Economía de gestos

22 de junio del 2019

Opinión de Antonio Pinilla

Economía de gestos

Trasnochada por tanto trabajo, Amanda tomó su desayuno rodeada de libros. Entre portadas de colores y tapas duras, había manuales, novelas, códigos, biblias, ensayos, cuentos, comics y sagas, abrió uno de los libros y con cara de sueño leyó, “hay gente que se niega a sentarse en las primeras filas cuando actúo” de un libro de Dario Fo. No nos soportamos, son sólo babas- se dijo a sí misma, con la boca llena de cereal azucarado de colores. Lo dejó a un lado y tomó un libro de Milán Kundera, lo abrió como por la mitad y leyó “pasamos el presente con una venda en los ojos, sólo cuando hemos pasado ese momento, podemos    quitarnos la tela de encima, voltear y ver lo que ocurrió”. Mientras masticaba pensó que el presente es cruel, porque lo más probable es que uno se choque con algo, así sea con una mala idea, y por más que lo trate de evitar no garantiza que no vuelva a ocurrir.

Cuando tocaron su puerta, Amanda se levantó y recibió una caja llena de libros. Eran Best-sellers. Sentada comenzó a esparcir mermelada de mora sobre una tostada. Se acercó a la caja, la intentó abrir, pero no pudo. Caminó en puntitas hasta la cocina y regresó con un cuchillo enorme en su mano izquierda. Apuñaló a la caja con ferocidad, pero ningún libro salió lastimado, sacó uno de un autor de apellido Gaviria. Lo abrió y leyó “El poder más grande era otro: el de hablar y ser escuchado, escribir y ser leído. El poder reside en la plataforma, en la audiencia asegurada y el uso del lenguaje.” Inmediatamente Amanda recordó el absurdo de que hace dos siglos hablar en latín en Colombia era una demostración de inteligencia, de estatus, y se preguntó dónde lo había leído, mordió el último bocado de tostada y expresó ¡fue en Del Poder y la Gramática de Malcom Deas!

Amanda se levantó de la mesa y miró que eran las siete de la mañana. Estiró los brazos, bostezó y comenzó a escribir su columna. Ella  recordó que el mejor espejo de su oficio es el público, ellos al final, son los que la leen, para eso quería usar lo que tenía cerca como su mayor recurso. Organizó los libros que abrió y ojeó en una página la frase “economía de gestos”. Finalmente sus ideas fueron inspiradas por el cansancio de la noche anterior.

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