Crónica del Imperio del Centro (8)

1 de marzo del 2019

Opinión de Juan Restrepo

Crónica del Imperio del Centro (8)

A finales de la década de los años 70, la puerta inevitable para pasar de la modernidad y el bullicio occidental de Hong Kong a un mundo detenido en el tiempo como la China de aquellos años, era el puente Luo Hu sobre el río Shenzhen que da nombre a la que un día fue una aldea de no más de 30.000 habitantes. Era una cala de gentes dedicadas a la pesca artesanal, ajenas a la transformación que la política estatal les tenía reservada.

Todavía a comienzos de los años 80 del siglo pasado, era posible ver el trasiego de retroexcavadoras, grúas y niveladoras que habían invadido el lugar. Su ubicación estratégica en la bahía en donde desemboca el Río de las Perlas, frente a Hong Kong y a poca distancia de Macao, última colonia de Portugal en Asia, conferían a aquella aldea de pescadores pobres las condiciones ideales para el más exitoso experimento económico del comunismo chino: la creación de zonas francas operadas al más puro estilo capitalista.

Por esas razones estratégicas Deng Xiaoping, máximo dirigente chino, escogió Shenzhen como centro de la primera Zona Económica Especial, ZEE, que fue como se llamó a las plataformas de exportación chinas, vinculadas particularmente en sus comienzos al mercado asiático. Tres de las cuatro pioneras se establecieron en la provincia de Guangdong (Cantón). Además de la ya mencionada Shenzhen, estaban Zhuhai, frente a Macao y Shantou, más al norte.

La realización de un reportaje sobre este experimento chino que entonces intrigaba al mundo, me llevó a la cuarta Zona Económica Especial que estaba en Xiamen, en la vecina provincia de Fujian. Mi interés por visitar Xiamen era doble: por un lado estaba el fenómeno de las ZEEs, y por otro Xiamen era como se llamaba entonces el viejo puerto de Amoy, conocido de quien haya seguido las primeras crónicas de esta serie.

Amoy fue el destino final de Nicolás Tanco Armero como lugar de reclutamiento de culíes para enviar a Cuba y a Perú. Hasta allí llegó el tratante de seres humanos colombiano en 1855. Casi un siglo y medio más tarde, la vieja Amoy que yo encontré era una ciudad de las que en China se llaman de segundo nivel, su población podría no superar entonces los dos millones de habitantes.

Su centro estaba dentro de una isla de poco más de cuarenta kilómetros cuadrados en la desembocadura  del río Jiulong, unida al continente por cuatro puentes mayores. Sin ser pues una de las grandes ciudades del país Xiamen había adquirido a comienzos de 1988, una importancia capital en China por su Zona Económica Especial.

Buscando algún vestigio del paso de Tanco Armero por allí, crucé a una islita que está frente a la ciudad. Y lo encontré. A menos de diez minutos de trayecto en ferry estás en Gulangyu, una isla de dos kilómetros cuadrados adonde llegó el político y aventurero bogotano a mediados del siglo XIX. Desde allí habrá podido divisar Amoy, la actual Xiamen, que era ya entonces un enclave con cierta influencia extranjera por haber sido declarada doce años antes, puerto de tratado, es decir abierto a las potencias occidentales después de que China perdiese la primera Guerra del Opio.

El Merchant Consulship System, consecuencia del tratado de Nanking que cerró aquella guerra, permitió a los británicos exportar mano de obra para trabajar fuera de China, como ya he contado en entradas anteriores, y una de las primeras empresas en instalarse en el puerto para dedicarse al negocio fue Boyd & Co. La compañía llevaba apenas tres años de actividad cuando Nicolás Tanco llegó a Gulangyu. Su propietario, Thomas Boyd Deas, gestionaba, además,  los intereses de Syme FD & Co, empresa pionera en el comercio de culíes o trabajadores contratados, que fueron llevados al Caribe y a Perú en régimen de semiesclavitud.

Desde punto más alto de Gulangyu, la Roca Soleada, era fácil hacerse a la idea de lo que Nicolás Tanco vio desde allí: una extensión de espacios verdes, con los primeros techos de teja y terracota de las casas coloniales y la aguja de la que quizá fue la primera iglesia cristiana que se levantó en territorio chino. La pequeña isla, habitada entonces por compradores pioneros, negociantes de té y funcionarios consulares de más de una decena de países resultaba un enclave occidental extraño, como transportado de otro mundo al mundo chino.

Aun aquel año de 1988, año del dragón por cierto, Gulangyu conservaba una pátina de nostalgia colonial con villas de indefinible arquitectura que igual podían tener influencia china, inglesa o española. Por la ventana de alguno de aquellos caserones se colaban la notas de un piano, uno de los cientos de pianos que llevaron a la isla los occidentales, y que dieron lugar a una de las historias más increíbles y conmovedoras que conocí de los tiempos de la Revolución Cultural. Historia que queda aplazada para la siguiente entrega.

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