Dios en el cine: Aranofsky y su versión de Noé.

11 de julio del 2014

Hablemos de cine

Desde que internet se volvió tan popular, es común encontrarse con eminencias en todas las áreas del conocimiento. Unos se auto declaran expertos en moda, otros en sociología, otros en periodismo, algunos más osados se proclaman ellos mismos conocedores de medicina o derecho. Los que hoy me causan curiosidad son los sujetos y sujetas (como diría Nicolás Maduro) que gritan a los cuatro vientos directa o indirectamente que son especialistas en cine. Aquí vamos:

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Película en cuestión: Noah

Director: Darren Aronofsky

Elenco: Russel Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson, Anthony Hopkins

Presupuesto: entre 120 y 130 millones de dólares

La película cuenta la historia del profeta Noé quien construyó un arca por órdenes de Dios para preservar una pareja de cada animal sobre la tierra de un diluvio universal que tenía como objetivo destruir a todo ser viviente por la corrupción de la raza humana (siempre es por culpa de los humanos).

El mito compone parte de la historia religiosa contada por los católicos, cristianos, judíos y musulmanes.  El relato tal como lo conocemos tiene parecidos a los narrados por la religión mesopotámica en el canto del Gilgamesh en el que se hace alusión a un diluvio universal y el que se encuentra en el Popol Vuh de los mayas. Este es el punto de partida debatir la precisión de las creencias respecto las historias mitológicas llevadas al cine. No es un secreto que la mayoría de producciones fílmicas que tienen como asunto central dogmas religiosos, van a mantener siempre un margen de error al no poder tomarse a la biblia como guion principal.

El proceso de adaptación está siempre sujeto a la visión del propio director y la trama que se quiera contar. Tal es el caso de La pasión de Cristo (2004) que fue catalogada de antisemita. O Jesucristo superstar (1973) que involucra elementos de la vida moderna en un contexto bíblico.

Lo menos importante, en todo caso es el mito. Todos conocemos una historia diferente y por lo tanto esperamos algo diferente en la gran pantalla. Lo importante antes de hacer un juicio macabro y apocalíptico sobre la producción y salir de la sala de cine diciendo que es una “porquería” o como escuché hace unos días un “desperdició de presupuesto y elenco” es tener un precedente respecto al ojo que la filmó: el director.

Darren Aronofsky fue quien se metió en la vaca-loca de hacer una película que sabía de antemano que generaría tanta controversia. Este americano creció en una familia judía y aunque dice que no la práctica y que fue más contextual que ideológico, no hay que negar la influencia que los elementos sutiles e imperceptibles que nuestra niñez causan en la vida y visión del mundo.

Las películas de Aronofsky siempre han estado tocadas por su concepto sobre la muerte, la existencia y el misticismo. Eso lo podemos encontrar, además de Noé, en la película The fountain (2006) en la que por medio de tres historias diferentes, anda en la búsqueda de la inmortalidad incluyendo como objeto existente el árbol de la vida, que se encuentra en el Edén. En este filme se cuestiona la vida y una creencia de algo metafísico mayor de una forma conceptual parecida a la que utiliza Terrence Malick en la nominada al Óscar The tree of life (2011).

Aronofsky tiene dos tipos de películas en mi personal forma de analizar su trabajo. La primera son los mega filmes con un alto contenido de ciencia ficción y efectos especiales en donde se permite el capricho de hacer revolución a mano de las sensibilidades espirituales de todas las personas. Tanto en el The fountain como en Noé, que tocan temas de debate internacional, se da el lujo de decir lo que quiera como lo quiera y con los actores que quiera sin escatimar en preceptos, sugerencias o eslabones perdidos. Hace sus rellenos con lógicas absolutamente brillantes como la búsqueda en Nicaragua de un árbol por petición de la reina de España en The fountain (2006)

La segunda son las películas en las que poco hay de ficción y cosas sobrenaturales aterrizando en problemas  de la vida real. En estos casos, más que un impactante trabajo de efectos por computador, se centra en los personajes con una carga psicológica pesada.

Es muy cuidadoso al elegir a los actores porque más que interpretar un personaje, casi que exige ser esa persona, asegurando en todo caso un trabajo impecable y absolutamente creíble. Para argumentar esto, basta con ver la película El cisne negro (2010). La cuestión era sobre una bailarina de ballet ahogada en la danza. La perfeccionista y exigente Nina en la película obsesionada con su papel en el lago de los cisnes toca de una forma profunda el mundo del ballet con toques psicóticos del personaje que le valió a Natalie Portman (que por cierto tiene un título universitario en psicología, y tuvo un exhaustivo entrenamiento para adquirir el cuerpo de una bailarina real de ballet) un Óscar a mejor actriz. El director se acerca a este mundo de la danza por un vínculo muy personal: su hermana bailarina.

Dos años antes, en El luchador (2008), hace que Mickey Rourke parezca un contrincante de lucha libre derrotado y en decadencia. Aronofsky se centra en detalles fuera de la expectativa de la audiencia, como en la escena en que el luchador llora en frente de su hija diciendo que la ama o cuando va a la peluquería a que le tiñan el cabello para su próximo combate (nada más picante que un tipo con tantos músculos y ese aspecto agresivo sentado en una silla de salón de belleza pidiendo a la estilista que no le ponga tanto aluminio mientras echan rulo). Rourke fue nominado al premio mejor actor en los Óscar.

Más atrás, tenemos Réquiem por un sueño (2000). En esta oportunidad se mete al mundo de las drogas a través de sus cuatro personajes principales. La puerta que lleva al mundo psicodélico e irreal de los narcóticos es representado por imágenes rápidas como un ojo dilatándose, el consumo de cocaína sobre una mesa, una nevera, un televisor encendido y otras cosas dependiendo del personaje que se drogue en ese momento. Esto es parecido a la forma en que Noé tiene la visión del leviatán, estar en el agua viendo cuerpos muertos y despertando.  En Réquiem por un sueño, Ellen Burstyn fue nominada al Óscar como mejor actriz.

Noé es la versión de Darren Aronofsky sobre un mito que todos conocen, pero que agregando su propia perspectiva y sus fantasmas personales le imprime una sensación de angustia hollywoodense. Es su representación de un Dios que guarda silencio, de ángeles caídos. Como dijo Emma Watson en una entrevista “si se hubiera ceñido a la historia, hubiera sido una película muda de dos horas”. Como dijo Aranofsky en una entrevista: “buscaba hacer algo que todos pudieran identificar no sólo con la historia sino con las cuestiones y problemas actuales”. Como dijo Rusell Crowe en una entrevista: “Creo que hay muchas cosas en esta película para las personas con fe, sea cual sea ese tipo de fe, pero también hay muchos aspectos para las personas que tal vez no tengan fe”. Como dijo Jennifer Connelly en una entrevista: “no hay mucha información sobre la esposa de Noé en el relato, me basé en otras mujeres de la biblia y en lo que escribieron para mi personaje”.

Antes de salir a destrozar la película de Noé, hay que tener una visión aunque sea superficial de todo esto. El que quiera sentirse feliz con una historia religiosa debe ir y leer la biblia únicamente o pedirle al rabino, sacerdote, pastor o quien sea que dirija la película que él quiera ver. Por lo demás, Noé (2014) es un gran trabajo dramático con actuaciones creíbles e incursión de vacíos lógicos que Aranofsky no ocultó mágicamente por la gracia de Dios como en el caso de la construcción del arca. Era más fácil y ciertamente más divertido ver a los gigantes de roca ayudar en la construcción del arca, a que apareciera de una escena a otra una mega estructura de madera hecha por una familia de seis personas. O la particularmente cómica escena de Anthony Hopkins quien hace de Matusalén en su ardua misión de buscar una mora.

Es una versión maravillosa con detalles graciosos y una trama que se mantiene durante toda la película.

El cine es un producto de entretenimiento, también, al igual que la televisión, es una forma de enseñar, pero no se debe contar como verdades absolutas las lecciones que directores y producciones nos quieran compartir por el simple hecho de tener una obligación con la sociedad que escucha sus mensajes de una forma masiva. Yo confiaría en Aranofsky, después de todo, es un hacedor de nominados al Óscar. Eso debe decir algo ¿no?

La carga la compartió Emma Watson con su personaje de Ila con gran altura al lado de todos estos ganadores de Óscar y terminando con mi propia debilidad: Emma es mi personaje favorito.

¿Usted esperaba otro Noé?

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