Divine Children Trademark (R)

25 de mayo del 2012

“El Consejo de Estado negó las pretensiones de la Sociedad Salesiana Inspectora de Bogotá, que buscaba registrar como marca la imagen del Divino Niño Jesús” (www.dinero.com, mayo 24/12) Aunque soy pesimista, compro lotería de vez en cuando. La razón, no la sé. O, “sí la sé, mas no la digo”, como en el ritornelo del […]


“El Consejo de Estado negó las pretensiones de la Sociedad Salesiana Inspectora de Bogotá, que buscaba registrar como marca la imagen del Divino Niño Jesús” (www.dinero.com, mayo 24/12)

Aunque soy pesimista, compro lotería de vez en cuando. La razón, no la sé. O, “sí la sé, mas no la digo”, como en el ritornelo del poeta De Greiff. Lo cierto es que al doblar el billete y guardarlo en el bolsillo siempre le prometo a Dios que si me llego a ganar cualquier premio, así sea un “seco”, donaré la mitad del importe a la obra del padre Javier De Nicoló. Y es que éste buen salesiano –que Dios guarde para siempre-, de la estirpe de Don Bosco, ha hecho más por la niñez desamparada de Bogotá durante los últimos cuarenta años, que todos los gobiernos de la ciudad en su historia republicana. Dios, sin embargo, que sus razones tendrá para no confiar mucho en el suscrito, destina sus milagros por demanda a mejores causas.

Hago esta disparatada introducción para referirme a la comunidad de los padres salesianos, y resaltar su obra magnífica en beneficio de la juventud, ya no digamos bogotana, sino colombiana, desde su establecimiento en el país a finales del siglo XIX. De ello dan cuenta más de cincuenta encomiables instituciones entre educativas y religiosas diseminadas en el territorio nacional. Los colombianos le debemos agradecimiento enorme a la Sociedad de San Francisco de Sales.

Ahora bien, frente a este panorama de servicio desinteresado digno de admiración, nos llama la atención el hecho, acaso banal, de que una de sus obras cristianas, la del Santuario del barrio “Veinte de Julio”, en Bogotá, hubiera tenido la pretensión terrenal de registrar como marca la imagen del “Divino Niño Jesús”, ante la Delegatura de Propiedad Industrial de la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC por su sigla). Es decir, como sucede con las marcas “Adidas” o “Nike”, sin ir más lejos.

Curioso esto de registrar la marca de una imagen objeto de veneración religiosa. De hecho, una de las razones que tiene un industrial para registrar una marca es que los eventuales clientes identifiquen su producto y lo recuerden, “de forma que puedan diferenciarlo de uno igual o semejante ofrecido por otro empresario” (SIC). Pero pretender registrar una imagen religiosa objeto de culto popular me parece una exageración. O dicho de otra manera, resultaría bastante prosaico que los feligreses prefirieran comprar la imagen del “Divino Niño del 20 de Julio” en lugar de la del “Niño Jesús de Praga” por cuenta de un marca industrial, de una devoción registrada. “Cocacola” o “Pepsicola”. “Mercedes Benz” o “BMW”.

Yo no me hallo comprando en los “agaches” de la calle veintisiete sur una novena con la imagen pirateada del Divino Niño. ¿Qué sucedería entonces?, ¿dejaría de cumplirse mi petición por la carencia de méritos de una infancia apócrifa? No entiendo. Tampoco me imagino la congestión que habría en los despachos gubernativos competentes si a las comunidades religiosas se les ocurriera un día registrar como marcas industriales, pongamos por caso, las imágenes de las once mil advocaciones de la Virgen María.

Al Divino Niño, como a los niños geniales, le acontece en este caso que sus padres orgullosos pretenden administrar su talento con la mejor buena voluntad, pero no siempre con acierto. Justifican su fallida pretensión los nobles salesianos del Santuario del 20 de Julio (según la nota de prensa), aduciendo que “demandaban tener el control de la imagen y así defender su significado religioso y evitar que se utilizara indebidamente o atentando contra la moral y la fe cristiana”. Sin embargo tal medida sería inane para evitar el mal uso de la imagen del Divino Infante. El niño sonrojado y regordete de los brazos abiertos, “el amigo que nunca falla”, ha trascendido desde hace más de un rato las fronteras del culto religioso para convertirse en un ícono de la cultura popular.

Convendría más a los salesianos del Santuario del 20 de Julio seguir propagando la devoción al Divino Niño con su inveterado ejemplo de solidaridad y servicio (o caridad cristiana, como la quieran llamar), en lugar de acudir al expediente metalizado y capitalista de la propiedad industrial.

(Créditos foto: www.ucrostravel.info)

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