Crónica del Imperio del Centro (9)

Crónica del Imperio del Centro (9)

8 de marzo del 2019

Llamada por los chinos desde siempre Islote del sonido de tambor por el retumbar de las olas en su costa, el nombre de Gulangyu está necesariamente ligado en los dos últimos siglos a un instrumento europeo: el piano. De hecho, el piano y el tambor compiten a la hora de referirse a este curioso enclave arquitectónico occidental en territorio chino.
Denominada también Isla de los pianos, las lujosas mansiones, consulados e iglesias cristianas de Gulangyu miran el perfil de rascacielos de la moderna Xiamen como un desafío anacrónico en la otra orilla del brazo de mar que las separa. La tranquilidad de sus calles ausentes de transporte a motor, sus jardines y edificios decimonónicos contrastan con el tráfago y la agitación de la moderna capital de la provincia de Fujian.

En las ostensosas villas de Gulangyu europeos, japoneses y chinos ricos implataron un enclave internacional, el eco de cuyas  fiestas y música se oyó en el estrecho de Taiwán hasta la Segunda Guerra Mundial y la revolución comunista. De aquel tiempo y de aquellas costumbres quedan en este territorio de apenas dos kilómetros cuadrados más de dos centenares de pianos, un museo dedicado a los mismos y una tradición musical cuyo prestigio ha ido más allá de las fronteras de China.

Aquí hay más pianos que en cualquier ciudad importante del país y el apego de sus gentes a un instrumento netamente occidental es tan arraigado que sobrevió a los traumas de la ocupación japonesa, el maoísmo y la Revolución Cultural. No sin dolor y sacrificio, por cierto. Puede dar testimonio de primera mano la familia Yin, algunos de cuyos descendientes viven aun para contarlo.

En 1967, en pleno furor iconoclasta de la Revolución Cultural, cuando los estudiantes maoístas se disponían a destruir los pianos de la isla por considerarlos juguetes de la burguesía capitalista, el patriarca de un clan familiar de Gulangyu, Yin Chengzong, desplazó uno de aquellos venerables instrumentos desde aquí hasta Pekín con la idea de impedir el desastre. Las vicisitudes de aquel hombre durante ese viaje están por escribirse.
Un año antes, el Partido Comunista de China había anunciado el comienzo de un proceso de transformaciones traumáticas y dolorosas para el país. Oficialmente se llamó la Gran Revolución Cultural Proletaria, conocida simplemente como la Revolución Cultural. La juventud fue su gran protagonista; estudiantes y trabajadores formaron parte de escuadrones radicales llamados Guardias Rojos, que arrasaron con todo.

Cerca de un millón de personas murieron por la violencia desatada entonces y China se sumió en el caos y la anarquía durante una década. No hubo un solo aspecto de la vida política, social y económica del país que no se viera devastado por aquel huracán, y la música occidental y todo lo que tuviera que ver con ella no fue la excepción.
Aquellos que poseían un piano en casa procedieron a esconderlo bajo un mantel queriendo hacerlo pasar por un mueble más. Muchos pianistas fueron sometidos a un sistema de adoctrinamiento y “reeducación”, y confinados varios años en campos de trabajos forzados por la práctica de lo que se consideraba una música decadente. A algunos les rompieron los dedos a martillazos, quemaron sus discos y partituras, y los maestros fueron humillados a tal punto que a muchos se les empujó al suicidio.

En aquella atmósfera de terror el itinerario recorrido por Yin Chengzong con su piano hasta llegar a Pekín, alcanzó unos límites de heroísmo inimaginables. Llegó hasta la plaza de Tiananmen, la inmensa explanada que es todo un símbolo del poder en China, y allí estuvo tocando su instrumento durante varios días, interpretando odas a Mao Tsetung para demostrar que aquel artilugio europeo, podía redimir su lamentable origen occidental cantando las glorias del fundador de la República Popular.

Aquellas odas enardecidas y entusiastas, entonadas en solitario por un jefe de clan de Gulangyu, salvaron de la destrucción los pianos de este islote en el estrecho de Taiwán. Nunca quedó claro quién en la alta jerarquía del país,  pudo salvarlos de la ruina pero todo apunta a Chu Enlai, el primer ministro chino, eminencia gris del gobierno de Mao.

Mao Tsetung y Chu Enlai pertenecían al grupo de fundadores del Partido Comunista chino en Shanghái en 1921, pero tenían personalidades y procedencias muy diferentes. Mao era un hijo del mundo rural, de una familia campesina moderadamente acomodada, desconocedor del proletariado urbano y del extranjero. Mientras Chu Enlai, nacido en una familia de mandarines, había recibido una esmerada educación primero en su país, y luego en Japón y en Francia. Era proverbial su refinamiento.

Al año siguiente de mi visita a Xiamen, encontré tirado en un rincón de la Escuela de Bellas Artes de Pekín un busto de Chu Enlai como signo de los vientos que entonces soplaban en China, y no pude menos que evocar con nostalgia la odisea de Yin Chengzong, y el amparo piadoso del primer ministro hacia los pianos de Gulangyu

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.