El Metro de Bogotá

25 de mayo del 2019

Opinión de Camilo Villegas

El Metro de Bogotá

Anoche soñé que llegaba a una ciudad fantástica a la que llamaban Bogotá. Varios de sus millones de habitantes se movilizaban en el interior de una red ferroviaria que daba servicio a la capital colombiana y a su área metropolitana. Fue inaugurada el 26 de octubre del año 2230 por el presidente Gustavo Petro y actualmente es la red de metro más extensa de Suramérica, con una longitud de 494 kilómetros. Bogotá contaba con extraordinarias vías por donde transitaban carros y motos de alto cilindraje, estos maravillosos vehículos alcanzaban velocidades siderales, era alucinante. Pero extrañamente permanecían inmóviles con el motor encendido frente a semáforos que les guiñaban los ojos completamente ajenos al caos vehicular. A pesar de ello, conductores y pasajeros se notaban alegres dentro de sus aparatos importados de otras latitudes. Unos aliviaban la espera llegando hasta lo más profundo de sí mismos a través de los orificios nasales, otros se engañaban inconscientemente mientras revisaban sus redes sociales. Entre los espacios formados por las barandillas sobre ruedas, marchaban diferentes grupos de manifestantes que se enfrentaban a la policía de turno. Hermanos chavistas pedían limosna y comercializaban con inciensos, golosinas y ambientadores con olor a coco. En esquinas estratégicas se encontraban enormes máquinas, con aspecto de animales prehistóricos, cavaban zanjas y construían torres en las que de a poco a poco iban apareciendo obreros.

Decidido a conocer esta urbe, tomé la línea 8 del Metro en la estación “El Tiempo- Maloka”. Llegué a Universidades, bajé rápidamente y caminé por una calle a la que llamaban diecinueve, desde niño siempre me ha gustado contar peatones. Uno, dos, tres… Llegué a cincuenta y lo dejé., Hombres, mujeres. No los conocía y ninguno me conocía. Pensé en lo que llevaban en los bolsillos: monedas, pañuelos, las llaves de la casa, billeteras, las tarjetas de crédito… Luego calculé lo que llevaban en la cabeza: preocupaciones. Me dio la impresión de caminar entre gente preocupada, incluso triste. De repente, empecé a ver el miedo en sus rostros con la facilidad con la que se descubre la red de corrupción de la DIAN Para aliviar el desasosiego, volví a contar. Cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres… En esto pasé por delante de una vitrina donde apareció mi reflejo y lo conté también, cincuenta y cuatro… Solo un poco después caí en cuenta que aquel al que había tomado por otro era yo. Era yo y llevaba el miedo dibujado en la mirada. Continué mi camino dejando de contar, y en esto llegué a la estación: Museo del Oro, que sirve de transbordo a otras cuatro líneas y que además conecta con el tren de cercanías. A la entrada introduje la ficha codificada por la ranura y se habilitaron unas barreras.

Todo era antihigiénico y sombrío, también la ficha, que era gris y sucia porque había sido manipulada por miles de personas que sin duda tenían el hábito de llegar a lo más hondo de sí mismas por el sistema ya descrito. Los vagones olían mal, las sillas eran de un material muy abaratado, los monitores eran importados de Venezuela y todas las estaciones contaban con un deficiente sistema de publicidad en el que sólo se proyectaban imágenes de Gustavo Petro y su Colombia Humana. Tecnología barata, gracias a esta información, deduje que me encontraba en el interior de un sueño, pues ni al que concibió votar por el lustrabotas para el concejo, se le hubiera ocurrido semejante disparate de elegir a Petro como presidente. Lo curioso es que desperté y la ciudad continuaba llamándose Bogotá, No había metro elevado ni tampoco subterráneo, durante más de 60 años ha estado en debates y aplazamientos el proyecto de construcción de la primera línea. Advertí que los gobernantes, utilizaban de rehenes a todos sus ciudadanos. Los habitantes seguían esperando la muerte en el interior de buses azules colapsados y deficitarios llamados (SITP). Usuario de Twitter: @camilo4877

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