Cuidadores desconocidos

19 de mayo del 2015

Recuerdo las veces que personas se han tomado el atrevimiento de cuestionarme y hacerme reflexionar sobre mi comportamiento.

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Nuevamente voy en mi bicicleta, en la noche y por la vía, hacia mi hogar. Tras una larga jornada laboral después de haber buscado en la excusa de un café, compartir un instante con mi amigo con quien invertí un tiempo de ocio sociable,  el trayecto de vuelta a casa tuve que realizarlo más entrada la noche.

Voy -chun chun chun- pedaleando a lo que da, concentrada en el camino y sintiendo cómo el aire helado entra por mis fosas nasales, pasa por mi garganta y oxigena mi cuerpo – chun chun chun-.  Las sombras de los grandes árboles que, a lado y lado de la avenida 19, hacen que la ruta se vea sombría pero al mismo tiempo romántica. Pocas personas hay en la calle, de hecho sólo veo a una pareja de enamorados que juiciosamente dan un paseo a su compañero perrruno. Sigo pedaleando, sorteo los huecos que ya conozco de memoria, y por eso mismo puedo esquivarlos. Transitar por el andén/ciclorruta de este tramo de la avenida es un peligro. No sólo por su paupérrimo estado de mantenimiento, sino también por la alta inseguridad que existe en esta sección de la vía. El ambiente, las sombras, la noche, la soledad, hacen que no escatime en evitar cualquier pequeño instante de riesgo de atraco, lo que dirige mis pensamientos a la ruta, a leerla y planearla de tal forma que logre llegar de la mejor forma a mi destino.

-Chun Chun chun…- Inhalo, exhalo… Calculo cuánto me falta para llegar a mi hogar, calentar una sopa, prender el computador y, llegar a la dulce escena de arroparme con el plumón y escribir este post. El veredicto final: estoy a 10 minutos de esta escena. Sigo aquí, en la vía, pedaleando y avanzando a mi propia fuerza.

Un grito irrumpe mis pensamientos, y la reacción inmediata que me invade es la constante que -me atrevo a asumir- tenemos las ciclistas en la ciudad: que mamera esta gente TAN metida, ignorantessss!! que no saben cómo es andar en bicicleta en Bogotápienso automáticamente, mientras volteo los ojos en mi pensamiento. En un abrir y cerrar de ojos ya me encuentro alejada de la fuente del grito, el chico que antes había soslayado desde la distancia. Ya había pasado y ya no había nada que hacer; devolverse era muy ridículo, pero cuando caí en cuenta de lo que acababa de suceder, alcancé a pensar en devolverme, detenerme frente al sujeto, exhalar una, dos veces, disculparme con la posible novia de este y, acto seguido, zamparle un beso acompañado de un abrazo profundo de agradecimiento, de admiración. Unos segundos después del grito mis neuronas lograron conectarse y generar un raciocinio que no viene de forma inmediata y, por eso, las reacciones a las interpelaciones suelen ser negativas y estereotípicas, borrando cualquier posibilidad de reflexión y aprendizaje. 

El grito que irrumpió la calma de mis pensamientos fue una composición simple de dos preguntas, inocentes, directas y llenas de un mensaje tan poderoso como inspirador: el cuidado del otro. “Niñaaaaa… vaya por la ciclovía [quizo decir ciclorruta]….. yyyyy.. ¿dónde está el cascoooo?“. Fue tan bello ese momento, que no pude dejar de pensar en este acontecimiento el  cual me viene persiguiendo hasta ahora. Fue tan profundo el impacto de estas palabras, que pudo despertar en mí una idea transformadora: ¿cómo sensibilizar a la sociedad si una misma no está dispuesta a dejarse sensibilizar?.

Ahora, no puedo dejar de recordarme a mi misma que las interpelaciones de los extraños en la calle son la mejor muestra de interés por el otro, por el desconocido, por el deseo de un “mejor lugar para vivir”. Estas no son sino oportunidades de diálogo, de pedagogía, de cuidado. Sólo si uno se permite comprender cuál es la motivación, el motor, que impulsa el mensaje compartido es que gritos como este, preguntas simples frente el comportamiento que tenemos en las calles, se pueden transformar en herramientas de sensibilización y de cuidado.

Ahora… recuerdo las veces que personas se han tomado el atrevimiento y el amor de, en una forma decente y asertiva, cuestionarme sobre mis acciones en la vía…. cuestionarme y hacerme reflexionar sobre mi comportamiento. Estos momentos creo que valen oro, sin olvidar que tienen una idea subyacente: salir del ego y pensar en sociedad.  Y, a mi parecer, son mucho más efectivos que el uso del casco de veinte mil pesos.

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