El abogado del diablo

13 de mayo del 2013

Hoy somos mejores. Tenemos una santa nacida en Colombia. La madre Laura Montoya, una religiosa antioqueña que se ocupó con misericordia de los pobres y los racialmente discriminados en una época en que la pobreza y la discriminación racial eran, si se quiere, peores aún que en estos tiempos de tutelas y ley de víctimas, […]

Hoy somos mejores. Tenemos una santa nacida en Colombia. La madre Laura Montoya, una religiosa antioqueña que se ocupó con misericordia de los pobres y los racialmente discriminados en una época en que la pobreza y la discriminación racial eran, si se quiere, peores aún que en estos tiempos de tutelas y ley de víctimas, fue sin duda una mujer de gran corazón y con una vocación comprobada para ayudar a los necesitados. Y hoy, además, se convierte en la causa de nuestro fervor popular y en la excusa perfecta para que Juan Manuel Santos y Santas y su emperifollada esposa vuelen gustosos al Vaticano a besar el anillo pontificio (que antes era de oro pero ahora es de pura hojalata, o algo por el estilo) y a bromear en español con el papa Bergoglio. Uno de esos escasos momentos en la vida nacional que crean un estado de ciego éxtasis entre la población, sobre todo entre aquellos quienes más necesitan de lo místico para sobrellevar la carga infame de su vida injusta: los pobres y los racialmente discriminados.

Porque, ¿cómo no llenarse de orgullo al saber que por fin el Vaticano ha puesto sus ojos en Colombia (en el pequeño pueblo de Jericó, Antioquia, donde nació Santa Laura), y nos ha honrado con una curul en el venerable santoral de los más justos? Después de nuestro único premio Nobel, ya era hora de que un colombiano fuera reconocido a ese nivel, más allá de los éxitos terrenales del fútbol y la música, y ¿qué mejor que el honor de pertenecer a la distinguida selección de quienes vivieron y murieron en la gracia del Señor? Se trata de un empujón de esperanza para los deudos de quienes han muerto en tantos años de guerra, pues la guerra ha durado tanto como la ausencia física de la madre Laura, la sierva de Dios que murió un año después del Bogotazo pero no se fue del todo, pues su visio beatifica le alcanzó para curar un cáncer de útero (con la irrefutable prueba de un cuestionario enviado desde Roma por el Colegio Oncológico de Italia) y una enfermedad autoinmune del tejido conjuntivo. Cuánto nos habría gustado, Santa Laura, que hubieras evitado todos esos años de guerra desde que te fuiste, esos muertos y tanta sangre derramada en Jericó, y en Antioquia, y en Colombia. Pero Santa eres, y nos bastan tus dos milagros para llenarnos de fe.

Y sin embargo, en medio de tanto jolgorio místico, yo debo expresar mis preocupaciones, poner un manto de duda sobre todo esto de la canonización, y dejar en claro que, sin invocar mis opiniones sobre la religión o la fe sincera de todos ustedes mi hermanos, siento que todo esto ha sido el producto de un juicio injusto en el que no se le ha permitido el uso de la palabra a la razón. Así es, pues solía existir una figura que representaba a la razón en todos estos tejemanejes de la canonización, un noble defensor de la lógica y la ciencia frente la rampante superstición fanática de la magia de aquello que no entendemos. Y ese defensor, a quien se conocía por el nombre de promotor de la fe, pero que esta sociedad morbosa ha dado en llamar despectivamente el abogado del diablo, ya no existe. Ya no existe quien abogue en contra de los milagros, ese fiscal del caso que durante el juicio de canonización solía mostrar contundente evidencia en contra y tal vez incluso ofrecer explicaciones perfectamente razonables para los supuestos milagros. Así es, hermanos, el abogado del diablo ya no existe. Lo borró de un trazo el papa polaco con su constitución de 1983, y con ello se invistió de paso con el poder para nombrar santos a su antojo, como en efecto lo hizo. Nombró a 500 en el transcurso de sus veintisiete años como papa, un incremento exponencial en el número de santos que hasta 1978 sólo sumaban 98 canonizados en el siglo XX.

Y es por esto que digo, hermanos, que si nos apegamos al más mínimo sentido de justicia, e invocando la jurisdicción de los más altos tribunales terrenales, e incluso celestiales si el caso lo amerita, debemos impugnar esta decisión y apelar la canonización de Laura Montoya, pobre y bondadosa mujer sobre quien no recae la culpa del embrollo que han querido armar con su puro deseo de hacer el bien. No hubo nunca una contraparte que luchara en las cortes vaticanas por su derecho a ser una mujer normal, por su derecho a no convertirse en un instrumento más del deslumbrante circo de santos y milagros con que pretenden lograr que olvidemos los muchos problemas que aún tenemos por resolver, y de los cuales estos insaciables canonizadores son directos responsables. De paso, tal vez ganemos la causa de prohibir para siempre la canonización, para que los milagros dejen de hacerlos los muertos y comiencen a hacerlos los poderosos.

@juramaga

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