El fin del debate honesto

9 de agosto del 2011

Académicos, pensadores e idealistas nos han tratado de vender la idea de que una democracia prospera en una sociedad en la que se da el debate honesto, basado en argumentos sólidos, información veraz, datos verificados y retórica civilizada. Pero no podrían estar más equivocados. Lo que no entienden es que la política moderna no es […]

Académicos, pensadores e idealistas nos han tratado de vender la idea de que una democracia prospera en una sociedad en la que se da el debate honesto, basado en argumentos sólidos, información veraz, datos verificados y retórica civilizada. Pero no podrían estar más equivocados.

Lo que no entienden es que la política moderna no es como el boxeo, en el que dos ideas o dos visiones del mundo se enfrentan y gana aquella que sea más fuerte, ni tampoco una versión extraña en la que el ganador sea un hijo de ambos luchadores. La política es como la lucha libre, esa que veíamos cuando pequeños, un teatro en el que gana el luchador que más quiere la gente. Es como un reality de televisión, en el que no importa si sabes cantar, bailar o actuar, lo que importa es que la gente vote por ti. Y para asegurar esos votos hay que ganarse el favor del público, ganarse el cariño, y si esto no es posible, lo importante es hacer que nos odien menos que al contrincante. Y para lograr esto, hay dos pasos a seguir.

El primer paso es entender que la argumentación no necesariamente tiene que ser lógicamente coherente, simplemente tiene que ofrecer la percepción de coherencia. Un ejemplo de esto es la defensa que hacemos los uribistas de Andrés Felipe Arias. Cuando protestamos por su detención preventiva, ponemos en la mesa el hecho de que este joven no es, de ninguna manera, una amenaza para la sociedad. Y para defender su inocencia, decimos que este ilustre político jamás se robó un peso. Esas cosas son ciertas pero no vienen al caso, porque su detención preventiva tiene que ver con una posible obstrucción a la justicia por sus constantes visitas a sus subalternos presos en horas restringidas, y el cargo por el que se le acusa es peculado en favor de terceros, es decir, dejar que otros se roben la plata para posteriormente buscar un beneficio político y electoral. Estos argumentos son útiles para dar la ilusión de coherencia que pondrá de mi lado al lector desprevenido, porque debatir las razones reales podrá ser más honesto y debatible, pero menos persuasivo emocionalmente.

El segundo paso es ir por la yugular. Atacar. Acusar de parcialidad, conflicto de intereses, intenciones malévolas o simplemente insultar. Ponerme en el papel de víctima inocente, y a mi contrincante como un villano que quiere callar una voz patriótica, desinteresada, ética y sublime. Y es que hacer esto es bastante sencillo. Por ejemplo, si un juez toma una decisión con la que no estoy de acuerdo o que simplemente no me conviene, puedo mostrar su parcialidad fácilmente. Si hurgo lo suficiente en su pasado, encontraré, por ejemplo, que en tercero de primaria compartió un paquete de papas con sus compañeros de clase. Eso implica que el susodicho cree en la repartición de la riqueza. Eso lo hace mamerto, que es lo mismo que marxista comunista. Obviamente, todo comunista es de las FARC. Y si es de las FARC, es obvio que lo único que busca es acabar con la reputación de todos aquellos patriotas que defienden la seguridad democrática, con el único fin de destruirla y entregarle el país a los narcoterroristas.

Por eso mi corazón salta cuando veo en TV, revistas, periódicos e internet, que nos llamamos unos a otros “mamertos”, “fascistas”, “paracos”, “guerrillos”, “narcoterroristas”, “sicarios”, “bandidos”, “asesinos”, o “socialbacanería”. O también cuando escucho y leo cosas como que La Corte Suprema de Justicia es el brazo judicial de las FARC, que la Fiscal General de la Nación es una ficha de la mafia, que soy víctima de una persecución política, que en Venezuela no hay guerrilla – cosa improbable – o que el periodista que me denuncia es un impostor. Porque una vez hayamos terminado de demonizar, satanizar, cuestionar su imparcialidad, desacreditar e insultar a los demás, llegaremos al fin del discurso y el debate honesto. Una vez nos identifiquemos con un grupo y reconozcamos al otro como enemigo maligno y diabólico, jamás volveremos siquiera a leer o tener en cuenta sus ideas o argumentos. Simplemente atacaremos, como ya lo hacemos hoy, automática y visceralmente, con insultos y desacreditaciones. Las ideas nunca serán retadas y discutidas racionalmente, sino aceptadas o atacadas a ojo cerrado. Y ese es el estado ideal de una democracia, no sólo porque los dilemas se resolverán gracias al que más fuerte grite, cosa que es más fácil, sino que finalmente libraremos a la política de la carga de resolver, justa y equitativamente, los problemas que nos afligen como sociedad. Porque seamos honestos, ese ya no es el objetivo de la política y el debate. El único fin es mantener el poder, imponer agendas y ganar ventajas políticas sobre nuestros contrincantes. O simplemente nunca tener que enfrentar las consecuencias de nuestros actos, por más despreciables que sean.

@viboramistica

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