tiranía, la radio era la dueña y señora de la audiencia y los cubanos los maestros del medio. Lo eran por una sencilla razón: estaban más cerca a Estados Unidos, los gringos los tenían más a mano. México, con su larga frontera y su particular idiosincrasia, era otra cosa. Cuba en cambio, era una isla a un tiro de piedra de Florida.

Ironías de la vida, los norteamericanos impulsaron el desarrollo de la radio en Cuba para, desde esa plataforma, penetrar ideológicamente en su patio trasero y oponerse al comunismo… Pero bueno, favor que les debe el continente porque la isla del Caribe fue el semillero de los mejores técnicos y guionistas de radio y televisión. La radio cubana desde los años 30 del siglo pasado, fue mejor y con mayor oferta para los oyentes que la de muchos países europeos. Y fueron técnicos cubanos los que ayudaron a montar las televisiones estatales de España e Italia, las primeras que hubo en ambos países.

El culebrón radial por excelencia, el que hizo llorar a varias generaciones de latinoamericanos de habla hispana, se llamó El derecho de nacer, un título que va inevitablemente unido al de su autor Félix B. Caignet. Luego fue llevado al cine, y aquello es el embrión de todas las telenovelas que desde este continente inundaron las estaciones de televisión de todo el mundo.

El fenómeno de la radionovela fue de tal magnitud que cuando un joven Gabriel García Márquez luchaba con la idea de plasmar en una novela las historias que oyó de niño a su abuela, fue a visitar a Félix B. Caignet a ver qué opinaba el maestro de sus escritos. Gabo estaba en La Habana haciendo de reportero para Prensa Latina y acudió a casa de Caignet con el mamotreto de La Casa, que era como se llamaba el tronco del que se desprendieron todos los cuentos que al final integraron Cien años de soledad.

Y estas fueron las sabias palabras de aquel oriental cubano; oriental porque Félix era de Santiago de Cuba, donde nació Chan Li Po que es quien nos ha traído hasta aquí: “Es bueno que los textos no solo sean leíbles, sino oíbles, como en las novelas orales. Para mantener cautiva la atención del lector, tiene que suceder algo en cada párrafo —una mosca que vuela, un vaso que se rompe— porque a la gente lo que de verdad le gusta es que le cuenten cuentos, no que le hagan prolijas descripciones y tediososas disquisiciones.”

El segundo consejo que dio Félix a Gabo fue este: “La licencia del hipérbaton no siempre se aviene con la felicidad de la narración, por lo que el autor y el lector encontrarán en cada párrafo frases incómodas, estorbosas, sobre las que deseamos pasar como esquivándolas. Cuando esto ocurra, no queda más remedio que colocar las frases según el orden riguroso de la sintáxis castellana y los complementos circunstanciales hay que colocarlos de menor a mayor según su número de palabras. Por ejemplo, no debe escribirse ‘en la casa de María, ayer’ sino ‘ayer, en la casa de María’. Esto parece una tontería pero en el fondo lo que hace es evitar que el lector se fatigue eludiendo frases incómodas contrarias al ritmo natural de la respiración y hace que éste acepte fluída y naturalmente todo el párrafo.” Lo cuenta Dasso Saldívar en la mejor biografía que se ha escrito sobre García Márquez, Viaje a la semilla.

Queda pues claro que el creador de Chan Li Po tenía más cuajo literario del que se le suele atribuir a un escribidor de radionovelas, como diría Mario Vargas Llosa; quien por cierto, figura como la pluma más ilustre que se ha ocupado del género en nuestra lengua. En inglés lo fue Dylan Thomas, en italiano Federico Fellini, en sueco Ingmar Bergman, y así creo que en todas partes se pueden encontrar nombres que dieron brillo a la radio en el pasado de una manera que hoy ya no se estila, escribiendo libretos. Hoy, enciende uno la radio y solo oye una conversación teléfonica entre gentes que hablan de política o de fútbol.

De ahí el homenaje que he querido rendir al creador de un personaje fantástico, de un chino de ficción que alimentó mi fantasía infantil y mi temprano interés por un país enigmático y desconocido entonces. Félix B. Caignet no llegó a la altura de García Márquez, Vargas Llosa o Dylan Thomas pero tampoco fue, como se dice en Colombia, un pintado en la pared; así que me alegra poder rescatar con estas líneas una pequeña parte de su memoria.

Y como me he extendido más de lo aconsejable en este blog, será bueno dejar al detective Chan Li Po que me paseó por los caserones habaneros, por las mansiones londinenses, por los fumaderos de opio de Hong Kong o Macao, para la siguiente entrega.

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