El Atari del Procurador

17 de mayo del 2011

Cuando era pequeño, fui el primero del barrio en tener un Súper Nintendo. El primer día en el que invité a mis amigos a jugar a la casa, aprendí una de las mayores lecciones en toda mi vida, una lección de generosidad.

Mis tres amigos llegaron a la casa y yo tenía todo listo: Los dos controles de la consola frente a las sillas, el televisor viejo prendido dos horas antes para evitar que la pantalla se tornara azul e interrumpiera los partidos, papas fritas y gaseosa. Empezamos a jugar y sin darme cuenta me dejé llevar por la emoción de la competencia y mis habilidades adquiridas por la experiencia en el juego. Ganaba los partidos y el perdedor entregaba el control al siguiente participante, pero yo nunca perdía. No me di cuenta de que estaba acaparando el juego, y mis amigos se estaban aburriendo. Cuando ya anochecía y se acercaba el fin de la jornada, uno de ellos me dijo: “Déjenos jugar entre nosotros, usted va a tener el Nintendo para toda la vida y nosotros sólo este ratico”. Tanta sabiduría a los 9 años.

Yo solía coincidir con el señor Procurador Alejandro Ordóñez en que ciudadanos de segunda clase, como los homosexuales, tenían derechos limitados y diferentes a nosotros, la gente bien. No sólo me oponía al matrimonio gay y a la adopción, sino que pensaba que nadie debía emplearlos, atenderlos, determinarlos. Pero recordé mi Nintendo y cambié de opinión. Cuando mueran, tal y como nos dice la biblia, los gays no irán al cielo sino que irán al infierno. Arderán por toda la eternidad en las llamas del inframundo en un dolor intenso e interminable, y no la clase de dolor que a ellos les gusta. Estarán para siempre lejos de su familia, de sus amigos heterosexuales, de Dios. La única ventaja es que estarán rodeados de más gays, pero no creo que el Diablo les deje hacer nada. O tal vez el infierno es tan malévolo que no hacen sino tener sexo gay. Si es así, no creo que lo disfruten. Es el infierno, están castigados.

Mientras tanto personas rectas, bondadosas y creyentes como usted, señor Procurador, están destinadas a ir al cielo. No sólo habrá vivido una vida plena y feliz, en la que se casó con la mujer que amaba, tuvo el placer de criar dos hijas maravillosas, y luchó por la justicia para todos por igual, sino que cuando muera vivirá en la dicha eterna. Estará para siempre en el cielo, cantando, flotando y bailando entre las nubes, desnudo y rodeado de ángeles andróginos, como un episodio de Glee. Además no habrá gays, habrán pocas mujeres (pecadoras, impuras y quieren abortar), y muy pocos árabes, negros y amarillos infieles. Sólo blancos y mestizos. La única desventaja es que no podrá llevar consigo sus crucifijos y sus escapularios, porque dicen que Jesús todavía se asusta con esas cosas. Pero bueno, un precio pequeño por la eterna felicidad. Y no pensemos por segundo que el cielo no existe. Yo sé que Stephen Hawking negó su existencia, pero creo que alguien le hackeó la silla de ruedas.

Usted, Alejandro, que va a la Iglesia Lefevrista y reza en Latín, el idioma del cielo, debe saber esto. A los gays les espera una eternidad de sufrimiento, mientras que usted, desde su concepción y hasta la eternidad, será feliz. Entonces, ¿por qué no ser un poco compasivos, mostrar un poco de generosidad, y dar un poco de alegría en este mundo temporal a un grupo que, por amar a quien no debe, tiene un destino oscuro en la otra vida? Usted tendrá para siempre su Nintendo, que lo llevará a mundos fantásticos y llenos de imaginación, ¿Por qué no usarlo para alegrar a los gays por un pequeño instante en la eternidad? Sé que no deberíamos, señor Procurador, pero vamos, deje que los gays se casen, adopten, tengan derechos y que no sean discriminados. Concédales un poco de felicidad, présteles el Nintendo por un ratico, que usted lo va a tener para toda la vida. Y perdóneme por no hablarle de cosas más modernas como el Xbox y el Playstation, pero creo que su consola se está quedando un poco obsoleta.

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