De piedra en piedra

17 de marzo del 2019

Opinión de Carolina Montoya

De piedra en piedra

Las comparaciones suelen ser odiosas; sin embargo, en la siguiente, ninguna de las protagonistas se va a sentir orgullosa, no están aquí porque merezcan un reconocimiento sino por ser las dos ciudades de Colombia con la peor calidad del aire.

Estoy hablando de Medellín y Bogotá y me gustaría aclarar para quien quiera meterle regionalismo al asunto, que nací, me crié y estudié en la primera, pero llevo 10 años viviendo y trabajando en la segunda, feliz, bien acogida y le estoy muy agradecida.

Bogotá y Medellín están en el ojo del huracán porque parece que llegó el momento de que las emisiones constantes, producto de su crecimiento económico, industrial y demográfico sin planeación, sin previsión y desorganizado, les pasen factura.

Las emergencias ambientales por la mala calidad del aire son la prueba irrefutable de que algo -yo diría que mucho- vienen haciendo mal. Y sucede que la una es nada más y nada menos que la capital de los colombianos, la sede de gobierno, la cosmopolita; y la otra es la cara del país ante el mundo cuando se habla de innovación y resiliencia.

Por eso sientan un terrible precedente cuando cada dos meses cualquiera de las dos tiene que prohibir a sus ciudadanos hacer deporte al aire libre, implementar pico y placa ambiental y suspender las clases de educación física en los colegios.

Esas escenas de avenidas cubiertas de nubes grises y gente usando tapabocas para coger el bus nos daban terror a todos cuando aparecían en periódicos internacionales ilustrando los extremos a los que habían llegado en China y por estos días abundan en nuestros medios locales.

Y aquí viene lo más odioso. Me cuesta mucho reconocer que mientras en Medellín el transporte público ya hace alrededor de un millón de viajes eléctricos al día, en Bogotá se hacen apenas un promedio de 16 mil, un poco más contando a los pasajeros de los 37 taxis sin emisiones que tiene la ciudad.

He aquí la gran brecha entre estas dos ciudades que atraviesan el mismo problema. Medellín, aunque tarde, empieza a reconocer en el transporte público una herramienta fundamental para reducir la contaminación y garantizar un aire más puro. Bogotá tuvo la oportunidad de hacer lo propio y la dejó pasar.

Es paradójico que un par de meses después de anunciar la renovación de la flota de transporte masivo por buses que funcionan con diesel y con gas, la capital del país ha tenido que decretar dos emergencias ambientales por mala calidad del aire.

Apurados y como si en verdad se tratara de algo accidental los funcionarios tratan de tomar medidas de último minuto para que las estaciones de monitoreo vuelvan al menos al color amarillo y por fortuna lo han hecho, gracias a la lluvia, al descanso de fin de semana de muchas fábricas y al pico y placa de último minuto.

Y no es que Medellín esté en mejores condiciones, porque tiene otros frentes de batalla bastante delicados en términos del transporte de carga, pero hoy se le puede reconocer que por lo menos en el transporte público se la está jugando de frente. Por ejemplo, hace poco anunció la nueva flota de 64 buses y 2.500 taxis eléctricos que llegará en el segundo semestre del 2019.

Entre tanto en Bogotá nos siguen diciendo cosas como que los vehículos diesel con norma Euro V y Euro VI no generan emisiones, lo cual es falso y hasta el momento no hay planes de favorecer a los taxistas que quieran un carro eléctrico.

Hay una esperanza y es la apertura de una licitación para que al menos una flota del Sistema Integrado de Transporte Público (SIPT) sea eléctrica, aunque no es claro el número de buses de este tipo que podrían entrar a la ciudad ni se puede apostar por el plan cuando es de público conocimiento que la salida del SITP provisional no se va a dar en septiembre y que los operadores están quebrados y hace años que mantienen la misma presión sobre el Distrito.

El transporte público es fundamental en la construcción de ciudades sostenibles pero admito que no lo es todo, ambas ciudades tendrán que dar la pelea por la chatarrización, por la prohibición de la circulación de camiones en el área urbana, por la micromovilidad -los nuevos medios y plataformas como: las patinetas o monopatines-, el uso extendido de la bicicleta etc.

Por este lado, aquí en Bogotá, ojalá en el futuro las decisiones sean determinantes y certeras para que no sigamos tomando medidas como en el popular juego de parqués: de piedra en piedra o de emergencia ambiental en emergencia ambiental.

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