La cultura de lo gratuito en Bogotá.

19 de junio del 2011

Al auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional le caben 1620 personas, capacidad de espectadores que podría tener la Orquesta Filarmónica de Bogotá, quien ensaya y se presenta con regularidad en este auditorio. Los pasados 8, 9 y 10 de Junio, la orquesta presentó Eugene Onegin, ópera prima de Tchaikovsky.  Por otro lado, en la […]

Al auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional le caben 1620 personas, capacidad de espectadores que podría tener la Orquesta Filarmónica de Bogotá, quien ensaya y se presenta con regularidad en este auditorio. Los pasados 8, 9 y 10 de Junio, la orquesta presentó Eugene Onegin, ópera prima de Tchaikovsky.  Por otro lado, en la pasada Feria del libro de Bogotá, en la librería del país invitado, Ecuador, cabían por recorrido 300 personas. Lo que quiere decir que en un día de feria la podrían recorrer 3600 personas.

Tanto Corferias como el León son espacios de acercamiento cultural de los ciudadanos con su ciudad. Ciudades que entienden que en la lectura de un libro o en un concierto los ciudadanos pueden hacer uso del tiempo libre que les dejan sus respectivas rutinas.  Sin embargo, en Bogotá hay un aspecto que está fallando con respecto al concepto de “entretenimiento” que contienen estos eventos. El problema puede entenderse con mayor claridad si vemos lo que pasa cuando los ciudadanos entran a ellos de forma gratuita.

Eugene Onegin

Gané pases dobles para ver la presentación de la única ópera de Tchaikovski el mismo día que jugaba Millonarios contra la Equidad para pasar a la final. Afortunadamente no me gusta el fútbol colombiano, pero desafortunamente a la única persona que invito a estos eventos sí, así que tuve que ir sola.  Regalé una boleta, lo cual era común esa noche entre los espectadores. Casi dos horas antes del evento había una cantidad considerable de gente alrededor de la taquilla, al parecer, porque cada persona involucrada en la obra podía invitar a dos personas más; la mayoría de personas que estaba en esta fila preguntaba por sus pases gratis.  En la orquesta participaban más de 166 personas, de las cuales si a cada una se le asigna dos entradas de cortesía, más otros patrocinadores, se pueden hacer un promedio de 400 sillas ocupadas. También había listas de entrada gratis por medio de revistas, como mi caso. Según cálculos rápidos, la mitad del auditorio estaba asistido por pases de entrada gratuita. A pesar de que esta cuestión de filas y listas hacía la entrada tediosa, al sentarme sentí un triunfo. No lo podía creer. Una obra en ruso exige para nuestros músicos colombianos un esfuerzo superior y yo estaba allí, pensando en que es posible que no vuelva a escuchar esta obra en Colombia. Mi fila estaba vacía y pensé que así era mejor y me concentré en leer la historia de la obra y en mirar como poco a poco entraban los asistentes. Llegaban en gran cantidad. Casi cuando la mayoría estaba sentada empezaron a bajar las luces y en esa oscuridad sorda la magia se acabó.

Todo empezó mal cuando escuché “traje distracción” en la silla detrás de la mía. Fue cuando este personaje sacó de su  mochila unos Maizitos, abrió el paquete y de forma descarada empezó a comer. Así, sin más, ¿para distraerse en una presentación de ópera? ¿Para no aburrirse? Prestando atención a su conversación aquel sujeto no había estado en un escenario de este tipo y su boleta había sido de cortesía, como la mía. Este hombre rebelde, a pesar de mi insistencia en que no comiera, siguió como si nada. No me quedó más alternativa que cambiarme de puesto. Seguía el olor y el sonido nítido de los Maizitos, aún lo recuerdo. “No puedo amargarme”, me repetía. Era mi única oportunidad de estar allí. Sin embargo, no habían pasado quince minutos del primer acto cuando poco a poco, diferentes personas sacaron su celular de luz estelar en medio de la oscuridad. ¡Luz fluorescente en mis ojos! Algo no iba bien. Hubo aplausos a destiempo, silbidos, luces, tos. Algo no iba bien.

Librería de Ecuador en la FIL

Por ese entonces trabajaba en la librería del Fondo de Cultura que se encarga también de ser librería del país invitado, en este caso, Ecuador. Fueron doce días de feria, de los cuales sólo sábados y domingos había gran afluencia de público. El resto de la semana iban colegios y algunos interesados. Bueno, excepto ese viernes 13 de Mayo. Ese oscuro viernes 13.

Los días más bonitos de una feria de libros son los primeros días, pues la visita es de público especializado. Van las librerías, las bibliotecas, los académicos y estudiantes juiciosos, quienes se deleitan recorriendo la librería en busca de contraportadas que leer. En últimas van quienes aman los libros. Esto es muy bueno para los libreros, pues nos da tiempo para leer a la par de ellos el inventario de la librería, para saber con qué nos enfrentamos, para conocer nuestro segundo hogar como la palma de nuestra mano. En esos días uno se pudo dar cuenta de que Ecuador tiene una gran literatura, que Ecuador tiene un gran trabajo antropológico, político y culinario. Hay cosas para leer, para comprar. Sólo aquel público de esos primeros días se dan cuenta de ello, al igual que tú, y se llevan lo que más pueden. En estos primero días se agotan títulos que no llegan ni siquiera al fin de semana. Y el problema del fin de semana de feria consiste en que los libros que tú has leído se han acabado, y lo que sinceramente puedes recomendar ya no está a la venta. Toca recomendar lo que haya. Situación que se vuelve más complicada con diferentes preguntas de aquellas personas que no recorren la librería portada tras portada: “¿cuál es el García Márquez de Ecuador?”, “yo veo que dice Fondo de Cultura Económica y no veo los libros económicos” “Dígame, señorita, cuál es el mejor libro de Ecuador que tiene” “Tiene el libro que no me acuerdo cómo se llama ni de quién es, pero del que se habló hoy en la W” “¿usted es ecuatoriana?”. Por otro lado, entre semana los niños de colegio son otra cosa. “¿Aquí regalan libros?” preguntan. O “¿tiene libros de dos mil pesos?” “¿Tiene libros de Walter Rizo o la “Bella y el narco”?”; “necesito un libro que me guste” “Quiero algo difícil como Aristóteles para que me haga pensar, algo que me entretenga”. Nada que no se resuelva con paciencia y con amor a los libros. Es por esto que nada de lo anterior se compara con el maltrato de los libros y con el robo masivo de éstos que sucedió aquel viernes 13. Las palomitas de maíz que venden en los pasajes de la Feria son un gran enemigo; las personas las compran, y mientras miran libros, como mirando ropa, caminan con ellas, lanzando boronas al azar, cogiéndolos. A su vez, entran niños, ¡niños!, familias, jóvenes, estudiantes, mujeres, personas en silla de ruedas, queriendo robar libros, con la poco fortuna de tener que comprobarlo.

Las estadísticas de libros robados subieron aquel viernes en el que después de las 6pm la entrada a Corferias era gratuita. Se deduce que muchas de las personas que entran ese día, van con el objetivo de llevarse libros. Cuando el espíritu de una librería no es poner vallas de seguridad o personal de seguridad con uniforme y armas, o puertas, el resultado siempre será el mismo porcentaje de pérdidas como de ganancias. Más de 300 personas en un espacio de 3000m2 con libros puede convertirse en un problema. Así fue en esta librería, ese viernes, donde una gran cantidad de personas no tenía interés por Ecuador ni por los libros especializados, ni por los libros que distribuye su librería. En las siguientes semanas después de Feria, si uno se pasa por los puestos de libros de la plaza Santander, ahí se encuentran gran parte de los títulos perdidos en feria.

Cultura Gratuita en Bogotá

Nunca será una mala opción hacer más eventos gratuitos en Bogotá, más aún cuando se habla de actividades como la música académica (mal llamada música clásica) y actividades relacionadas con los libros. “Es absurdo que se pague una feria del libro”, dice uno. Sin embargo, cuando en Bogotá se abren espacios gratuitos a la Feria misma y a obras extraordinarias como Eugene Onegin, no se disfruta de la misma manera, como mostré en estas dos experiencias. Y con seguridad hay más ejemplos. ¿Por qué hay tanto afán en volver masivo todo tipo de arte? Desde la existencia del cine a finales del s. XIX pareciera que las demás artes quieren salir de su status de exclusividad para abrirse al público. Sin embargo, un museo lleno de personas no se disfruta. Es claro que con el hecho de abrir las puertas al público, en algunas ocasiones, no se disfruta de la misma manera . Pero también vale preguntarse si es necesario abrir las puertas a estos eventos porque algunas personas no pueden acceder a ellos . Cuando miramos el precio de estos dos eventos vemos que no equivale a más que tres cervezas o al precio de tres perros calientes de universidad pública. La entrada de la ópera en cualquier localidad costaba cinco mil pesos nada más. Precio que si se compara con la entrada a la ópera en otros países, es bastante económico. Ni siquiera te exigen ir en esmoquin. Con respecto a los libros, es claro que sí hay problemas con algunas políticas de importación y con el control de los precios. Sin embargo, hay libros asequibles.

¿Qué pasa entonces? ¿Por qué se roban los libros?, ¿por qué no hay respeto por las obras?, ¿por qué la violencia? Estas preguntas no se puede resolver rápidamente. Es más una pregunta abierta a discusión. Por lo pronto afirmaré que el tiempo libre de nuestros bogotanos no se destina a estos eventos no tan concurridos. Así que cuando hay entradas gratuitas, hay una oportunidad para que los ciudadanos se acerquen y conozcan. Porque puede que en Bogotá necesitemos más sensibilización ante la cultura, ante la música académica y ante la lectura. Aún no estamos preparados para disfrutar un evento de asistencia masiva de forma respetuosa. Estamos en una etapa previa que puede dar grandes frutos. Sólo en el momento en que una persona tenga acceso a lo que puede pasar en un escenario como el León de Greiff, encontrarán el valor artístico (no sólo monetario) de la obra. Sólo entendiéndolo, no habrá necesidad de robar un libro más.

Por lo pronto, no queda más que armarse de paciencia, difundir y compartir estos eventos.

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