Crónica del Imperio del Centro (1)

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Crónica del Imperio del Centro (1)

26 de diciembre del 2018

Finalizaba el año 1978. Yo trabajaba como redactor en la televisión estatal en España y los acontecimientos políticos en el país eran de tal frenesí que todo cuanto ocurría más allá de la frontera de los Pirineos nos parecía a los periodistas más ajeno y lejano que de costumbre. Tras cuarenta años de dictadura, la muerte de Francisco Franco supuso un vuelco político de gran magnitud y los españoles, sin saberlo entonces, emprendieron con la aprobación de una nueva Constitución en referéndum el 6 de diciembre, el paríodo de mayor prosperidad que se recuerde en muchas generaciones.

Dos semanas más tarde, el día de Navidad de aquel año, con la resaca de una nueva Carta Magna que empezaba a transformar España, y en medio del ajetreo y barahúnda propios de las fiestas, no estaba yo para prestar atención a lo que ocurría al otro lado del mundo. Concretamente en China, una nación que, sin embargo, ejercía en mí una fascinación desmesurada desde siempre. Nunca imaginé que así como mi país de adopción acababa de emprender una total transformación, aquel otro sobre el que empezó a gravitar mi fantasía desde muy temprano, iniciaba casi al mismo tiempo  un camino que asombraría al mundo.

Aquel 24 de diciembre de 1978, hace justamente ahora cuarenta años, el XI Comité Central del Partido Comunista de China hizo público un comunicado tras su IIIª Sesión Plenaria, en el que se daba a conocer la política de reformas y apertura al exterior que ha llevado a la República Popular al lugar que hoy ocupa y del que no es necesario entrar en detalles.

Años después de aquella fecha, logré uno de los objetivos personales y profesionales que me había marcado: vivir en Extremo Oriente y trabajar muy cerca del país en el que estaba seguro, tendría cosas interesantes que contar. Fui nombrado corresponsal de Televisión Española, TVE, en lo que la empresa denominó más tarde Corresponsalía Asia Pacífico.

En el momento en que lo propuse a Pilar Miró, Directora General de Radio Televisión Española, RTVE, a través de su jefe de gabinete, a nadie en el ente estatal de comunicación se le había ocurrido pensar en tal dependencia. Era 1987 y los medios y los organismos estatales españoles vivían volcados hacia Europa, como era natural, y hacia el Atlántico, es decir hacia Iberoamérica y Estados Unidos.

Por qué no volver la mirada hacia Filipinas, aquel archipiélago del Pacífico que también fue colonia española, una de las últimas por cierto, y en donde aún quedaban vestigios de herencia y de cultura hispánica. Pocos, es verdad, pero algo quedaba. Así se lo palteé al colaborador de la señora Miró. Era el pretexto para acercarme a China y lo conseguí. Abrí pues, corresponsalía en el Business Center del Hotel Manila. El Manila de la capital filipina junto, al Strand de Rangún, el Península de Hong Kong y el Oriental de Bangkok eran las “cuatro viejas damas” de la hostelería para los viajeros románticos de comienzos del siglo XX.

Desde una suite del Hotel Manila dirigió el general Douglas MacArtur en 1944 la ofensiva contra Japón durante la Segunda Guerra mundial, y en una batalla definitiva el 26 de octubre de aquel año, arrebataron los norteamericanos al imperio del Sol Naciente la joya más preciada que era el archipiélago de las Filipinas. Suite MacArtur seguía llamándose entonces la estancia más onerosa y de mayor prestigio del ilustre hotel, situado entre Luneta e Intramuros dos lugares de referencia de la capital, y con magníficas vistas del puerto sobre el Pacífico.

En la elegancia decadente del Manila recibí a comienzos de 1989, la noticia de la muerte de un viejo dirigente político, cuya desaparición fue el pretexto para dar inicio a la mayor conmoción que ha experimentado China en estos cuarenta años de prosperidad ininterrumpida. Salí corriendo hacia Pekín y allí me tocó vivir los acontecimientos que pusieron al país al borde del caos y que pretendo contar en este blog paso a paso, aderezando el relato con jirones de la historia y la vida de un pueblo que para bien y para mal, proyecta hoy su influjo sobre el mundo entero.

Elijo el 24 de diciembre para comenzar el relato no por casualidad ni por azar sino por ser esa fecha del año 1978, como contaré más adelante con detalle, el “kilómetro cero” de la gran transformación operada en el Imperio del Centro, China.

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