El monstruo de las mil letras

4 de julio del 2012

Asusta, es caro, no expresa tanto estatus como un celular de última generación, inspira curiosidad, pero sólo durante breves momentos. Se le acusa de ser elitista y hasta de servir como repelente porque logra mantener alejados a quienes no lo comprenden. Para colmo es demandante, obliga a la gente a pensar, y pensar, en su […]

Asusta, es caro, no expresa tanto estatus como un celular de última generación, inspira curiosidad, pero sólo durante breves momentos. Se le acusa de ser elitista y hasta de servir como repelente porque logra mantener alejados a quienes no lo comprenden. Para colmo es demandante, obliga a la gente a pensar, y pensar, en su entorno, es considerada una actividad altamente subversiva, al punto que su práctica recurrente atrae calificativos como simpatizante de la oposición y, el peor de ellos, guerrillero. Pero él no tiene la culpa, en una batalla desigual, en una donde se promociona la satisfacción instantánea de los deseos y los antojos, en condiciones donde la televisión, el cine y la música tienen muchos más recursos para vencer, la víctima ha sido el libro.

Aunque existen libros de distintos temas, el ejercicio de leerlos es percibido como una práctica aburrida, por esta razón han pasado a ser artículos más, de lujo, usados para llenar estantes y bibliotecas con la esperanza de proyectar una imagen de intelectualidad cultivada, que con poca suerte no será puesta a prueba frecuentemente, porque la presencia de variados títulos se equiparará con el hecho de haber pasado muchas horas leyéndolos. Pocos o ninguno, se atreverán a hacer preguntar inoportunas acerca de sus lecturas, de todos modos, ¿quiénes son los no compradores de libros para preguntar?, seguro no han leído tanto como el sabio ser, poseedor de una completa biblioteca, lo mejor es que se limiten a observarla con ojos asombrados y que sigan creyendo que quien los exhibe con orgullo, como trofeos, es una persona que se los ha ganado honestamente, viajando a través de las letras que los forman.

He escuchado historias acerca de hermosas colecciones de libros, puestas a la vista de todos los presentes para inspirar envidia, reconocimiento e incluso autoridad, historias que terminan inesperadamente cuando algún atrevido osa tomar uno de los libros para, al comienzo, descubrir que el libro es más liviano de lo que debería y al abrirlo, comprobar que es una cubierta de cuero, con letras doradas cubriendo un pedazo de icopor / polietileno.

No sé si la más triste, o la ganadora de una competencia de patetismo, sea aquella leyenda urbana que cuenta los narcotraficantes compran bibliotecas por metro lineal y metro cuadrado, porque todo se puede comprar, al fin y al cabo las personas con quienes andan no están junto a ellos para disfrutar de tertulias filosóficas o artísticas sino para otros menesteres. Así, lo importante no es ser sino aparentar todo aquello que la plata es capaz de comprar.

Es inevitable, quienes sentimos atracción genuina por los libros somos parias que no entendemos la acumulación de material de lectura, para lucir educado e interesante. Los amantes de la lectura también somos, como las cucarachas, capaces de adaptarnos a nuevas tecnologías – por ejemplo al libro electrónico – para satisfacer nuestra necesidad de reflexión. Los aficionados a los libros, más conocidos como lectores, tenemos gran resistencia a las miradas de extrañeza que nos lanzan ojos hipnotizables con telenovelas, ritmos endemoniadamente repetitivos y películas de hermosa fotografía pero pobre argumento.

Como lectora recurrente me reconozco en la minoría, me gusta enfrentarme a esos objetos que producen tanta desconfianza, a esos monstruos capaces de absorberme durante horas con la sutileza de una mariposa; poseedores de pociones mágicas de efectos duraderos que marean y amasan mi cerebro a su voluntad.

Hace años estoy en un camino que no tiene vuelta atrás, uno que comenzó cuando experimenté la sensación de poder personal al dirigir mi imaginación a donde quería, al descubrir a esos amigos que me esperaban pacientemente hasta que llegaba el momento de abrir sus puertas para contarme todos sus secretos, esos que no tienen cortes comerciales y que no deben ser programados previamente para evitar perder un poco de su contenido, aquellas piezas de tecnología, hoy ya casi obsoleta, que me enseñaron las posibilidades de las lágrimas y la risa. Esos monstruos de mil y más letras son hoy parte de mí, parte de mi construcción como persona, son dulces mascotas que acaricio como a un dragón amigo en quien confío pero a quien no quiero domesticar, porque el conocimiento debe ser reactivo para transformar a quien de él se alimenta.

Que sigan siendo aterradores los libros, que sigan seleccionando a aquellos merecedores de profundos saberes.

@licuc

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