“Duelo” de una sociedad sin Duelo…

17 de enero del 2013

No se puede ser feliz sobre la desgracia del otro. O se puede, pero a costa de abandonar la ética: tenemos un deber para con el otro.

“La crisis del Humanismo no es superación sino Verwindung, exhortación en la cual el hombre es llamado a recobrarse del humanismo, a remitirse a él y a remitírselo como algo que le está destinado”. (Gianni Vattimo)

Una semana más en la que de vuelta no dejó de sorprenderme la actitud no tanto del colectivo, como de quien sobre ellos infiere. Los medios corporativos de comunicación masiva. Una semana que para quien les escribe; hizo de ésta, una compleja y una abierta lectura donde pude percibir la racionalidad de nuestros sentidos y que se pudieron poner a prueba cuando en éste tiempo transcurrido de siete días, pude ver a un pueblo y no un hombre hacer un juramento en las calles con la convicción de hacerlo no por él –el hombre-, sino por ellos; el mismo pueblo Venezolano, defendiendo así un modelo. Su modelo.

Algo así, no se podría ver en nuestro suelo, simplemente porque carecemos de los sentidos para poder jurar en nombre de algo que nunca hemos tenido: Dignidad. Prueba de ello, es que en este tiempo transcurrido pude leer y analizar cualquier cantidad de artículos de opinión sobre páginas enteras de medios escritos, como de medios audiovisuales, no tanto cuestionando moralmente la acción de gobierno sobre éste juramento colectivo, (en un país que aunque hermano, habría que recordar es extranjero y que si no lo recuerdan, tiene soberanía. Para mí, la mejor de las soberanías. La popular)  limitándose  en cambio como cuestión de fondo, a horas y días de difusión; a horas de escritura –de quienes así lo hicieron-, de lectura –mía y de quienes tuvieron que soportarlo-, así como de minutos-sino horas- de imágenes y voces en cadenas radiales, en la que la conclusión resultado de este análisis da cuenta del morboso sabor de alegría de quienes comentaban: sobre la muerte o de la proximidad de ésta, en quien todavía rige los destinos de este país. Lamentable condición humana –pensaba-, no podía creer que los medios hicieran apología a la Alegría ante la muerte de quien es considerado un enemigo –no sé si político, ideológico, cultural, no lo sé-, aunque en verdad, no es la primera vez que veo estas reproducciones en quienes son vistos de ésta manera, como enemigos –guerrilleros, guerrilleros y una vez más guerrilleros o sus “colaboradores”- en ningún otro enemigo vi tanta reproducción masiva de la alegría por la muerte de alguien, como la que se ve y percibe en un país, donde curiosamente el pan de cada día se acompaña de este sabor: a muerte.

Y como podría concluir esta semana de análisis de medios? Con la comparación que algunos –ocultos, desde los medios- comparan del modelo de gobierno que tiene la ciudad de Bogotá en este momento, con el que gestiona Hugo Chavéz en Venezuela, lo que no dejó de sorprenderme es no sólo la ironía, sino la complicidad de estos medios en hacer –a partir de operaciones evidentemente psicológicas- la alusión de que sino es por el camino de la destitución, es por otros “medios” en que Bogotá podrá salir de los “apuros” en los que esta está. Que inferían? La muerte del burgomaestre?. Nuevamente lamentable.

Qué tipo de seres y qué tipo de sociedad, nos construimos entonces? O nos construyen, sin darnos cuenta? O quizás sí lo sabemos, pero no nos moviliza esto? Qué tanta falta nos hace  el duelo en éste país –como dice Fito- de Pobres Corazones, aunque felices –según la encuesta mundial de países. En este país de cerca de 40 millones de víctimas. Victimas del oprobio, de los intereses económicos encubiertos en mentiras –por un lado- y en una guerra que – a pesar de quienes así lo nieguen- cumple 160 años. De Victimas de la mentira, de estos medios que contribuyen al conflicto –de intereses- entre Colombianos y a la ganancia –económica- de quienes se lucran, justamente con la mentira.

Es por esta razón, que quise dejar un poco al lado mis impresiones sobre el acontecer de ésta semana, para compartirles un artículo de quien aprecio y admiro: Dario Sztajnszrajber y en aunque fue escrito pensando en una situación particular, el contenido de su mensaje sigue vigente a diario; éste el mensaje que quisiera que ésta semana, compartieran conmigo.

“Duelo”

Por: Dario Sztajnszrajber

Duele. Cada vez duele más. Serán los años que acopian cada vez más muertos en la memoria. Serán las injusticias que cada vez se muestran con más brutalidad. Será que se vuelve cada vez más insoportable convivir con la sangre. Duele cada vez. Como una nueva herida que se suma. Como un lamento más sordo. Como la pérdida final de las utopías. Duele mucho, y lo peor es que ya nadie consuela. Los dirigentes se justifican, los políticos planean estrategias, los fanáticos se echan culpas, los soldados se disparan, los estados hacen cuentas. Duele la miseria, duele la violencia, duele la impotencia, y lo peor es que ya nadie consuela. Nadie, ni una voz que hable en nombre de los muertos de la historia, de los hombres asesinados por el hombre, de los derrotados. Nadie puede hablar porque cuando se explica no se entiende; y cuando se entiende, no hay palabras para explicar lo inexplicable. Nadie puede hablar porque hablar en serio es quitar un velo, romper el pacto de olvido, recordar que todo puede ser de otro modo. Ya no se trata sólo de los habitantes de Gaza hacinados en la pobreza extrema o del ataque a la flotilla, o de los qassam cayendo en los techos de Israel. Se trata de algo peor. Se trata de la complicidad silenciosa. Se trata de dar todo por supuesto como si nada pudiera modificarse. Duele darse cuenta que uno también es parte. Cada vez duele más. Dejar a Gaza en la miseria o dejar a alguien pasar una noche de frío durmiendo en la calle. Hay una misma lógica de indiferencia por el otro. Sacralizar la seguridad de mi territorio o edificar murallas en el barrio. Hay una misma fobia a la contaminación. Detener un barco a los tiros o pedir la pena de muerte. Hay un mismo culto al derecho a la violencia. Una mirada fragmentaria que cree que es posible resolver una parte sin la otra, cuando la ética es una y es universal: tenemos un deber para con el otro. Más allá de los nombres, más allá de los colores, más allá de las fronteras. Tenemos un deber con el otro cualquiera sea, porque “cualquiera”, como piensa Agamben, no es aquel que no importa, sino una singularidad que vale como cualquier otra. O como recuerda Espósito, los derechos humanos son del hombre en tanto hombre y no en tanto sujeto jurídico o ciudadano o consumidor, o palestino, o israelí. No se matan personas, pero tampoco se las deja morir. No se puede ser feliz sobre la desgracia del otro. No se puede idolatrar lo propio e invisibilizar lo ajeno. O se puede, pero a costa de abandonar la ética: tenemos un deber para con el otro cualquiera, pero más con el que sufre. Y hoy el que más sufre es el palestino. La debilidad exige que la puerta sea abierta por quien administra la llave y convoca a esa paz del desierto, donde no hay casas sino tiendas, y en las tiendas no hay puertas, sino hospitalidad. Una apertura donde no hay el propio y el extraño, donde todos somos extranjeros.
Por eso duele cada vez más. Duele cada muerto en el ataque a la flotilla y cada muerto del bloqueo a Gaza, como también duele cada muerto israelí de cada atentado terrorista y cohete que cae. Por eso duele que a Israel se le exija un comportamiento ejemplar, como si los judíos debiéramos rendir examen de buena conducta para justificar nuestra existencia. Y por eso mismo duele el discurso legitimatorio del gobierno de Israel sobre las acciones de violencia, tanto como su negación a avanzar en la construcción de un estado palestino.
Duele cada vez más. Hay duelo. Son días de vestiduras rasgadas.

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