Del Plebiscito, la élite y lo que le dé la gana

Del Plebiscito, la élite y lo que le dé la gana

14 de Septiembre del 2016

En el Conpes 3654/2010 se adoptó la Política de Rendición de Cuentas de la Rama Ejecutiva. Su objetivo: Consolidar la rendición de cuentas como proceso de diálogo permanente en el cual se destacan la trasparencia, la interacción y la retroalimentación entre “el Ejecutivo” y “el corrientazo”. Pilar básico de una democracia que se sustenta en el control político y social y de esa forma, limita a sus gobernantes en lo cotidiano, el día a día, la calle.

Lo que, en nuestra pobre democracia, se tradujo en el Día Nacional de la Rendición de Cuentas. Práctica que lleva 6 años la cual, en el 2016, se tradujo en una exposición sobre la política pública de paz por parte del Presidente de la República. Como se señaló en la invitación, “su propósito es resaltar buenas prácticas de rendición de cuentas, como medio para construir espacios de confianza y paz (…)”.

El Presidente, cabeza del Ejecutivo, narró lo relativo a negociación, contactos, agenda, medición del aceite a las FARC, fase secreta, puntos del acuerdo… etc., etc., etc., etc., y etc… Al abordar la modificación del umbral apareció la palabra mágica “arbitraria” y la acusación “castrochavista”. Frente a la pregunta del Plebiscito del 16, copiándose de De Klerk –“me robé la idea”–, señaló la forma aritmética en que surgió: Aprueba+Sí o No+Título del Acuerdo. Lo que siguió, en lenguaje presidencialista, permite leer la historia colombiana, traiciones y pecadillos mortales,

“La Corte Constitucional me dio el mandato, le dio el mandato al Gobierno, el Presidente tiene la facultad de redactar la pregunta que se le dé la gana, pero, eso sí, que sea clara y sencilla”.

 Lo de clara o sencilla, no se encuentra en la Sentencia C-379. Se halla, “no puede ser tendenciosa o equívoca”. Más allá de las interpretaciones sobre el texto, “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?”, no me detendré en esa disputa ya que la considero apropiada y la votaré, a pesar de los riesgos, SÍ –para quitar, siguiendo a Santos, la mula muerta del Conflicto Armado y ver como se afronta institucional y socialmente, dos cuestiones robadas y reprimidas desde la Colonia: la tierra y la participación política–. Por eso voté, a pesar de los riesgos –insisto–, por Pastrana en 1998 y Santos en 2012 (y en U, en el interregno).

La reflexión se centrará, promesa partidista, en el “se le dé la gana”. No porque considere que la frase, como lo señala Uribe, lo delate como maduro dictador. O porque, como lo expresan aliados de Santos, otro papayazo presidencial. Sino, otra perspectiva, porque refleja el estilo republicano en la vida pública de los gobernantes: las mentadas ÉLITES genealógicas.

En el evento, Santos (Juan Ma para sus cercanos) señaló, “Cuando yo veo algunas amigas mías aquí en el norte de Bogotá que dicen no, es que a mí la guerra no me ha afectado…”. Amigas, las de él, a las que ya había amenazado: “volver a la guerra y a la guerra urbana”. Y, por supuesto, de las que se quejó en El País de España: “No entiendo cómo mis compañeros de élite, porque yo pertenezco a ella, soy miembro de los clubes más exclusivos de la capital, se dejan desinformar sobre los beneficios de la paz”.

En esas frases se encierra el drama que nos ha llevado hasta la degradación de la empatía y se ha tornado en la búsqueda de todo colombiano por múltiples razones: la ciudad, el norte y los clubes (eso sí, lo exclusivo, lo rico y de clase, como lo había anunciado a propósito de la una reforma estructural impositiva, el Capital y no la capital). El resto: campo, sur y calles, en la soledad garciamarquiana, en el olvido del sol y la arena, en las guerras diarias. Por eso, ojalá que la concreción del SI permita no sólo cerrar 60 años de conflicto, sino concretar la esperanza de muchas generaciones de una revolución democrática de la política y la sociedad (¡aunque suene paradójico!).

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