De lo estúpida que se ve la fila de Starbucks

18 de julio del 2014

Llegó Starbucks a Colombia con su despliegue de… ilusión?

¿Cuál es el grado de ironía que uno puede encontrar si el concurso internacional de la belleza se realizara en París, donde de cada 5 mujeres, 4 son hermosas y una despampanante? ¿Cuál es el grado de ironía que se puede apreciar si se abriera un casino en Las Vegas? ¿Cuál es el grado de ironía que descubrimos en la fila inmensa para comprar un café en una tienda extranjera en el país que produce el mejor café del mundo?

Sencillamente el grado de ironía raya en la estupidez. ¿A quién se le ocurriría que alguien pudiera tener la fuerza de voluntad suficiente para levantarse temprano e ir a esperar a las afueras de la primera tienda de Starbucks en Colombia, solo porque una chica (que seguramente es colombiana) con un delantal verde en el que tiene una Melusina estampada (el logotipo de la marca) escriba su nombre en un vaso de polietileno o de plástico y lo haga esperar un tiempo prudencial para que otro chico (seguramente colombiano) grite su nombre y le entregué el vaso con café por dentro?

Es  contradictorio y bastante cómico el nivel en el que nos hemos dejado arrastrar por la publicidad a un país de consumo en donde nuestra conciencia ha quedado tan expuesta a la influencia mediática que no somos capaces de refutar ninguno de los argumentos que nos inyectan los medios masivos de comunicación. Las reflexiones respecto a nuestra educación deben ser largas, entendidas y superpuestas a lo que la necesidad de consumir felicidad ha hecho en nuestros días.

La fuerza de Starbucks es indiscutible, es la marca de café más grande del mundo entero y tiene todas esas tiendas y aparece en todas partes. Partiendo de saber que las personas que van a hacer la larga fila saben de antemano que lo que van a consumir es café, sin ningún ingrediente mágico, café como el que hace la abuela (de hecho puede que no tan bueno), café como el que vende el señor del semáforo, entonces ¿qué es lo que les parece tan atractivo?

Mi teoría es que van a buscar felicidad. A sentirse parte de ese mundo cosmopolita y vanguardista que es difícil alcanzar por la carencia de dinero o un éxito irrefutable. Ir a Starbucks es encajar en la idea de aceptación que hemos forjado a través de los deseos sutilmente influenciado por los entes de poder que determinan lo cool, algo así como sentirse más bello por usar una camisa Armani o más glamuroso si sus pies brillan con Jimmy Choo, pero en este caso, su mente explota de éxtasis por tomar café de un huequito, algo vacío, sin forma, sin utilidad práctica.

Por si no lo recuerda (y esperaría que lo hiciera), el café de Starbucks ha aparecido en programas de televisión y películas más o menos desde el año 1997. Desde allí ha sido el compañero de las mañanas de personajes que nos han hecho llorar y reír. En el diablo viste a la moda (2006) vimos a Anne Hathaway correr desde Starbucks para llegar con el café a la oficina. Sean Pean era empleado de la tienda en la película Mi nombre es Sam (2001), una torpe Sandra Bullock se abría paso entre la gente que esperaba en la tienda para comprar en la película Miss Simpatía (2000) y por supuesto, no faltó la escena en la que Carrie Bradshaw fuera por un café y hablara de sexo, hombres, zapatos y Nueva York.

Aun con todo eso, sigue siendo estúpida la idea que en el país del café, alguien, por mucha alienación de la que pueda ser acusado, tenga las ganas de ir a esperar a que le den cafeína. Incluso la experiencia por sí sola no es suficiente. Es entendible que por ejemplo un grupo de fans se vaya hasta el aeropuerto a esperar a ver a Lady Gaga salir con gafas y subirse a un auto negro que la lleve a un hotel. Al menos esas personas sienten un placer al saber que estuvieron a pocos metros del ícono que influenció sus vidas y que sirve como modelo de wannabe.

También es esperable que se hagan filas para comprar un libro que ha estado esperando por largo tiempo (aunque creo que no es tan probable ver en Colombia a una multitud en una librería ansiosos por la última novela de Stephen King), porque la curiosidad de ser llevados a ese mágico río que promete la literatura es magnífico.

Pero es que hacer fila por café, y ni siquiera por el café, por el vaso donde sirven café supera todas mis formas básicas de esnobismo. No muchos deben tener un afiche de Starbucks en sus cuartos con el que se masturben todas las noches, o vayan en el bus pensando en lo feliz que va a ser su vida cuando por fin se tome una malteada de chocolate de Starbucks. Esas son puras patrañas.

Los que aceptan hacer fila en el Starbucks deben saber que no van a beber talento, ni fama, ni gloria, que no van a comprar la fórmula de la belleza o la juventud eterna, que en la lista de productos de Starbucks no está la piedra filosofal y que probablemente el café ni le guste. (He tomado el café de los Starbucks de Buenos Aires y lo único memorable es la conexión a internet.) A lo sumo aparecieron en el periódico o en las noticias robando cámara por hacer la fila mientras el resto de colombianos se burlaban en twitter.

Eso me recuerda la llegada de Mc Donalds a Cúcuta. La gente estaba impaciente y cada vez más ansiosa mientras construían el edificio que iba a vender las hamburguesas más famosas del mundo. De hecho fue todo un acontecimiento en la ciudad, en los primeros días no cabía un carro en ese estacionamiento de lo lleno que estaba. Las personas creían que estaban tocando el cielo al comprar por primera vez comida rápida, chatarra y pequeña a través de una ventana metidos en sus carros. Todos fueron más felices porque sintieron que ya eran parte del mundo, que nada tenía que envidiarle a los famosos que en las películas lo hacían, estaban infinitamente satisfechos por haber dado un paso más hacia el primer mundo. Eso hasta que se dieron cuenta que la hamburguesa no es tan buena, es cara y además, no se parece a la de la foto.

Se espera que haya 50 tiendas de Starbucks en el país. Es genial que la inversión extranjera llegue y se genere empleo y que seamos parte del mundo por medio de un café colombiano que nos sirve una empresa estadounidense, de cualquier forma, la idea es sentirnos satisfechos, y si un café lo logra, bienvenido sea. Lo reflexivo del asunto es poder ver la imagen de prostitutas (con todo el respeto que merecen) que se puede dilucidar a partir de una fila por un café. En serio, como bien lo dijo La tripolar de twitter (@MsMauschen) “Esa es la gente divinamente de Bogotá q hace fila en un Starbucks y sale con su vasito como si se hubieran ganado el baloto, ya no hay moral” yo corregiría un poco la frase diciendo que no son los bogotanos, son todos porque seguramente los perfiles de Instagram de costeños, paisas, santandereanos y vallunos también tienen la foto del famoso vaso.

Es verdad ese dicho que reza que hay gente para todo, pero en serio que estamos llegando a límites extravagantes con razones muy sonsas. Por cierto, me voy porque quedé con un amigo que me invitó a su casa para tomar café, a lo mejor y hasta lo convenza de dejarme leer los primeros capítulos de la novela que está escribiendo, eso sí que es valor agregado, y no debo hacer fila para ello.

@YamidZuluaga

starbucks-coffee, kienyke

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