El cantante que murió tres veces

27 de julio del 2011

Joe Arroyo murió a las 7:45 de la mañana del martes 26 de julio de 2011. Ni un segundo más, ni un segundo menos. Pero los medios de comunicación más importantes de este país lo mataron varias veces desde finales de junio, cuando se conoció que el cantante cartagenero tuvo que ser internado en una […]

Joe Arroyo murió a las 7:45 de la mañana del martes 26 de julio de 2011. Ni un segundo más, ni un segundo menos. Pero los medios de comunicación más importantes de este país lo mataron varias veces desde finales de junio, cuando se conoció que el cantante cartagenero tuvo que ser internado en una clínica por problemas de salud.
Desde que ingresó a la Clínica La Asunción, los rumores sobre su muerte fueron constantes en estos laberintos de la información y desinformación, lanzados a la estratósfera por las redes sociales. Muchos pusieron el clásico QEPD desde hace mucho. Los periodistas anunciaron su muerte en la cama de un hospital barranquillero, y aunque muchos no quisieron seguir el juego y guardaron prudente silencio hasta que las fuentes oficiales confirmaran la noticia, la avalancha de obituarios crecía desproporcionadamente con el pasar de los días. Muchos lectores se molestaron al conocerse que el cantante, aunque grave, aún vivía, pues salió a la luz, y en vivo y en directo, una constante feroz de los medios de comunicación modernos: el afán de chiva, el mensaje por el mensaje. Ya el medio es lo de menos. El pensamiento de Marshall McLuhan desvirtuado y desangrado. Lo que importa es llegar primero. Muchos, incluyéndome, nos sentimos ofendidos, avergonzados y molestos por el tratamiento de esta noticia en particular ¿Qué esperar entonces de los medios de comunicación de este país en situaciones más complejas, donde se necesite un rigor investigativo meticuloso y detallado? No sé responder esa pregunta.
La familia guardaba silencio. Era comprensible. La salud del Joe mejoraba y empeoraba con las horas, con los días. Los médicos trataron por todos los medios de respetar la privacidad del paciente moribundo y de su familia acongojada. Era su deber. Una figura mundial se moría en su Unidad de Cuidados Intensivos. Pero los medios contraatacaban. No iban a permitir que un par de médicos les arruinara la chiva. Por eso, empezaron a lanzar la noticia de su muerte en falso y a atacar frontalmente a su familia calificando de “sospechosa” la falta de noticias sobre la salud del cantante. Manipulación a todo color. De esa manera, obligaban a la familia, angustiada, a hablar. Los ponía contra la pared y sin más armas, salían desesperados a desmentir las noticias que llegaban desde el interior: el padre, el esposo, el amigo que aún veían aferrado a la vida, estaba muerto.
Nueve horas antes, el Joe ya había fallecido. Twitter, de nuevo, puso la corona fúnebre antes de que llegara la muerte al lecho del cantante cartagenero. El twitt (o trino) fue borrado de inmediato, al conocerse que, aunque grave, el paciente estaba aún en este mundo. La página web de dicho diario colapsó. Todos queríamos confirmar la noticia. Al saber, de nuevo, que faltaban a la verdad, no dieron explicaciones. De nuevo, la confusión invadió la red. El Joe agonizaba, y en Twitter se largaba una carrera de quién lo mataba primero.
La hora llegó. 7:45 de la mañana. Los pájaros carroñeros, por fin, tuvieron la primicia en sus manos. El cantante había expirado. Después de intentarlo tantas veces, por fin se confirmaba la noticia que venían cocinando desde finales de junio. Por fin sacaron sus obituarios lastimeros (que decían lo mismo pero con palabras cambiadas), rebobinaron el cassette de los conciertos felices, sacaron los acetatos viejos y empolvados del cajón de los recuerdos, mostraron su sonrisa grande en las fotos en blanco y negro, entrevistaban a los amigos de toda la vida que llegaban a verlo por última vez y se peleaban por mostrar la última vez que cantó, la primera vez que habló, la exclusiva de su vida. Había llegado la hora de lucirse. El muerto apenas se enfriaba y ya los medios de comunicación tenían completa su biografía, sus últimas entrevistas, sus carnavales felices. No habían empezado a llorarlo, y ya la noticia se regaba por el mundo entero.
El precedente que se fija con el tratamiento que se le dio a la agonía y posterior muerte del cantante Joe Arroyo es, desde todas luces, infame, y debería proponer un debate interno en los medios de comunicación de este país. Los directores de los medios deberían cuestionarse y pensar cómo trataron esta noticia y cómo sus deberes como profesionales también se fueron a la tumba.
Con la llegada y el auge de las redes sociales en el país, el periodista moderno tiene muchas más responsabilidades que antes. La inmediatez puede convertirse en ligereza, y sepultar para siempre la credibilidad y el apego a la verdad de los que debe ceñirse un medio de comunicación que dice ser serio. Antes, las noticias de hoy se publicaban mañana. Hoy, las noticias de hoy quedan publicadas en minutos en una página web. Los errores que los periodistas puedan cometer no pueden justificarse en la inmediatez de la información que se vive en el mundo moderno ¿Dónde queda la investigación, el contraste de fuentes, el ejercicio de pensar lo que estamos escribiendo? Ahora el periodista tiene quién le refute: el Internet y el uso de redes sociales hace que un ciudadano cualquiera pueda poner contra la pared al periodista mentiroso y calumniador. El periodista ya no es sólo dueño de la verdad, ahora tiene que defenderla. Y el único argumento válido que tiene en el bolsillo es la verdad. Nadie puede contra ella.
Las redes sociales son una trampa fácil. Una frase de 140 caracteres puede escribirse en minutos, pero la repercusión que tiene ésta es abrumadora. Borrar el mensaje no implica una rectificación, ni mucho menos el olvido. Los twitteros sabemos quién mató al Joe antes de tiempo, y podemos cuestionar la credibilidad de esos medios en coyunturas posteriores. Los pastorcitos mentirosos ya los tenemos identificados, y ya lo pensaremos dos veces cuando nos pidan que les creamos.
Por muy dolorosa que sea la noticia del Joe, y aunque muchos piensen que aún es pronto para sacar conclusiones, los medios están en deuda. Lo demostraron este último mes, cuando mataron 3 veces a un ser humano en 140 caracteres. Espero que no sea tarde y que los pastorcitos mentirosos aún tengan tiempo de reivindicarse.

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