Cumplí mi sueño: conocí al Procurador General de la Nación

19 de agosto del 2011

He de decir que en mi vida he tenido múltiples obsesiones (cuando le doy la bienvenida a alguien a mi lista no estoy bromeando). Hoy por hoy el Procurador General de la Nación encabeza la lista. Creo verlo en todo lados, a veces juego que soy él e incluso a un par de amigos –Diana […]

He de decir que en mi vida he tenido múltiples obsesiones (cuando le doy la bienvenida a alguien a mi lista no estoy bromeando). Hoy por hoy el Procurador General de la Nación encabeza la lista. Creo verlo en todo lados, a veces juego que soy él e incluso a un par de amigos –Diana Rodríguez Ordóñez Maldonado y Jorge Garcés Borrero– les insisto en múltiples ocasiones que son su fina estampa.

Así que mi sueño era conocer al Procurador, al Godopoderoso –como lo llaman en NP&–, la autoridad máxime de la Procugoduría; sí señores, a Alejandro Ordóñez Maldonado. Y la oportunidad llegó como un milagro: el miércoles pasado estuvo en la Sucursal del Cielo (me imagino que por eso vino), en la Pontificia Universidad Javeriana, en un foro sobre la objeción de conciencia institucional frente al aborto.

Como yo estaba en el Ecuador asesorando un paro nacional de Alpacas, ese mismo día cogí el primer vuelo y, afortunadamente, muy puntual alcancé a llegar a la universidad. Eso sí, ¡oliendo a alpaca y hasta con lana en la cabeza! ¡Qué vaina!, nunca he podido pasar (cambiar esta palabra) desapercibida. Pero bueno, me imagino que no será mi destino.

Logré encontrar un muy buen puesto: cerca del panel –para ver y oír mejor– y muy a la esquina de la fila de sillas –para salvarme en caso de atentado. Después de haber puesto nuestros celulares en modo etiqueta (no conocía el término hasta ese día. Lo confieso: no pude evitar reírme sin etiqueta) y de haber entonado con orgullo los melodiosos versos del himno nacional se dio inicio al evento.

El foro pasaba, los panelistas exponían sus puntos de vista, el auditorio replicaba… y yo cada vez estaba más nerviosa. Eso era como conocer a Mickey Mouse (para entenderme mejor, pregúntenle a un niño qué se siente). En todos los hombres altos de poco y canoso pelo veía al Procu. ¿Pero cómo no imaginarme que a Alejandro Ordóñez Maldonado lo tenían guardado como la sorpresa de la fiesta? Cuando fue su turno de exposición la expectativa del público fue total: nadie hablaba (creo que ni respiraban), todos tenían la mirada enfocada hacia la pequeña puerta que hay a un costado del auditorio por donde entraría Su Santidad el Procurador.

De repente, se abrió por fin dicha puerta, y el esperado personaje hizo su aparición. Tal como lo había dicho la moderadora del evento en algún momento de la presentación de los panelistas: brillaba con luz propia (resulta que la puerta daba hacia un exterior y estaba haciendo un solazo terrible; lo que brillaba era el gran astro detrás del Procu). En ese momento se describió su experiencia y trayectoria como si se tratara de un concurso de belleza –pero no era para menos–, mientras el saludaba a sus contertulios y a otros directivos como si les estuviera dando la bendición. Eran envidiables los mil flashes por segundo que iluminaban su sagrado rostro. ¡Increíble que estuviera frente al Procurador General de la Nación! Escuchaba atentamente su silábico hablar y mi mirada seguía con atención cada movimiento de manos. No me equivoqué al haber tomado la decisión de dejar mis Alpacas tiradas en el Ecuador.

¿Tenemos todos claro de qué se y trata este foro, qué es la objeción de conciencia y qué es lo que alega la Corte y qué le alegan a ella? Breve: un buen día se despenalizó el delito del aborto en tres casos (y luego se convirtió en derecho de la mujer). Y ¡trin! algunas instituciones de salud (muy pocas, la verdad) dijeron que ellas no practicarían ningún aborto, y ¡zas! les cayeron encima; la Corte les cayó encima y les dijo que ellas no podían hacer objeción de conciencia porque los únicos que tienen conciencia son las personas naturales no las jurídicas (¡pinche bruta esa Corte! ¡¿Acaso la personería jurídica no es una suma de personas naturales?!). Señores, la objeción de conciencia es un derecho fundamental y se hace cuando hay una orden que se opone a nuestros valores, principios, a nuestra conciencia.

Al estrado se invitaron tres puntos de vista. La disyuntiva gerencial (a cargo del director del Hospital San Ignacio de Bogotá) concluyó que no practicar el aborto en ciertas instituciones no es producto de la objeción de conciencia sino de una decisión administrativa con base, de todos modos, en que los valores de una organización son para vivirlos no para recitarlos y en que tienen que ser coherentes con su proceder. Se supone que cada institución es autónoma, tiene el derecho a la autonomía, es decir que puede determinar el alcance de sus operaciones. Me pregunto yo (y me imagino que muchos) para qué se da el derecho a la autonomía si no se puede ejercer.

La perspectiva ética recalcó que metafóricamente las instituciones sí tienen conciencia, así como tienen valores, principios… Y la jurídica no pudo dejarlo más claro. Según el artículo 18 de la Constitución (“Se garantiza la libertad de conciencia. Nadie será molestado por razón de sus convicciones o creencias ni compelido a revelarlas ni obligado a actuar contra su conciencia”), nadie –léase pronombre indefinido–, es decir, ninguna persona (natural o jurídica) debe hacer lo que vaya en contra de sus principios, de su conciencia.

¿Lo que fue una despenalización se convirtió en una obligación? En fin, creo que me desvié del tema principal: haber conocido a mi Procurador favorito. Pero por cultura general quería que supieran el resto, no sea que alguno de ustedes sea de los que le va a echar piedra al hospital porque no quiere hacer un aborto. Así que retomo: el aborto sufrió una secularización (de eso son testigos las sentencias): de delito que no se penaliza en tres casos pasó a ser un derecho fundamental, y antes de pensar en objeción de conciencia institucional yo solo puedo decir  –seguramente como mi Procu–: “blasfemia!”.

Y para finalizar, amados  lectores,  vale la pena resaltar que quedé matada con el embajador de la Divina Providencia, el personaje del año, y por eso retomo sus palabras: “El aborto nunca es una necesidad y jamás representa un bien”, salvo  –digo yo– cuando represente peligro para la mamá, o cuando el feto venga con malformaciones incompatibles con la vida; o sea, en los casos de irresponsabilidad (no legal) y violación para eso existen la adopción y el acompañamiento psicológico. Claro, entiendo su ceño fruncido, lo digo yo que gracias a Dios jamás he vivido un caso de estos.

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