De placeres culposos y novelas con carátulas repujadas

12 de mayo del 2011

Isabel leía novelas rosa de época cuando éramos chiquitas. Las carátulas tenían letras brillantes y repujadas y salían siempre damiselas en apuros con escotes profundos y un galán abrazándolas por detrás. Como en mi casa ese tipo de libros eran inconcebibles y al menos de que uno estuviera dispuesto a aguantarse la montada del siglo por parte de varios cultísimos e intelectualísimos lectores, cuando íbamos de viaje con la familia de Isabel, aprovechaba cualquier minuto para robarme sus libros y leerlos a toda carrera para poder saber qué pasaba al final antes de que me descubrieran. Las partes en las que se consumaba el amor entre la damisela y el galán sí las leía despacio.

Desde que yo me acuerdo, mi abuela-una mujer inteligente, amiga de artistas, académicos y periodistas, que sabe de cine bueno y esas cosas-compra la revista Vanidades todas las semanas. Es su placer culposo, junto con los chocolates que esconde en el último cajón del clóset, a pesar de estar siempre a dieta. También desde que yo me acuerdo, me las he robado para leerme la novela de Corín Tellado del final de la revista. Mis favoritas son las de las mujeres fuertes y profesionales que no creen en los hombres pero terminan profundamente enamoradas de un señor casado varios años mayor que ellas. Ese es un tema recurrente en la obra de Tellado y la historia siempre adquiere diferentes matices.

Aunque hace mucho tiempo no viajo con Isabel y las novelas de Vanidades han desmejorado desde que falleció en 2009 la gran María del Socorro Tellado, los diálogos de las novelas rosa me marcaron para siempre. Siempre he querido saber en qué tipo de relaciones las personas tienen conversaciones como: I. Ella: “Nunca te voy a dar un beso. Eres un hombre casado y yo, tengo principios.”  Acto seguido, ella, en un manifestación de osadía insospechada se lanza a darle tremendo beso. Él la besa devuelta y le responde algo así: “Desde que me dijiste que no me ibas a dar un beso ya sabía que habías caído rendida.” Se abrazan y suspiran por su amor imposible. Nunca más se vuelven a ver, ella consigue un novio de su edad, se casa, y es semi feliz porque siempre sueña con aquel hombre que la hizo ir en contra de sus principios. Fin.  II. Tras un baile de máscaras, hay un capítulo lleno de eufemismos para sexo tales como, “Su pantalón estaba abultado” “Ella temblaba pero no podía soltarlo” etc. En algún momento ella dice: “Poséeme”. Él responde pícaramente: “Querida, todavía no has hecho suficientes méritos”. El narrador sigue describiendo la escena con más eufemismos que uno no entiende de dónde sacan y eventualmente, él la “posee”. Se casan, tienen hijitos y son felices. Nos dan a entender que él siguió poseyéndola toda la vida. Fin.

En la vida real esas cosas no suceden. Las conversaciones son más sencillas. Ella y él dicen groserías como muletillas (cosa que jamás pasaría en Tellado o en las novelas de época de Isa), ella y él no tienen un arsenal de metáforas rosas para hablar de sexo sin eventualmente decirle a las cosas por su nombre  y sobre todo, no creo que uno pueda tener conversaciones así sin morirse de la risa en la segunda frase. Por eso, me seguirán intrigando de sobremanera las novelas rosa. Por la capacidad de estas escritoras (casi siempre son mujeres, o que me corrija Isa) de inventarse esos diálogos tan inverosímiles, pero sobre todo, porque secretamente todas las mujeres, hasta las que andan por ahí con cara de señorita intelectual, nos encantaría tener una conversación de esas en la vida real. Por lo menos una vez. Por lo menos para tener material para contarle a una amiga. O quién sabe, para estrenar un blog en un portal como Kienyke.

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