El contrabando poselectoral

17 de marzo del 2018

Para nadie es un secreto que en Colombia se roban las elecciones, y que el robo comienza con la compraventa de votos, que se hace aprovechando el hambre y las necesidades de la inmensa mayoría de colombianos. Buena parte de las clases populares que viven el día a día resultan vulnerables a la plata de […]

El contrabando poselectoral

Para nadie es un secreto que en Colombia se roban las elecciones, y que el robo comienza con la compraventa de votos, que se hace aprovechando el hambre y las necesidades de la inmensa mayoría de colombianos.

Buena parte de las clases populares que viven el día a día resultan vulnerables a la plata de la politiquería, obtenida del saqueo de los recursos públicos de la salud, la educación, la cultura, lo que profundiza las precarias condiciones de la gente, que sumida en la trampa de la pobreza se ve obligada a volver a vender el voto, cerrando un círculo vicioso de politiquería, pobreza y corrupción.

Lo que poco conoce la opinión es la forma como, al contar los votos, el robo continúa. El que escruta elige, dicen los que saben, y esto sucede por las cientos de modalidades de corrupción existentes. Como testigo electoral y en el marco de una campaña de voluntariado denominada Guardianes del Voto, tuve la oportunidad de ir a Corferias y lo que me encontré en solo tres días de observación y charla con otros testigos fue impresionante.

Lo primero que me llamó la atención fue la llegada de los votos en costales abiertos, que desembarcaban en taxi,  carro y camioneta bajados como cualquier bolsa de basura. ¿Quién nos asegura que en el camino no metieron bolsas completas llenas de votos de los politiqueros de siempre? ¿O que las bolsas no fueron abiertas y su contenido y los formularios reemplazados? La inquietud brota de la sola imagen.

Luego, al filo de la medianoche, llegó un concejal de los partidos tradicionales con cerca de 50 personas. Todos entraron como Pedro por su casa, a pesar de que ninguno tenía certificado de testigo ni autorización alguna. Preguntamos a la Policía quién había autorizado desmontar de manera selectiva y de un momento a otro el estricto control para el ingreso, y la sorpresa es que la orden había venido de la misma Registraduría.

¿Por qué a unos les impiden la entrada y a otros les abren las puertas de par en par? ¿Quién nombra a los registradores distritales y sobre todo a los auxiliares? ¿Hacen parte de directorios políticos? ¿Son cercanos a alguna campaña? Las sospechas emergen.

A las 12 de la noche se cierran las comisiones escrutadoras y los votos quedan nueve horas bajo la vigilancia de la Registraduría y la Policía, los mismos que dejaron entrar sin autorización al concejal y a su combo.

Al día siguiente, los testigos más expertos me sugirieron estar atento a las personas encargadas de la digitación de los votos, pues algunos resultan sumamente hábiles para sumarles a unos y quitarles a otros. Se trata de contratistas, no sabemos de dónde vienen, ni quién los postuló, ni cómo fue el proceso de selección. Solo sabemos que el testigo debe estar pilas, con los sentidos aguzados y los ojos bien abiertos. Una breve distracción puede ser suficiente.

En el juego del contrabando electoral entran funcionarios, jurados, contratistas. No son todos, por supuesto. Hay gente honesta y honorable, pero que los hay los hay, y no son pocos.

Formularios alterados, rayas (–) que indican cero votos transformadas en sietes (7), tarjetones no marcados convertidos por arte de corrupción en votos efectivos para el que pagó por el timo, todo vale. En cada escrutinio opera en Colombia el conocido milagro de la multiplicación de los panes y los peces. En una sola mesa vi cómo le aparecieron 80 votos de la nada a un candidato de los partidos de toda la vida. En fin, mil y una variedades de engaños y trapisondas, no perceptibles a los ojos de un ciudadano inocente.

Todo esto demuestra por qué el control del Congreso quedó nuevamente en manos de los mismos con las mismas y a merced de las casas políticas tradicionales, que continuarán su festín de corruptelas y el saqueo del erario.

Salta a la vista la urgente necesidad de reglamentar la ley que ordenó el voto electrónico, con lo que se reduciría considerablemente las tramoyas poselectorales. Eso sería por lo menos un avance, pues mientras continúe la compraventa de votos, seguiremos teniendo una falsa democracia. Una democracia de papel. Una democracia de timadores profesionales.

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