Documento 1

18 de agosto del 2011

Falta media hora para la medianoche. Hace frío y llueve un poco. Acaba de dañarse la televisión por quinta vez en la semana y no tengo sueño. Siento que quiero escribir, que estoy lista, que la pesadumbre y la cabeza loca de estos últimos días me deja pensar. Álvaro me habla por Facebook, Mauricio por […]

Falta media hora para la medianoche. Hace frío y llueve un poco. Acaba de dañarse la televisión por quinta vez en la semana y no tengo sueño. Siento que quiero escribir, que estoy lista, que la pesadumbre y la cabeza loca de estos últimos días me deja pensar.

Álvaro me habla por Facebook, Mauricio por Skype y recibo algunas mentions por Twitter. Antes de que se dañara la televisión, escuchaba de fondo algo de electrónica en el Canal Uno. Tengo la luz encendida, y Canela y Niño, mis perros de 7 años y 4 meses respectivamente, duermen.

La cama está destendida. Me pregunto ahora qué voy a escribir. No me atrevo a hablar del Bolillo, porque todo el mundo está harto del Bolillo y es un tema, en mi opinión, tan sensible, que no se debería hablar por hablar. Aparte, ya los columnistas más importantes de este país hablaron de eso, y no me considero tan importante para emularlos.

Escribir es un ejercicio peligroso. No lo tomo a la ligera porque es así como saco tantas cosas de mi alma. Desde adentro. Puedo jugar con las letras a mi antojo y hacer fiesta, pero hacerlo muy seguido puede ser perjudicial para mí. Salen los recuerdos que no recordaba, aparece gente en la que hace mucho tiempo no pensaba, escribo historias que no había pensado nunca y sueño sueños que nunca había tenido. También está el riesgo de ser cursi, como en la frase anterior.

Han pasado 8 minutos desde que abrí el Word y empecé a escribir. Sigo dando vueltas. ¿A quién puede interesarle esto? Álvaro me insiste que escriba más seguido. Mi papá me dice lo mismo. David desde Cali me dice que escriba sobre Uribe, o sobre los descarados precios de la gasolina, o que organicemos una marcha a favor del aborto o algo así y escriba sobre eso. Muno me dice que hable sobre él… Podría hablar de los gurrecitos de Daniel Samper o de las medias de Piolín de Gina, o de las inclinaciones nazis de Coco o la clasificación de Brasil. Pero nada parece importante. La realidad me aburre. Nada parece inquietarme demasiado como para sentar mi voz de protesta o para indignarme tanto. Todo parece normal, claro y diáfano, como cuando apenas amanece en Cartagena y no hay calor y todo duerme, menos yo. Hay que darle espacio un poco a la imaginación. En estos momentos, escribo por escribir, lo admito. No estoy pensando mucho, y pido perdón de antemano. Pero a veces hay que descargarse, así, sin tanto adorno. Desrealizarse.

Hace mucho tiempo, cuando me gustaba escribir para mí, en aquellos diarios que todavía se pasean por ahí de cajón en cajón, apagaba la luz, cogía un cuaderno y escribía lo que me daba la gana. Al prender la luz, aparte de palabras cayéndose por los renglones chuecos, veía tantas verdades en mi cara que me asustaba. Algunos dibujos mal hechos también (claro que nunca aprendí a dibujar entonces era de esperarse). Me veía enamorada y llena de odio, a veces feliz y otras al borde de la desesperación. Me veía repitiendo frases maniáticas alrededor de una hoja o guardando silencios largos a través de interminables puntos suspensivos. Escribir es la brutalidad del subconsciente atravesándose entre el cerebro y un lápiz, sin intermediarios. Es la capacidad de encontrarte, de imaginarte, de revivir a unos y matar a otros. De celebrar. De recordar. De volver a sentir. De volver a ir, o de ir sin haber ido. Escribir es mi manera de enamorarme, la manera en que me enamoran. Es mi forma de cantar, es la única forma en que puedo llorar, en que dejo de pensar que hay un mundo allá afuera, o alguien esperándome en alguna parte. Las dolencias del cuerpo se me van, no pienso en la migraña recurrente en estos días, o la gastritis del fin de semana.

El archivo sigue llamándose Documento 1. No he llegado al punto ¿Hay que llegar al punto, siempre? ¿No es válido el placer por el placer?

El reloj de la sala ya dio las 12 campanadas pero el portátil me dice que faltan cinco minutos. Sigo escribiendo sin saber qué escribir. Me pregunto cómo hará Paulo Coehlo, que según leí una vez escribe un libro en un par de días o algo así. Independiente de su calidad literaria, es millonario y a la gente le encanta como escribe. Admito que sólo leí uno solo de sus libros, Verónica decide morir, en el colegio, y el resto me han parecido aburridos y los dejo a la mitad. Pero el punto es ¿un escritor, o alguien que quisiera serlo, debe ser medido por el volumen de sus creaciones? ¿Todo al por mayor? No lo sé. Quizás la presión de entregarle algo a la Editorial la semana siguiente te suelte la mano y así la vida te regale mil musas. Pienso en José Obdulio y recuerdo que en Twitter, varias veces al día, anuncia nuevas entradas a su blog. ¿Cómo harán Paulo y José Obdulio? Me pregunto si debería envidiarlos. Pero siempre he producido a mi ritmo. Antes tenía la costumbre de escribir todas las noches, ahora es más de vez en cuando. Hubo años en que no escribí absolutamente nada. Es que escribir confronta, te pone de frente con vos mismo, y a veces eso duele. O siempre.

A Luis, que el próximo mes cumple 10 años de muerto, le encantaba como escribía yo. Aún me queda grabada la promesa que le hice, 15 días antes de que se suicidara, que algún día escribiría un libro y se lo dedicaría a él. Alguna vez intenté escribirle algo, pero nunca fui capaz. Se me borraban los recuerdos, se me olvidaba su voz, y al describirlo siempre me quedaba corta. Escribía dos o tres cuartillas y no podía más. Se me formaba un nudo en la garganta. Lloraba o me daba rabia, una de dos. Y tengo que confesarlo: me daba miedo confrontarme y confrontarlo, aunque estuviera muerto y tuviera su permiso para hacerlo real, para hacerlo ficción, para describirlo como yo quisiera. Tengo que escribir algún día sobre ese último 31 de diciembre en el que cantamos Tonight Tonight de Smashing Pumpkins mirando la luna en la finca de mis abuelos. Pero vuelvo y pienso que eso sólo me importa a mí y a nadie más y el ego y la razón me censuran y lo silencian a él, aunque no quiera. Sólo sé que ya casi es 16 y que debo escribirle algo, hacer algo, no sé, ¿homenajearlo? Quizás…

La televisión acaba de apagarse sola. Se cansó de esperar alguna imagen para mostrar. Ya es jueves. Recuerdo que le debo una historia a Carlos hace rato. Que debo escribirla pronto. Que tengo que comprar Las Mil y una Noches en la Librería Nacional pronto antes de que se agote. Afuera escucho los truenos apagarse uno a uno. Me acuerdo de Andrés, porque Andrés y la lluvia son lo mismo, y se me remueven adentro, y de nuevo, las ganas de irme para Bogotá el próximo fin de semana. No hay nada más para decir, aunque no sé si para escribir. Juan se va y empezó a llover. Hace frío, ya son las 12:30 y no encontré un tema para escribir en este blog. Prefiero cambiar de tema.

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