El estornudo israelí

15 de junio del 2012

Hece unos seis meses recibí este mensaje en mi teléfono celular: “tio me explicas xfa el cuento de palestina urgente pa una tarea gracias Tq muxo gracias”. Eran las dos de la madrugada en Tel Aviv y la conmovedora solicitud llegaba desde Panamá. Sonreí, bostecé y seguí durmiendo mientas confié en que mi sobrina ya […]

Hece unos seis meses recibí este mensaje en mi teléfono celular: “tio me explicas xfa el cuento de palestina urgente pa una tarea gracias Tq muxo gracias”.

Eran las dos de la madrugada en Tel Aviv y la conmovedora solicitud llegaba desde Panamá. Sonreí, bostecé y seguí durmiendo mientas confié en que mi sobrina ya se las arreglaría con Wikipedia o Google, los que, de paso, deberían informarle que tenemos ocho horas de diferencia.

¡Que pereza! Lo admito. Y no es la primera vez que me piden algo semejante. Confieso que no tengo paciencia para explicar aunque, paradógicamente, uno de mis sueldos proviene de hablar del mismo tema todos los días en la radio.

Y ya que abrí el departamento de anécdotas, vamos con otra.

Por cuenta de lo que sucede en estas tierras, hace un tiempo perdí un amigo, casi un hermano. Pero no seré amarillista, así que aclaro de una vez que no fue en ni en la guerra ni en un atentado suicida de los que tanto conocemos en Israel. Mejor dicho, tranquilos, ¡él está vivo!

Sé que lo está gracias a sus actualizaciones de facebook y a sus trinos en twitter, herramientas que, dicho sea de paso, por estos tiempos han pasado a administrar nuestra supervivencia, nuestros íntimos afectos, cumpleaños, opiniones, preferencias sexuales, romances, canciones, gustos y odios.

Mi amigo (así lo seguiré llamando, por lo menos en este escrito) está vivo y todavía no me odia lo suficiente pues, de acuerdo con la sabiduría popular de nuestros tiempos, “si no te ha borrado de facebook es porque no está tan emputado y porque la pelea no fue tan grave”, como sentencia sabiamente una amiga común.

 Fue en esa misma red social en la que, por cuenta de algún titular de prensa, él sentenció que Israel había enloquecido de soberbia. De nada valieron mis réplicas pues, el hombre llegó a la conclusión de que éste es un pais asesino.

 Yo tenía -como tengo- suficientes argumentos para hacerle saber cúan equivocado estaba, pero confieso que también aquí me dio pereza, perdí la paciencia para continuar una interminable controversia a distancia, y además no tenía suficiente café en la taza para dar una clase magistral sobre la solidez y legitimidad del sionismo.

 Curiosamente, gracias a (o por culpa de) lo sucedido con mi sobrina y con mi amigo supe que yo ya estaba cerca de entender a los israelíes y, más que ello, debí admitir que ya estaba en franco camino a convertirme en uno de ellos.

 Los israelíes son impacientes, acelarados y están convencidos de que el tiempo no es para desperdiciar. Ello lo percibí cuando estornudé por primera vez en estas tierras hace cinco años. Fue un día después de inmigrar, a las nueve de la mañana en mi primera clase de hebreo. Por supuesto, cubrí lo suficiente mi boca para que sonara como un susurro y me disculpé con una de las pocas palabras que traía escrita en un papelito: slijá.

 Tzipi, la neurótica profesora (todas aquí lo son, créanme) interrumpió la clase, dibujó una sonrisa cínica en su cara sin maquillaje y me dijo: “Te daré un consejo. Si quieres triunfar en Israel, estornuda con todas tus fuerzas y no pierdas tiempo disculpándote”.

 El israelí sabe que es acelarado, desfachatado, brusco, terco, directo, con mínimo tacto, atrevido y que no tiene tiempo para echarse perfume o maquillarse. Lo sabe y, de hecho, se siente orgulloso de ello. Tiene claro que estos defectos (para él son virtudes) han servido para transformar un desierto en un país de primer mundo en un tiempo récord de 64 años.

 Pero no se puede generalizar, no todos son iguales. Por lo menos eso escuché en un pésimo programa de radio (también hay pésimos programas de radio en Israel) en el que definieron cuatro tipos de israelíes:

 El primero, el que está ocupado rezando. Segundo, el que está ocupado en su servicio militar (tres años los hombres, dos las mujeres). Tercero el que ya terminó el tiempo del ejército y ahora esta ocupado fumando marihuana y conquistando hembras en Suramérica. El cuarto, el que está ocupado recibiendo un premio Nobel.

 Pero todos están ocupados, muy ocupados y lastimosamente no hay quien se ocupe de contar la historia como realmente es.

 Un isarelí no tiene tiempo, ni ganas, ni paciencia para controvertir y desmentir las verdades a medias, tergiversaciones, manipulaciones y hasta viles mentiras que a diario se publican en la prensa mundial sobre el estado judío. Mucho menos para explicar las motivaciones que hay detrás de las decisiones que aquí se toman.

 Ello lo entendí en una tarde de resfriado en la que, mientras trataba de dormir, un vecino israelí golpeó a mi puerta para pedirme un cigarrillo porque no tenía tiempo para ir a comprarlo. Terminamos sentados con dos tazas de café y tuve que hablarde de las mujeres bellas de Colombia, de Taganga, Cartagena y Medellín, debí calcular (es decir, inventar) los precios de la coca, la marihuana y del tiquete aéreo mientras él se fumaba casi todo mi paquete de Marlboro.

 Aunque el tipo era amable, yo prefería volver al sueño o por lo menos a ocuparme de mi resfriado. Con la esperanza de que se fuera le hice una pregunta de esas que a los israelíes les da pereza responder.

 Le pregunté sobre la causa del bloqueo a la franja palestina de Gaza. El tipo hizo cara de Tzipi (la profesora) y me respondió: ¿Qué se hace en Colombia cuando tienes un vecino que ha prometido matarte, destruír tu casa y todas las noches te tira piedras? ¿Acaso lo invitas a fumar y a tomar café? Lo siento, debo irme, no tengo tiempo ahora para explicartelo.

 Por cierto, se llevó el último cigarrillo que quedaba en la cajetilla. Y, claro, me dieron ganas de que me dieran ganas de estornudar con todas mis fuerzas.

Tel Aviv, Junio de 2012 (En mi terraza, con una buena taza de café)

Twitter: @azurychamah

E-mail: azurychamah@gmail.com

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