Despidiendo a un amigo

12 de enero del 2020

Por: Juan Restrepo.

Despidiendo a un amigo

Con la entrada del nuevo año y la puesta en práctica de esas metas de índole doméstica que solemos marcarnos por estas fechas, le llegó el turno a la despedida de un viejo amigo: el teléfono fijo. Un anticuado aparato que reposaba en silencio casi total en una de las estanterías de mi biblioteca.

A pesar de la aparición en el mercado hace años de artilugios más sofisticados, nunca sentí la necesidad de renovar aquella pequeña máquina de baquelita negra que me acompañó tanto tiempo.

Tenía exactamente treinta años, una edad respetable y más que suficiente para jubilar a mi callado amigo. Ya nadie te llama al teléfono fijo, y el celular o teléfono móvil es hoy el rey de las comunicaciones… Bueno, de los mensajes de texto o Whatsapp, porque ya no se charla por teléfono.

Al menos tengo fecha del adiós a este gran invento de Antonio Meucci, que todo mundo atribuye a Alexander Bell. Cosa que no ocurre con tanto invento de uso cotidiano que va saliendo de tu vida casi sin darte cuenta, como salieron las cartas con matasellos o las cintas casete, para citar solo dos ejemplos.

Y tengo fecha porque tuve que acudir a una oficina de la compañía y pedir comprobante de la gestión. Hacerlo a través del aparato fue imposible.

Primero llamé temiendo precisamente la resistencia del empleado de turno, y acerté. Aunque contaba con la segura oposición de mi interlocutor –interlocutora en este caso–, nunca me imaginé que su renuencia a cancelar el contrato que me unía con su empresa sería tan tenaz; ni que la conversación con aquella empleada tomaría unos derroteros tan extraños.

Después de apretar varias teclas, escoger en el rico menú de opciones que me daba una cinta, y de tener que oír las consabidas fórmulas que me planteaba una máquina, logré contactar con un ser humano. Un ser humano colombiano, claro, que en estos casos suele echar mano de unas pautas de bienvenida bastante cursis. Vean sino el saludo con el que me castigó una melosa voz femenina: “¿Cómo se encuentra en el día de hoy, señor Juan?”

Después de otras tantas frases de cortesía, solté lo que quería, que era desvincularme de aquel servicio; y ahí vino lo bueno, la primera pregunta impertinente. Pero yo estaba preparado para esa eventualidad: “¿Y por qué se quiere retirar, señor Juan?” “Porque me voy a vivir al extranjero”. Pensé que aquella respuesta había noqueado a mi interlocutora. “¿No desea traspasar este número a un familiar?” “¡No!”

Entonces Mónica, que así se llamaba la dueña de aquella voz edulcorada, contraatacó: “¿Y para dónde se va?” La réplica me salió espontánea: “Para España”. Estuve a punto de decirle: “Y a usted qué carajos le importa”, pero me contuve porque pensé que el interrogatorio terminaría ahí. Me equivoqué. “¿Y cuánto cuesta el pasaje?” Ahora el noqueado era yo, ésa no la esperaba. Ahí si pensé enviarla mucho más lejos de donde le mentí que iría, a ese lugar que rima con cuerda y que no es ni cerda ni lerda ni izquierda.

Necesitaba cancelar aquel servicio, había hecho acopio de paciencia y no estaba dispuesto a dejarme vencer. Pero está claro que el sistema busca agotarnos, que desistamos de nuestro empeño a como de lugar. Quiere derrotarnos, someternos, convencernos de lo contrario. Ningún empleado del servicio que sea, quiere que en su ficha personal figure la desaparición de un viejo cliente.

El interrogatorio delirante al que te puede someter una compañía telefónica, de televisión por cable o similares cuando quieres cortar con ellos, habría hecho las delicias de Kafka. Resignado primero, desconsolado luego y, finalmente, furioso, le tiré el auricular. Lo lamenté luego por mi viejo amigo, testigo de tantas horas de grata charla, confidente de tantos años, intermediario de inolvidables momentos (aunque algún disgusto me dio, todo hay que decirlo).

Me habría gustado un final menos abrupto para aquel aparato, pero desde que por su bocina empezaron a llegarnos tortuosas instrucciones para la gestión virtual de nuestras vidas, era previsible que terminaríamos a golpes con el invento, antes de tirarlo en algún rincón olvidado o definitivamente al cubo la basura.

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