DEFENSA A LILIANA RENDÓN (LA CANTALETA COMO MALTRATO)

13 de agosto del 2011

Primero que todo quiero aclarar que nunca le pegaría a una mujer, que no quiero el regreso del ‘Bolillo’ y que, incluso, me gustaría que su sanción llegara a instancias legales. Mi defensa va a Liliana Rendón, que en su entrevista con Yamid Amat puso un tema sobre la mesa que me ha dado vueltas […]

Primero que todo quiero aclarar que nunca le pegaría a una mujer, que no quiero el regreso del ‘Bolillo’ y que, incluso, me gustaría que su sanción llegara a instancias legales. Mi defensa va a Liliana Rendón, que en su entrevista con Yamid Amat puso un tema sobre la mesa que me ha dado vueltas a la cabeza toda mi vida: ¿la cantaleta y la jodencia femenina no es maltrato hacia los hombres?

“Nosotros pa’ provocar estamos solas, somos muy necias, y cuando decimos ‘a fregar’ Yamid no nos para nadie, somos insoportables, insoportablemente agresivas y provocamos reacciones como la que tuvo el ‘Bolillo’ ayer”.

Y eso lo he visto en mi familia. Tengo tías casadas con almas de Dios que se han visto al borde del suicidio. Tengo una casada con un sueco, el hombre más noble, detallista, transparente, responsable y ético del mundo entero. Incluso, se parece a Papá Noel, y lo he visto agarrarse la cabeza sin saber qué hacer.

Pero también he sufrido con parejas paisas, santandereanas, bogotanas y costeñas que me han llevado a pensar en lanzarme a un carro para que me atropelle y salvarme de ellas. Con la santandereana terminé hace tres años, y continúa sus hostigamientos –somos muy buenos amigos, pero a veces se le va la mano–. La costeña sí fue más allá: intentó atropellarme, me echó de su casa por decirle cómo partir un limón, me dejaba solo en una mesa más de cuarenta minutos en las fiestas de sus amigos y familia, me regañaba cuando no lavaba los platos de su casa –de cien veces que cociné allí, los lavé no menos de noventa–, peleaba cuando le pedía que caminara una calle o dos para recogerla en un punto más accesible y al final me terminó con mentiras –de una vez, descalificaré todos los comentarios que me señalarán de resentido, de seguir enamorado y todas esas frases de cajón con que la gente busca derrumbar un argumento–.

Sé que nada de esto es motivo para pegarle a una mujer, pero creo que el maltrato va más allá de los golpes y pienso que debería existir una instancia en la que se puedan juzgar los crímenes de pareja: insultar y celar sin motivo alguno, dejar repetidas veces pelos en el jabón, orinar la tapa del inodoro y dejarla levantada; usar argumentos descabellados en una discusión, insultar cuando no se han esgrimido argumentos, esclavizar, obligar a ir a fiestas con amigos indeseables, hostigar sin descanso, humillar por dinero –se oyen sugerencias–. El juzgado podría estar constituido por un grupo interdisciplinario de psicólogos de todas las áreas: conductistas, psicoanalistas, sistémicos, logoterapeutas, músicoterapeutas y todos los “peutas” que sean necesarios. Las penas deberían ser monetarias o de gran contundencia y dolor para la psicología del infractor: subir a Monserrate de rodillas, quedarse sentado en la esquina del cuarto durante un fin de semana, caminar sobre brasas ardientes, hacer filas en entidades públicas sin motivo alguno, ir a misa de 6 a. m. todos los días a no menos de cien kilómetros de su casa durante tres meses –también se oyen sugerencias–.

Otro punto magistral que apunta Liliana Rendón es el de 30% para las mujeres en la Ley de Cuotas: “las mujeres no podemos ser relleno de ninguna lista, yo no estoy en el Senado de la República por ser mujer, y a mí ha tocado trabajar y moler muy duro”. Hace pocos días, mi hermano llegó indignado de la universidad porque en un concurso para elegir los guiones que se iban a rodar, el profesor dijo que uno debía ser de las mujeres del curso. Esa conducta, que busca inclusión, me parece que genera más segregación. Las mujeres no son ningunas tontas como para darles ventajas en una votación. Eso se hace con un minusválido o con un niño bajito que pretende pegarle a la piñata en una fiesta, pero no con una mujer. Más triste que los hombres que promueven estas iniciativas, me parecen las mujeres no se hacen valer y no dicen que no necesitan ayuda.

De hecho, si algún género necesita ayuda en el siglo XXI son los hombres, porque cada día entendemos menos a las mujeres. La revancha de las mujeres por la opresión masculina que gobernó al mundo por siglos –y tiene todavía vigencia en algunas dimensiones de la sociedad–, es la falta de claridad. Uno no sabe qué esperar de una mujer hoy en día, todas son más peligrosas que una ruleta rusa y cada día conozco más y más hombres con tedio y pereza de acercársele a una mujer por miedo a que, después de coquetear sin duda alguna, acepten que tienen novio, que están embarazadas o que vieron en ellos cara de amigo gay. Hoy más que nunca, la mujer es un misterio para los hombres.

El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez dijo en una presentación en Bogotá una frase que nunca se me va a olvidar: “las mujeres pueden mentir y morirse sin decir nunca la verdad. Un hombre no”. Por eso, felicito a Liliana Rendón, porque el primer paso para un trato igualitario entre géneros es aceptar los errores de cada uno, porque sólo así se pueden controlar.

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