Diatriba al funcionario medio (a propósito de la furia de Juan Gossaín)

28 de diciembre del 2011

Al leer la columna –no estaría tan seguro de llamarla crónica,  y ya veo un Simón Bolívar cantado– sobre la bodega de víveres para los damnificados del invierno que se pudrió mientras cuatro administraciones de Cartagena decidían qué hacer con ella, no pude dejar de pensar en Tajhgtmmar. No estoy seguro de que ella se […]

Al leer la columna –no estaría tan seguro de llamarla crónica,  y ya veo un Simón Bolívar cantado– sobre la bodega de víveres para los damnificados del invierno que se pudrió mientras cuatro administraciones de Cartagena decidían qué hacer con ella, no pude dejar de pensar en Tajhgtmmar. No estoy seguro de que ella se llame así, Tajhgtmmar, pero es algo por el estilo. Ella es secretaria de un sitio que no nombraré, y es un personaje real. Tiene un nombre enrevesado porque el día en que nació a sus papás se les ocurrió la idea genial de bautizarla con un nombre compuesto por cada una de las iniciales de los asistentes a su llegada al Planeta.

Así, desde el día en que respiró el aire de este mundo, Tajhgtmmar desarrolló una personalidad algo complicada, como su nombre, porque sólo para marcar sus cuadernos de preescolar debía seguir un riguroso proceso de memoria para no olvidar las letras de su propio nombre. Me la imagino ya un poco madura, cuando empezaba a darse cuenta del daño que le habían hecho, tratando de adivinar cómo carajos pronunciar su propio nombre, tratando de adivinar quién es. Y desde entonces, ella empezó a seguir todas las reglas, todos los conductos regulares, no fuera a perderse en un mundo que desde su nacimiento sus papás tuvieron a mal hacerle tan complejo.

Pero Tajhgtmmar, con su sobrepeso y su mirada amable, se convirtió en un ser abominable. Y no estoy diciendo que Tajhgtmmar merezca ir a la cárcel o que sea más mala que Salvatore Mancuso o Paulo Coelho. Pero Tajhgtmmar se convirtió en un ser abominable, de hecho, por ser tan buena, rigurosa y respetuosa de las reglas. Yo, por ejemplo, llevo seis meses de sufrimiento, en los que he tratado de pasar una cuenta de cobro que ella, por hacer bien su trabajo, me ha de devuelto en varias ocasiones. Le he pedido que me explique por qué debe hacerme pagar un millón de pesos a una EPS que ni siquiera me contesta el teléfono y que siempre me da Ibuprofeno por cualquier dolencia. Pero Tajhgtmmar, en su abominable nobleza con sus patrones, sigue las reglas al pie de la letra, y no responde mis preguntas, sino que recita los pedazos de la Constitución de este platanal inmundo para explicarme que debo dejarme robar de la EPS para que ella me pueda pagar. Y yo le pregunto, “querida Tajhgtmmar, ¿te parece justo que yo deba pagarle un millón de pesos a una EPS que no me contesta el teléfono para pedirle una cita?”, y ella me responde con toda la paciencia que le proporciona su abominable bondad, “le repito, según el parágrafo AZ34 de la Constitución [–de este puto platanal, diría yo, pero Tajhgtmmar no usa esas palabras–], debe usted hacer aportes a la salud por cada peso que gane”. Así, Tajhgtmmar nunca me responde la pregunta, porque ella, en la profundidad de su bondad, está de acuerdo conmigo, pero las reglas le dicen que no debe estarlo.

Yo me imagino esa cadena de mando Kafkiana para decidir qué carajos hacer con toda esa comida podrida en Cartagena, una comida en manos de una manada de funcionarios tan juiciosos como Tajhgtmmar –con nombres anacrónicos o enrevesados, nombres de esos que les gustan a los costeños– que, en su aspiración de seguir tan al pie de la letra las reglas, desafiaron las leyes biológicas de la naturaleza, hasta dejar podrir la comida.

En este caso triunfaron las leyes sobre la biología de los alimentos –siempre lo harán, creánme–. Los cuatro gobernadores deben tener todos los argumentos legales y formales para quitarse la responsabilidad y pasársela el uno al otro. Que no era el conducto regular, que la comida ya estaba podrida, que ese contrato estaba viciado y no quería dejarme enlodar por mi rival, todas excusas que enseñan en las más prestigiosas universidades del país –el primer nivel en la academia del delito de alto vuelto en Colombia–, y que funcionarios como Tajhgtmmar, juiciosos, aplicados, temerosos –y amorosos– de sus jefes, patrocinan.

Ante esto no hay nada qué hacer. El daño ya está hecho, la comida está podrida, dos niños murieron de hambre y los gobernadores tienen todos los argumentos legales para salir ilesos. Mientras tanto, yo seguiré tratando de cumplir los altos estándares de legalidad de Tajhgtmmar, para ver si antes de que la Fiscalía pueda desmovilizar al Erpac –porque eso sí, a los matones sí que hay que respetarles sus derechos humanos, y el resto sí debemos dejarnos violar por los taxistas y los ladrones de celulares–, yo tengo mi plata en el banco. ¡País de lameculos! ¡Ojalá el invierno nos mate de hambre a todos!

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