El iracundo

11 de octubre del 2019

Por: Juan Restrepo.

El iracundo

Hace años, antes de emprender mi primer viaje a Portugal, un amigo buen conocedor de aquel país, de sus gentes y costumbres, me hizo una advertencia: “Cuando estés dentro de un transporte público –autobús, funicular o tranvía–, si oyes que a tus espaldas están rezando, no hay tal cosa. Será alguien que pretende salir y te está pidiendo muy educadamente que lo dejes pasar con la fórmula ‘faça o favor’”.

En España, donde la gente tiene un hablar más recio (que los colombianos suelen confundir con mal humor o mala educación), también se acostumbra preguntar a las personas que están cerca de las puertas dentro de un transporte público o en tu camino hacia la puerta, si van a salir. Las únicas dos opciones de respuesta son: o te dicen que sí y salen contigo, o te dicen que no y te ceden el paso.

En Colombia, un país dominado en un alto porcentaje de la población por la iracundia y desconfianza de sus gentes hacia los extraños, encontrar obstaculizada la salida de un servicio público –ya sea en un bus bogotano o en el metro de Medellín– suele dar pie a una situación curiosa: la gente empuja en silencio y sale como los animales de un establo.

Si se te ocurre, como suelo hacer por la costumbre adquirida en Europa, preguntarle a algún anónimo compañero de viaje si también va a salir, puedes encontrarte con una situación desagradable. Las opciones de respuesta son: una, cara de asombro y estupefacción del interrogado; dos, contestación desabrida con el correspondiente monosílabo y tres, lo que me sucedió esta semana.

Le pregunté en el metro de Medellín a un tipo que obstaculizaba la puerta, si iba a salir. Se volvió hacia mí con cara de energúmeno y un aire tan ofendido como si le hubiese mentado la madre. “¡Yo también voy a salir!”, gritó con gesto desencajado.

No sé bien por qué pero me recordó a Puñaleto, un famoso exalumno del Instituto Jorge Robledo de esta ciudad, así llamado en ese centro de estudios por sus arrebatos de iracundia, que luego trasladó al campo de la política nacional.

Una señora que presenció el ataque de cólera de aquel viajero, y que salió en representación de esa otra Colombia que desea el diálogo y no está todo el día con la piedra salida como se dice por aquí, comentó en voz alta: “Pero si es cosa de educación”. “¡Pues por eso estamos como estamos en este país, señora!”, le replicó el irascible pasajero.

Su razonamiento no se entendía muy bien pero sin pretenderlo, el hombre dijo una gran verdad. Este país vive al borde de un ataque de nervios colectivo por la irascibilidad y mala leche de buena parte de su población.

Siempre he creído, y así lo he contado aquí alguna vez, que en los países de tradición judeocristiana suele haber uno o dos pecados capitales que son como el motor de su sociedad: en España, en Serbia, en México, en Francia, en Italia, en Filipinas, en fin, en casi todos los países que identifican esos siete vicios rechazados por la moral cristiana, hay alguno que se ha colado como seña de identidad nacional. En Colombia, lo tengo muy claro: la ira y la codicia.

Este país tiene fama de violento, y los extranjeros suelen asombrarse de que “un pueblo tan aparentemente educado” sea tan ubérrimo a la hora de mandar paisanos al otro mundo. Las cifras son estremecedoras. En lo que casi nadie repara es en que muchas veces, previo al acto de violencia, aparece ese arrebato, ese ímpetu que es como una impronta del carácter nacional.

Mi solidaria y espontánea compañera de vagón de metro comentó, esta vez en voz baja no fuera a ser que aquel incidente terminara en un hecho de sangre: “No sé por qué hay tanta gente que anda con ganas de pelea”. Le agradecí con una sonrisa y no le dije nada, pero yo sí lo sé.

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