El Cementerio Central: necrópolis a escala social

23 de agosto del 2011

Se puede tener una buena lápida como se tiene una corbata “Hermes”. Pero mejor aún si se tiene una cripta con una escultura de Tenerani o de Sighinolfi. Eso da estatus. Al ingresar al Cementerio Central de Bogotá en calidad de observador , esto es, sin el dolor del deudo y sin la indiferencia del […]

Se puede tener una buena lápida como se tiene una corbata “Hermes”. Pero mejor aún si se tiene una cripta con una escultura de Tenerani o de Sighinolfi. Eso da estatus.

Al ingresar al Cementerio Central de Bogotá en calidad de observador , esto es, sin el dolor del deudo y sin la indiferencia del difunto, uno advierte al rompe que en esta hermosa necrópolis  se repite la veleidad de los vivos que, aun después de muertos, quieren conservar sus privilegios. En el centro de la elipse (el cementerio está construido en forma elíptica), más cerca de la capilla y por ende más próximos al paraíso, se encuentran los lujosos mausoleos construidos en mármol de Carrara, piedra tallada y ornamentación, que parecen los más convenientes para los fieles difuntos de estrato seis. También descansan allí los huesos de nuestros próceres y ex presidentes, de notables e industriales, en fin, de la gente ilustre de la ciudad, o según dicen algunos: “de la gente bien” Como si no hubiera en Bogotá tanto ciudadano de bien, aunque escaso de dinero y apellidos.

Con todo, al leer las inscripciones de los monumentos fúnebres me parece estar ojeando la página social de una revista del corazón. Encuentro Pizanos y LLeras, Dávilas y Koppel, Michelsen y Portocarreros, Pombos y De Narvaez, Valenzuelas y McAllister, Schwartz, muy pocos Gómez, entre ellos Laureano Gómez, no faltaría más. Y no es que nos muramos menos los Gómez, sino que en el Cementerio Central los de ese apellido están un poco más lejos del paraíso; como quien dice, en los círculos del purgatorio de Dante a donde se llega por la soberbia o por los males de amor que hacen ver recto el camino torcido y, claro está, por el exiguo presupuesto que más se aviene a su condición de almas vergonzantes en tránsito a la eternidad.

Más allá, en los márgenes, aunque también podría decir sin temor a equivocarme, en “el más allá”, están los otros, los de inferior estrato social. Allí es común encontrar mausoleos colectivos y democráticos. Me refiero, por ejemplo, al edificio funerario del sindicato de barrenderos y trabajadores de la ciudad, cuya sobria dignidad nos da una lección de pulcritud en el oficio y en el alma. También están por esos lares, es decir, hacia la entrada occidental del cementerio, los sepulcros sindicalizados de los trabajadores ferroviarios, los proyeccionistas de cine, los vendedores de lotería, los voceadores de prensa, los panaderos, los maestros de obra y aun de los matarifes. Cosas así nos enseñan que el mutualismo y la solidaridad no sólo convienen en vida, sino que también contribuyen al “mejor estar” eterno, sin necesidad de contratar los onerosos servicios de asistencia integral prepagada (de moda por estos días), que van de la cuna al sepulcro.

Y aun más allá (sigo con el juego de palabras), porque hay un más allá, al menos en el Cementerio Central, en otro solar hacia el occidente, separado por la carrera diecinueve, están los columbarios con sus nichos vacíos donde alguna vez fueron inhumados los menos afortunados en vida, y donde hubo fosas comunes para enterrar a las víctimas del 9 de abril de 1.948, que fueron muertas a punta de cachiporrazos, puñaladas, machetazos, fusilamientos y tiros de gracia. En memoria de tales difuntos,  la ciudad, a instancias del Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán, erigió en el último rincón de lo que hoy conocemos como Parque del Renacimiento, un monumento bastante discreto. Como para no recordar nuestra barbarie.

Interesante museo este del Cementerio Central, que,  paradójicamente, podría incluirse en los “1001 museos que hay que visitar antes de morir”.

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