El Furor Político

22 de agosto del 2011

Y pensar que ahora es fácil tenerlos cerca. Luego, cuando el poder se les haya entregado, desaparecerán mientras legislan los restos de éste naufragio. Ahí están ahora, son del pueblo y para el pueblo. Te dan la mano, un fuerte abrazo, un beso en la mejilla –como un beso de Judas-, porque entienden lo mucho […]

Y pensar que ahora es fácil tenerlos cerca. Luego, cuando el poder se les haya entregado, desaparecerán mientras legislan los restos de éste naufragio.

Ahí están ahora, son del pueblo y para el pueblo. Te dan la mano, un fuerte abrazo, un beso en la mejilla –como un beso de Judas-, porque entienden lo mucho que te necesitan. Andan por la calle, como un transeúnte, como aquellos seres anónimos que se desplazan a diario entre la desidia y la desesperanza. Todos prometen el cambio, quieren trabajar para el pueblo, porque éste padece, y solo ellos pueden arreglarlo. El poder en sus manos, las soluciones a sus bolsillos. Pero necesitan de ti, es una verdad absoluta para ellos. Ellos que tienen ideales de mentira. Y es tú compromiso que puede hacer la diferencia. La diferencia para ellos, que si son diferentes. Y ahí estas, asistiendo a reuniones –algunas veces hasta se las organizas-, los escuchas absorto, y vislumbras que en sus palabras –que te parecen sinceras-, está la diferencia, el cambio que tanto anhelas. De esta forma transcurre todo, la antesala al poder: los que lo tienen y no quieren perderlo, los que lo buscan con ansias locas, los que toda la vida lo han buscado y no lo han podido encontrar, y nosotros: que lo perdemos, cada vez que lo entregamos a ellos.

Como una avalancha de ignominiosos, se lanzan a la búsqueda del poder. Aves de rapiña, parásitos que se reproducen, mientras que el organismo que han atacado se consume. Se trata de entrar, de asistir al magno evento de la investidura de poder. Alimentarse, reproducirse, aparearse. Propagarse como un virus. Hacer metástasis, y ver como todo el sistema es afectado por el cáncer de la politiquería y la corrupción. Una vez dentro, velar por la defensa de los intereses, no los del pueblo. Aquellos plebeyos, solo sirvieron como un trampolín, como un requisito previo para poder llegar. Ahora, lo más importante serán sus intereses, los de su familia –las familias de siempre-, los de las fuerzas oscuras, que aportaron su jugoso grano de arena, buscando libertades e impunidad.

Han sellado sus pactos y sus alianzas. Como una sociedad secreta, que tiene por objetivo la conquista del mundo. Y no importa lo que tengan que hacer para lograrlo. Sus actos no son medidos por las consecuencias. Las consecuencias, solo las padece el pueblo, que alguna vez les dio el poder. Y ahí están, un grupo de marginales sumidos en la pobreza –la pobreza, que ya es miseria-, aquella devastadora degradación del ser, que no tiene distingo de raza, religión, sexo, edad. A todos los consume por igual. Algunos, quizá afortunados, porque la muerte –solo la muerte-, puede arrancarlos de ella, con su último suspiro. Se van, a un rumbo desconocido sin saborear el cambio tan prometido. Otros, con menos suerte porque apenas empiezan la vida, tendrán que padecer, ya no solo sus padecimientos, sino también de los que antes estuvieron. Cruz tras cruz. Peso que se hace más pesado. Vida que se extingue, en un lapso de miseria. Hasta cuando esta carga podrá ser soportada.

Siguen ahí, al parecer nada les importa. No renuncian, no claudican. Tienen hambre y sed. La avaricia los domina: son victimas y victimarios. No una dicotomía. No una paradoja. Son una perfecta ambigüedad: reales y falsos. No usan un antifaz, no tienen necesidad de hacerlo. Gozan de inmunidad, esa misma que el pueblo les ha dado. El albedrío al haberlos elegido. Pueden hacerlo todo y no pueden hacer nada. Que más da, ya todo se ha consumado.

La recta final se aproxima, el ser enfrentado a la decisión. Rostros que se presentan sumisos, acompañados de símbolos. Los mismos símbolos eternos, de la eterna degradación. De una sociedad que se consume, desde un discurso apopléjico, adormecedor. Desde las promesas que nunca serán cumplidas, porque ya no es necesario hacerlo. Estas deberán prolongarse por un periodo más, porque cuando de nuevo llegue el momento. Cuando el furor político abra sus fauces para deglutir al pueblo, ¿qué necesidades habrá, para pisotear la dignidad?

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