El arribismo que nos condena

El arribismo que nos condena

5 de Marzo del 2015

Al pobre Nicolás Gaviria, un empresario joven que ya ronda los 30, le tocó pasar este fin de semana un muy mal guayabo, después de haber protagonizado un enfrentamiento con unos uniformados de la Policía Nacional en la Zona T de Bogotá. (Video: http://bit.ly/1F5vveZ )

Aunque un amigo suyo, salió a decir que Nicolás “es un tipo calmado y que normalmente no es así”, eso por supuesto no iba a servir como expiación ante el gigantesco movimiento de indignación – o risa, ya uno no sabe-, que se había generado.

#UstedNoSabeQuienSoyYo se convirtió en twitter Trending Topic mundial. Esta vez ni la supuesta relación con el expresidente Cesar Gaviria lo salvó de la burla de todo el mundo. Para agrandar el oso, el ex mandatario salió diciendo que “ese tal vínculo no existe”.

Pero más allá de lo pintoresco del caso y de la vergüenza que le tocó vivir al supuesto sobrino del ex presidente por fantoche, esta historia es de todos los días en nuestra amada república tropical.

En 1962, en Neiva, un seminarista llamado Jaime Torres Ortíz se hizo pasar por un supuesto “embajador de la India” –cuando Colombia no tenía relaciones diplomáticas con ese país-. “Ustedes no saben quien soy yo. Yo soy Shri Lacshama (así dijo que se llamaba) y soy el embajador de la India” les dijo Torres a todos en la capital opita –incluyendo al alcalde-, quienes “ante tan distinguida personalidad” hicieron toda clase de agasajos y homenajes. La historia luego sería llevada a cine con la dirección de Mario Ribero. (Película: http://bit.ly/1ElPKq9 )

Que una persona le reclame a otra exigiendo un trato especial por cuestión de “clases”, parecería algo poco normal. Sin embargo, la verdad es que ese arribismo ha sido latente en nuestra cultura. Por ejemplo, cómo olvidar al Senador Eduardo Merlano exigiendo que lo respetaran porque “ustedes no saben quién soy yo. Yo soy un Senador de 50 mil votos”. En la justicia opera mucho ese falso fuero del “usted no sabe quién soy yo” o “de quien soy familiar”. No hay que mirar muy a fondo casos como el de Manzanera, Colmenares, etc.

Otra triste realidad nacional que nos recuerda Nicolás Gaviria es que, por más que queramos repudiar ese arribismo, expresa mucho sobre la cultura que somos. Por ejemplo, en algunos casos para conseguir un trabajo opera esa lógica. No es poco común ver a profesionales con grandes talentos desempleados o con empleos mal pagos y con jefes que a duras penas han superado el bachillerato. Los “dueños de las nóminas” –así se llaman ahora a los políticos- suelen tener un criterio más electoral que meritocrático y por lo general benefician más a personas que seguramente alardearán igual que Nicolás.

Es probable que ese arribismo haya sido tanto o más perjudicial que la misma corrupción. El camino hacia un país desarrollado está por erradicar costumbres tan mezquinas y dañinas como utilizar supuestas “posiciones sociales” para evadir una multa, conseguir un trabajo, tener beneficios, etc. Que no sea necesario decir “usted no sabe quién soy yo”, sino que lo que uno haga, hable bien de uno mismo.

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