Desierto y mar: La fe de un tigre

Desierto y mar: La fe de un tigre

8 de noviembre del 2016

Domingo de puente en Barranquilla. Cae la tarde y se levanta la fiesta. Hoy hay algo diferente en el aire. Y no es propiamente la certeza del inminente partido ante Chile que recibirá el Metro, ni la música de diciembre que comienza a apoderarse de los barrios populares de Curramba.

Algo pasa en el Cortissoz. Cientos de personas caminan con pasos largos hacia el aeropuerto. Es una procesión, y quienes van en ella en serio parecen tener fe. No importa la multitud, no importa el calor: Falcao ha llegado.

‘Ese no es’ – dice una de las voces femeninas que ha logrado ponerse en frente, superando el mar de carne y piel que separa el andén de las vallas de protección. Y es que Falcao ha cambiado desde la última vez que ella lo vio: han pasado más de tres años. En ese entonces el Tigre tenía melena y la leyenda decía que su violento remate era imparable, que él era inmortal.

Chile, como ahora, fue la víctima. Esa tarde Falcao fue el líder de una remontada épica que puso a Colombia en un Mundial después de 16 años.

Hoy no hay melena, hay barba. Ya Falcao no parece ser inmortal, pero sí el mejor de los humanos. Por eso, quizá, hay tanta gente, por eso la procesión: Falcao es del pueblo.

Teniendo la posibilidad de salir escoltado desde la pista de aterrizaje, como antes pasó, Radamel prefirió hacerlo caminando, por la misma puerta que los demás.

En sus ojos, el paso del tiempo. Las marcas de un desierto de dimensiones bíblicas que no solo lo dejó fuera del Mundial, sino que lo sumió en el bache más difícil de su carrera.

La imagen de Falcao congelándose en cuerpo y alma, en el banco de suplentes del Manchester United y del Chelsea, hizo que todos perdieran la fe. Todos excepto él.

Para Falcao, el mismo Dios que permitió su paso por el desierto, es el que hoy abre el mar de carne y piel en dos, para que él cruce triunfal. Y para que le recuerde a todo un país que un punto aparte no es lo mismo que un punto final.

Al final, la señora tiene razón: el que acaba de aterrizar no es el mismo Falcao que el de hace tres años. Es más grande, más fuerte. Y no necesariamente desde la potencia de su remate. La leyenda de Falcao -el mortal- ahora es sobre su corazón.

@JulianCaperaB

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